Por Andrea Muñoz Forcano
Estamos a bajo cero,
pero el frío no lo siento.
Estoy arropada con tus brazos.
Ojalá mirar el cielo de tu mirada.
Ojalá no estar despistada
buscando el puñal
que clavarás en mi espalda.
Soy incapaz de ver nada.
Tus manos sostienen mi cara.
Tus ojos ansiosos quieren
que se crucen nuestras miradas.
Tus labios piden a gritos
unirse con los míos.
Como si no doliera nada,
como si no tuviera un puñal
a punto de clavarse en mi espalda.
Nada está dañando mi alma.
Levantas tus manos.
Y como si de un atraco se tratase.
Me dices que coja lo que quiera,
que me quede con lo que necesite.
Tus manos manchadas de sangre
me entregaban tu corazón.
Sediento de mí. Sediento de amor.
No pude verlo.
Mis manos no pueden sostenerlo.
Están ansiosas palpando mi espalda.
Buscando el puñal que nunca se clava.
Mis ojos huyen de tu mirada
buscando en mí heridas
que pensé que harías.
No hay nada.
No encuentro el puñal
que tanto me asustaba.
Pero no puedo dejar de buscarlo.
La sangre que te mancha
se impregnó de lágrimas.
Cuestionándote qué haces mal,
qué necesito para dejar de desconfiar.
Sigo buscando ese puñal.
Te da miedo abrazarme
porque sientes como tiemblo
cada vez que lo haces,
y no quieres dañarme.
Sigo buscando incansable
ese puñal que no piensas clavarme.
