Por Ignacio Aurensanz Crespo
Pasarán muchas vidas
hasta que nos volvamos a encontrar;
¿recuerdas aquella procesión del condenado,
el imperio asaeteado por las flechas
de los hunos, el silencio monástico
y los lienzos que pintaron tus manos
en molde de hombre florentino?
Yo ya no sé cuál es mi primer recuerdo,
pero tengo en la tripa aquella memoria
del hambre, esa misma hambre
de los poemas saharauis,
y ahora que no hay hambre…
Ahora la hambruna colma,
satisface y satura
la necesidad.
Viejo, pasarán muchas vidas
hasta que nos volvamos a encontrar;
vieja, quizás, o puede que hayas sido
fraguado semejante
a mí: joven, dispuesto a envejecer.
Pasarán muchas vidas,
más allá de la última
todo será continuado por nuestras fuerzas,
hasta que, en un despiste, Adán,
descansemos nuestros brazos.
El mundo se precipitará al origen
y nos volveremos a encontrar.
Entonces, cambiaremos el consuelo
y nos inventaremos un juego
con piedras del Edén,
donde el mismo fragmento de sedimento
sea tanto Jesús como Buda,
y convenceremos a los humanos
de que han nacido perdonados
y de que meditar es tan natural
como haber nacido.
Pero pasarán muchas vidas
y ahora estamos surcando una de ellas,
y he de detener esta escritura,
que, a este joven,
a este hombrecito que me tiene encerrada,
ya se le hace tarde
para estudiar el examen del jueves.
Para nosotros, Adán…
¿O aquel era yo?
Para nosotros y
para lo verdaderamente importante…
Hasta que nos volvamos a encontrar,
Eva,
pasarán muchas vidas.
