Por María Molina Vera
Hoy recobro el paraíso
que nunca debí perder.
Con mis alforjas vacías a la espalda,
menudeo mis pasos
para saborear con fruición de mendigo
el instante cercano
de cruzar el umbral
de mis sueños antiguos.
Aunque hayan cambiado
la forma y el color,
el olor y las sombras,
sabré reconocer
el mensaje de las piedras
pulidas por la lluvia.
Encontraré el rincón donde escondí
las incontables preguntas
de mi infancia.
Me vestiré con el blanco y azul
de los muros desnudos,
y haré resucitar el fuego moribundo
de cada minuto de mi vida.
