Por María Dolores Tolosa

 

En diciembre de 1604 se imprimió en Madrid un libro distinto a lo que se había

escrito hasta entonces. El librero, Francisco Robles, había leído la obra y había

quedado sorprendido por sus personajes y su estructura. Su instinto no le

engañó. Pagó a su autor, Miguel de Cervantes, 1500 reales por el manuscrito,

lo que hoy vendrían a ser aproximadamente 225 euros. La novela fue todo un

éxito. En el primer año se hicieron ocho ediciones en España. En 1607 se editó

en Bruselas y en 1610 en Milán. En 1612 se tradujo al inglés y dos años

después al francés. Hoy en día, sabemos que solo la Biblia aventaja a Don

Quijote en ediciones y traducciones; podríamos decir que es el primer best

seller de la Literatura.

Los personajes y la trama ofrecían todo un mundo de posibilidades a los

artistas de la ilustración. Jacob Savry ilustró la primera edición holandesa en

  1. El libro se convirtió en una muestra de estatus cultural. La primera

edición ilustrada en España fue la de García-Rico en 1674, con grabados de

Diego de Obregón, que reproducían parte de los de Savry. En 1738, la Real

Academia de Bellas Artes de San Fernando convocó un concurso en el que se

eligieron a seis ilustradores entre los cuales, lamentablemente, no estuvo

Goya. En 2003, El Museo del Prado ofreció una exposición titulada: “Imágenes

del Quijote. Modelos de representación en las ediciones de los siglos XVII al

XIX”. La mayoría provenían de fondos aportados por The Hispanic Society of

América de Nueva York, donde se encuentra la mejor colección de ilustraciones

de la obra.

Mi padre me regaló, al cumplir los once años, una edición del Quijote para

niños ilustrada por Gustave Doré. Su forma de plasmar esos ambientes oníricos,

el carácter de los personajes o las escenas llenas de humor, expresado con el

romanticismo de su época me hicieron gozar tanto de los dibujos como del

texto adaptado. En 1999, adquirí una edición de Anaya ilustrada

magistralmente por José Ramón Sánchez. En 2004, una amiga me regaló otra

edición ilustrada por Doré, reafirmando mi admiración por él.

 

A partir del siglo XIX, muchos estudiosos como Dostoyevski, Pérez Galdós,

Menéndez Pelayo, Unamuno, Ortega y Gasset o Antonio Machado, entre otros,

consideraron el Quijote como una obra filosófica pues expresa las grandezas y

debilidades del corazón humano en general y del pueblo español en particular.

Sin embargo, quizás Cervantes solo pretendía divertir al lector dando fe de la

realidad social de su época desde un punto de vista satírico.

Durante su reclusión en la cárcel de Sevilla, en 1597, había escrito unos relatos

que pudieron convertirse en la primera salida de Don Quijote, hasta el capítulo

VI, terminando con la quema de los libros de caballerías. Cuando el autor se

dio cuenta de que su personaje podría protagonizar una narración más larga

decidió continuarla, añadiendo su antítesis: el escudero Sancho.

En el capítulo IX narra el descubrimiento de un manuscrito de un tal Cide

Hamete Benengeli, historiador arábigo, que había escrito la Historia de don

Quijote de la Mancha. Con lo cual Cervantes se permite seguir con la historia,

quizás para protegerse de una posible censura de la Inquisición. La obra

termina con el capítulo LII, regresando Don Quijote malherido a su aldea en el

carro del boyero acompañado del cura, del barbero, de su fiel Sancho y de sus

monturas. Advierte que el autor de esta historia (se refiere a Cide Hamete) no

ha podido encontrar documentos de la tercera salida que hizo Don Quijote, en

la cual llegó hasta Zaragoza. Dice también que un antiguo médico tenía en su

poder una caja de plomo encontrada entre las ruinas de una ermita y que

contenía ciertos pergaminos donde se daba noticia de las hazañas de Don

Quijote junto con epitafios y elogios a la vida y muerte del valeroso caballero

(los epitafios y sonetos de los Académicos de Argamasilla). Quizás con esto,

Cervantes le dio la idea al de Avellaneda para continuar la novela con esa

tercera salida de Don Quijote.

Terminada la primera parte, escribe el prólogo y una dedicatoria al Duque de

Béjar solicitando su favor. En este prólogo, el autor se dirige al lector y explica

cómo un amigo le visita y aconseja. Aprovecha el diálogo con este ser ficticio

para hacer una crítica acerca de la costumbre de adornar los textos con citas

de autores clásicos e iniciar y acabar las obras con poemas a fin de darles un

tono erudito y notable. El amigo le dice que estos recursos no son necesarios

en Don Quijote puesto que se trata de una historia para echar abajo la fama de

los libros de caballerías y hacer gozar al lector con ella. No obstante, si quiere

incluir sonetos u otros poemas que lo haga de su propia autoría, aunque

poniendo como autores a personajes ficticios. Así lo hace Cervantes.

En 1614 aparece, pues, otro Don Quijote, el de Avellaneda, y Cervantes decide

que el suyo vuelva a salir para reivindicar su autenticidad. Esta segunda parte

consta de 74 capítulos. En la dedicatoria al Conde de Lemos alega como una

de las razones para escribir esta segunda parte la petición que le hace el

emperador de la China, que quiere fundar un colegio donde se enseñe español

y cuya dirección le ofrece. Honor que él declina por no estar remunerado el

oficio y por considerar más importante a su conde de Lemos que al tal

emperador. Otra de las muchas invenciones o exageraciones irónicas del autor.

La fecha en “Madrid el último de octubre de mil seiscientos y quince”.

En el prólogo, arremete contra el de Avellaneda y, tomando de nuevo al lector

como intermediario, se defiende de las acusaciones y contesta a los

comentarios que sobre él ha publicado el otro. En el último párrafo, cuenta

cómo finaliza la historia con Don Quijote muerto y sepultado, al tiempo que pide

al lector que espere al Persiles y a la segunda parte de Galatea.

Con el final del libro, muere el hidalgo Alonso Quijano, no Don Quijote, que

vivirá para la posteridad.

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