Número 33 - Otoño 2025

Por Mar Blanco Larrosa

 “Turia es un estímulo constante para seguir siendo optimista acerca del papel fundamental de la cultura”

Raúl Carlos Maícas
Raúl Carlos Maicas, director de la revista ‘Turia’, con la colección de los ejemplares publicados en 40 años en el IET.Javier Escriche. Fuente: Heraldo de Aragón.

En el panorama de las revistas culturales en España, Turia ocupa un lugar de referencia indiscutible. Bajo la dirección de Raúl Carlos Maicas desde hace décadas, ha sabido conjugar la calidad literaria con la pluralidad intelectual, ofreciendo siempre un espacio donde dialogan géneros y autores diversos.

Nos acompaña desde hace más de cuarenta años defendiendo, quizá, esa soledad fecunda de la que nos habla María Zambrano: “escribir como una manera de hacerse compañía a sí mismo y a los demás”.

Con motivo del premio otorgado por la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores a su trayectoria y labor editorial, conversamos con Raúl sobre el presente y futuro de las revistas literarias, los retos de la edición cultural y el vínculo entre Aragón y la literatura universal. Una entrevista que nos acerca al pulso y a la pasión de quien lleva años construyendo puentes entre personas lectoras y creadoras.

 

 

M. Raúl, Turia lleva décadas consolidada como una de las revistas culturales de referencia en España. ¿Cuál ha sido, en tu opinión, la clave para mantener su vigencia y prestigio en un mundo que cambia tan deprisa?

R. El secreto de la revista Turia reside en el ejercicio permanente del mestizaje cultural. Somos independientes, nunca neutrales. De ahí que nuestra apuesta desde 1983 haya sido demostrar que es posible integrar lo diverso, que lo universal y lo local mezclan bien. Nuestra labor ha consistido, en buena medida, en ejercer permanentemente de puente cultural. Nunca hemos abandonado la premisa de construir redes de colaboración creativa y de fomento del pensamiento libre y ajeno a todo sectarismo.

Por otra parte, hemos visibilizado a Teruel, a Aragón, en el mapa de la creatividad artística y literaria en español en el mundo. Y lo hemos demostrado publicando textos, siempre inéditos, de autores de las más diversas procedencias: generacionales, estéticas, ideológicas y geográficas. Me gusta subrayar que nuestra militancia ha sido, en todo momento, la de un cosmopolitismo con raíces.

Quizá el milagro de la longevidad de Turia es el hecho de que se haya convertido en mi proyecto de vida desde que la fundé. En una tarea gustosa, y en un estímulo constante para seguir siendo optimista acerca del papel fundamental de la cultura y la educación en un mundo que cada vez lo pone menos fácil. Sin duda, nunca imaginé que iba a ser capaz de mantener con buena salud de contenidos una revista durante casi 43 años.  

M. Cuando comenzaste esta aventura editorial, ¿qué sueños o necesidades culturales buscabas cubrir? ¿Se parecen a los de hoy?

R.Turia fue una apuesta personal de un joven universitario que decidió, a diferencia de la mayoría de sus compañeros de entonces, quedarse en Teruel e intentar contribuir a cambiar el panorama, a dinamizarlo, a fomentar la creatividad, la investigación y la divulgación cultural.

Hoy como ayer, hemos tratado de demostrar que hay vida en España más allá de Madrid y Barcelona, las dos grandes capitales de  nuestra industria cultural. Y todo ello lo hemos conseguido desde un territorio entonces invisible y con un proyecto que parecía un reto inalcanzable: hacer cultura universal desde una suerte de isla ubicada en el interior de España llamada Teruel. Podría decirse que, lo ocurrido con Turia, es un digno episodio surrealista. No hay duda: somos hijos pródigos de Luis Buñuel, nuestro santo patrón laico. Y, como él, hemos recorrido el mundo, hemos incorporado a más de 1.500 autores a nuestros sumarios pero sin olvidarnos nunca de nuestros orígenes.  

