Por Pilar Alda
El dormitorio se llenó, con paso lento, del aroma de los cedros que, en la mañana, intrusa y libre, se colaba por la ventana, dejando en el aire el regusto ácido de las primeras notas del otoño. En su lecho de recuerdos, bostezaba silenciosamente, consumida por el peso del tiempo y su eterna melancolía. Los muelles crujían bajo el ritmo pausado de unas manos rugosas que levantaban aquel pesado cuerpo cargado de memorias. Las recetas y pastillas adornaban el olvidado tocador que una vez reflejó juventud y sueños.
A las diez en punto, la cantinela semanal: con avidez, recoge la bolsa y pasea en dirección a la plaza, pisando la calzada, rodeada de las mismas almas. —Hoy serán dos kilos, muchachos—. En la esquina de la plaza, Conchita murmura historias de los que no volvieron, Pedro comenta su artritis, y otros hablan del pretérito. Un adiós y algún «hasta luego» en el único bar del pueblo.
De regreso, en aquel hogar de afligido suelo, descansa el anciano perro. Y ahí, bajo el peso de las horas, sigue pensando que, tal vez, este año se acuerden de llamar. Cada vez más convencida, aunque hace tiempo que la línea telefónica dejó de funcionar.
