Por María Pilar Martínez Barca
¿Qué te pasa, papá?
Estás como desvencijado,
sin tu fuerza de siempre,
como si algún meteorito
te hubiese doblegado las espaldas.
Unas palomas negras rondan tu frente,
sin apenas arrugas.
Deja que vuelen a su reino oscuro,
que no te pertenece, no es el nuestro.
Lo tuyo es la alegría, la ternura
del beso que me dabas cada noche al dormirme,
y ese carácter tuyo
que nos convirtió en fuertes y luchadores
contra marea y viento, contra cualquier adversidad.
¿Estás tirando la toalla?
Y tú, mamá,
con tu sexto sentido y tu fe de raíz,
tan sabia entre las sabias
que supiste adaptarte
a los cambios y reveses de la vida
y al crecer de los hijos.
Maestra, confidente, modista, peluquera,
tú, que nos preparabas
las más sabrosas tartas, las recetas de siempre
recreadas con mimo.
Ahora, en la vejez,
quieres marchar al pueblo con tu madre
y a mí me ves como mamá.
La fe de mis ancestros,
vuestros padres y abuelos, y la sabiduría
del cielo y de la tierra,
me dicen que viviréis eternamente,
que viviremos.
El nunca no será para siempre.
Muy pronto nos encontraremos
en esa edad soñada del edén,
un poco más allá del río y de la luz.
Y volveremos a abrazarnos como entonces,
como al roble de antaño, en el espíritu.
No faltéis a la cita del Amado,
somos teselas suyas.