Turia surgió con la democracia y, en aquellos felices y creativos años 80. Fue una época en la que surgieron proyectos similares de revistas periféricas, pero nunca localistas ni ensimismadas. Al contrario, fueron revistas  plurales y atractivas, como “Los Cuadernos del Norte” que dirigía Juan Cueto en Asturias y otras. Sin embargo, hoy apenas quedamos “Barcarola” en Albacete y nosotros de aquella etapa tan fructífera para las revistas en papel.

Respecto a los sueños y necesidades, siempre subrayo que el nombre elegido para la revista no fue casual: nuestro espíritu era y sigue siendo regeneracionista, comprometido, transformador.  Como lo fue aquella “Revista Turia” que surgió en Teruel en el siglo XIX. Una publicación que se subtitulaba de “ciencias, letras, artes e intereses generales”, que tuvo vida breve pero que para mí fue todo un ejemplo a seguir. Fomentar buenas lecturas para buenos lectores es, quizá, el mejor eslogan que define toda nuestra trayectoria y el que guía nuestro porvenir.

M. En la era digital y de la inmediatez, ¿Qué papel siguen desempeñando las revistas literarias? ¿Por qué crees que son necesarias?

R. En Turia apostamos por una cultura que se sitúe más allá de las modas efímeras, que permita redescubrir a autores injustamente olvidados o ninguneados en el ayer, que amplíe el marco de referencias, de lecturas, de intereses. Que alimente de ideas, relatos, emociones y conocimientos a todos aquellos ciudadanos que lo necesitan.

Frente a la concentración en unos pocos nombres propios, apostamos por la diversidad. Por eso nos gusta fomentar la creatividad de todos aquellos que generan una literatura sin fecha de caducidad. Es decir, apostamos por autores que merecen la pena, que elaboran textos inéditos atractivos, sugerentes, que nos hacen pensar. 

Turia nunca ha sido una revista de usar y tirar. Por su propio formato y por el diseño de sus diez secciones, aspira a permanecer siempre accesible a los lectores, ya sea en sus bibliotecas particulares o en las públicas. O, como ocurre ya desde hace ya trece años, en nuestra versión digital.

Sin duda, el presente y el futuro de este tipo de publicaciones especializadas pasa por una oferta de contenidos de calidad y que resulten accesibles tanto en formato digital como en papel. En nuestro caso, la gran asignatura pendiente es la renovación de la web. Si conseguimos la financiación necesaria para lograrlo, nos gustaría que Turia se transformase en una plataforma que ofrezca lecturas tanto gratuitas y en abierto como de pago por suscripción. Eso nos permitiría mayor difusión, llegar a nuevos lectores y generar más ingresos que aliviaran nuestra perenne precariedad económica.

M. Al frente de un proyecto de largo recorrido como Turia, ¿Cómo se equilibra la labor de director entre la visión literaria y la gestión práctica (financiación, difusión, coordinación)?

R. Editar Turia ha sido y es un reto personal en el que, afortunadamente, siempre he encontrado grandes y valiosos colaboradores. Por ejemplo, sin el apoyo del escultor Pablo Serrano aquel joven agitador cultural de 21 años que fui nunca habría conseguido un primer respaldo económico institucional del Ayuntamiento de Teruel y del Ministerio de Cultura. Luego, durante más de dos décadas, la aportación de la escritora zaragozana Ana María Navales fue fundamental. Y no sería justo no recordar también el papel de Juan Domínguez Lasierra en aquella etapa.

Hoy en Turia existe un consejo de redacción tan leal como capacitado, contamos también con un secretario tan polivalente como fundamental, y con un amplísimo elenco de autores que son nuestra mayor fortaleza. Además, tenemos la cobertura administrativa, de personal y legal de nuestra entidad editora: el Instituto de Estudios Turolenses.

Junto a dicho respaldo, existen todo un conjunto de mecenas públicos y privados. Algunos estables, como el Ayuntamiento de Teruel, el Gobierno de Aragón y la Caja Rural de Teruel, y otros que se incorporan puntualmente en función de cada monográfico. Y, como no puedo olvidarme de lo fundamental, subrayaré el respaldo económico de los propios lectores de Turia a través de la suscripción, que es una suerte de micromecenazgo.

Hacer Turia durante más de cuatro décadas ha sido, para mí, una suerte de sacerdocio. Las horas que le he dedicado son tan incontables como fértiles. Y me han permitido conocer y tratar a un número amplísimo de personas. Por ejemplo, en el número cero, allá por 1983, descubrí al genial Javier Tomeo. Tampoco olvidaré nunca el apoyo constante de Soledad Puértolas, Luis Mateo Díez, Mercedes Monmany, Manuel Rico, Javier Gomá, Luis Landero, José María Conget, Agustín Sánchez Vidal o Enrique Andrés Ruiz, por citar sólo a algunos de los nombres propios más conocidos de ese nutrido catálogo de afectos y amistades.

Recuerdo con nostalgia y aprecio sincero al cineasta y escritor José Luis Borau, que tenía una biblioteca magnífica y que siempre estuvo orgulloso de ser lector y suscriptor de la revista desde nuestros orígenes. Además, gracias a él pude conocer personalmente a Mario Vargas Llosa, de quien era buen amigo y con el que pasé una tarde inolvidable hace ya muchos años en su domicilio madrileño. Siempre cuento que ambos nos dedicamos, con dos años de antelación porque su agenda era abrumadora, a preparar un monográfico en honor del que luego iba a ser justo Premio Nobel de Literatura. Y, entre los episodios más recientes, hay que citar el éxito abrumador de nuestro número dedicado a Kafka que presentamos en la BNE o la multitudinaria presentación en Barcelona de nuestro monográfico sobre Eugenio Trías, que tuvo lugar en junio de 2024. Lograrlo fue un chute de energía porque llevábamos 16 años de ausencia de actos públicos en esa ciudad y, además, tuvimos como brillante maestro de ceremonias a Ignacio Martínez de Pisón. En fin, la lista de gratas experiencias y complicidades conseguidas por Turia sería muy larga.  

Por otra parte, resulta maravilloso ver el éxito actual de autores a los que apoyamos cuando empezaban. De hecho, uno de los tesoros que más me enorgullecen es poseer una base de datos propia con más de 7.000 contactos de gentes de la cultura de todo el mundo.

Viéndolo con la perspectiva de los años transcurridos, puede decirse que gestionar Turia es una pasión que me retroalimenta. Que me da la energía suficiente para ser, cada día, una especie de hombre orquesta y de no desfallecer frente a las adversidades. No es sencillo combinar la programación y selección de contenidos con la gestión de unos recursos limitados. Pero hay aventuras, como la que supone editar esta revista, que dan sentido a la vida de quienes la promueven. De hecho, ahora que mi salud ya no es la que era, Turia es el mejor estímulo que encuentro para seguir luchando contra la enfermedad. Me da vida.

M.  Nuestra Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores ha querido reconocer tu trayectoria otorgándote su premio anual. ¿Qué significa para ti este galardón, viniendo además de compañeros de tierra, oficio y pasión?

R. Todo premio anima a seguir trabajando. Más aún cuando se trata de un reconocimiento otorgado desde tu entorno. Y es que, repasando por ejemplo la lista de monográficos, se comprueba fácilmente nuestro permanente interés por los autores aragoneses, por su proyección y por su reivindicación en el panorama de la literatura en español.

Sin embargo, y hay que ser realistas, nuestra tarea no es ni ha sido nunca fácil. Al contrario, vivimos instalados aún hoy en la precariedad económica. Por desgracia, es un síntoma común a muchas empresas culturales en España. En nuestro caso, sólo la suma de apoyos públicos y privados, de la financiación de las instituciones y ciudadanos a través de sus suscripciones, consigue que cada cuatro meses aparezca milagrosamente un nuevo sumario de 500 páginas de textos inéditos y retribuidos a sus autores. Y que mantengamos también una versión digital con más de 15.000 seguidores en Facebook o de 6.000 lectores mensuales en nuestra web.

M. Aunque Turia tiene una proyección nacional e internacional, siempre ha mantenido su fuerte vínculo con Aragón. ¿Cómo has cultivado esa raíz local sin renunciar a la apertura global?

R. Siempre he defendido la tesis de Octavio Paz de que “la cultura es un mar sin orillas”. En Turia no nos gustan ni las fronteras que separan ni las etiquetas que excluyen. Pero tenemos raíces y nunca nos hemos olvidado de ellas. Buena prueba es que, de las diez secciones en las que se estructura la revista, dos de ellas tienen un contenido exclusivamente aragonés. Eso sí, en el resto de secciones practicamos sin disimulos una apuesta rotunda por la calidad literaria, más allá de la procedencia de los distintos autores y de su mayor o menor fama. Lo que nos importa es la calidad de los textos inéditos que publicamos, no la celebridad de sus creadores. En cualquier caso, siempre hay en torno a un 35% de autores en cada sumario de procedencia o residencia aragonesa.

M. ¿Qué criterios sigues para dar espacio a autores emergentes? ¿Cómo equilibras la publicación de nombres consagrados con la apuesta por voces nuevas?

R. Turia no es una revista que apueste sólo por los grandes autores, por aquellos creadores de trayectoria reconocida y contrastada. Al contrario, siempre hemos integrado a los nuevos nombres que surgen en el panorama cultural. Y, en estos tiempos de globalización tecnológica, si tienes apertura de miras y curiosidad insaciable, no es misión imposible incorporar a autores que merezcan la pena procedentes de cualquier parte del planeta. Y no sólo estoy hablando a nivel de los contenidos literarios, sino de aquellos que enriquecen gráficamente la revista.

Es cierto que, en todos los sumarios podemos encontrar autores laureados con premios Nobel, Princesa de Asturias u otros galardones de primer nivel tanto nacional como internacional pero, junto a ellos, siempre tendrán cabida aquellos que empiezan a dar muestras de su valía.

Por ejemplo, hemos publicado a Mario Vargas Llosa, a Wislawa Szymborska o a Claudio Magris, pero también apostamos en su momento por autoras que, años más tarde, se han consagrado como Sara Mesa o Pilar Adón.

Hemos contado igualmente con la creatividad artística de Antonio Saura, Ramón Gaya, Chema Madoz, Isidro Ferrer o Rodney Smith pero, junto a ellos, me gusta apoyar la valía de un joven ilustrador turolense radicado en Barcelona como David Sancho, que obtuvo una de las últimas ediciones del prestigioso premio de diseño Salamandra Graphic, convocado por una de las editoriales del todopoderoso grupo multinacional Penguin Random House.

Esa fértil mezcla entre consagrados y emergentes es uno de nuestros signos de identidad. Porque uno también fue, hace ya demasiado tiempo, un joven con inquietudes y sé bien lo importante que resulta, para crecer y visibilizarte, gozar del apoyo de quienes ya cuentan con una trayectoria acreditada. Unos y otros alimentan, sin duda, el prestigio de Turia en los medios culturales y literarios en español.

M. Clara Janés dice que “la memoria no es un álbum de recuerdos, sino un tejido vivo que se renueva con cada mirada”. Si nos detenemos en este tramo del camino y miramos hacia atrás, ¿qué momentos destacarías? ¿Queda algo pendiente para completar ese telar de vivencias? ¿Qué anécdota memorable de tu extensa trayectoria te gustaría compartir?

R. En la ya larga singladura de la revista Turia, hay momentos inolvidables. Por ejemplo, entre los más recientes me gustaría subrayar el ingreso en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, esa cámara acorazada que reúne los legados de los grandes de la cultura española. Es la primera vez que una iniciativa cultural turolense lo consigue. Impresiona ver que tu legado quedará ya unido, para siempre, en el mismo lugar que los de los autores galardonados con el Premio Cervantes o junto a la mítica Revista de Occidente, que fundara José Ortega y Gasset y que sigue publicándose hoy al amparo de la Fundación Ortega-Marañón. Siente uno, al ver esa caja de seguridad con el nombre de Turia, que ha merecido la pena toda una vida entregada a demostrar que es posible hacer cultura universal incluso desde Teruel.

No menos importante fue, porque se otorgó en un momento muy crítico para la continuidad de la revista, el que en 2002 el Gobierno de España nos concediera el Premio Nacional al Fomento de la Lectura “en reconocimiento a su dilatado y valioso ejercicio de pluralidad e integración cultural”. Y también agradezco el que, en el momento de cumplir con nuestro 40 aniversario, el Gobierno de Aragón decidiera otorgar a Turia su máxima distinción institucional, el Premio Aragón. Ilusiona que, entre las motivaciones del jurado, estuviera el reconocimiento al hecho de que la revista se haya “convertido en un elemento simbólico para la cultura aragonesa contemporánea, en proyecto esencial de las letras españolas en las últimas décadas”.  

Pero, quizá, el mejor premio, el que uno más aprecia para seguir adelante, es el apoyo constante de autores y lectores que detectamos en nuestras multitudinarias presentaciones por toda la península ibérica y más allá. O el dato de que muchos de nuestros monográficos se hayan agotado. Porque Turia no sólo ha llenado el salón de actos de la Biblioteca Nacional de España o el del Instituto Cervantes, ambos en Madrid; o el Palau Macaya, La Pedrera o el Museo Picasso en Barcelona, o el IVAM en Valencia. Emociona saberte querido cuando hemos dado a conocer nuestro trabajo cultural en ciudades como Nueva York y Lisboa, en Lima o en Ciudad de México. En esas ocasiones comprueba uno, con alegría, lo acertado que estuvo Miguel Torga cuando afirmaba que “lo universal es lo local sin fronteras”.

M. Para finalizar, y como directora de Imán, no me resisto a pedirte que nos des una clave para esta revista literaria que inicia una nueva etapa de rediseño y renovación.

R. Para cualquier empeño vital, ya sea para impulsar una revista cultural/literaria o para otros retos personales y colectivos, siempre me parece básico tener pasión por lo que haces/impulsas. A ese ingrediente básico, le añadiría capacidad de ilusionar a otros con tus proyectos. Además, se deben afrontar las tareas con la suficiente dosis de complicidad con tu entorno, de libertad y de constancia, si queremos vencer las dificultades inevitables a toda aventura humana. Máxime si se trata de un proyecto creativo/compartido.

 

Escuchar a Raúl Maicas es comprender que una revista literaria no es solo un medio de difusión, sino también un lugar de encuentro, un refugio para las palabras y una forma de resistencia cultural. Su ejemplo al frente de Turia nos invita a seguir trabajando con ilusión, con la certeza de que el lenguaje es, ante todo, un puente tendido hacia los demás.

Decía José Ángel Valente que “la literatura no es un adorno de la vida, sino una forma de vida, un modo de estar en el mundo”. Y esa verdad fluye en la senda de Raúl, en su empeño constante por alimentar las orillas donde la palabra aún tiene sentido, donde el pensamiento se detiene y respira.

Desde Imán le damos las gracias por ese compromiso vital, por mantener abierto el horizonte literario y por recordarnos con su empeño constante que alumbrar la escritura es, también, otra manera de seguir soñando esa realidad en la que la literatura se abre paso como un río de claridad, transformando cuanto toca.

 

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