Por María Dubón
«A Ángeles, que no sabía…»
Mi padre era teniente y tuvo que irse a la guerra. Eso nos dijo mamá a mi hermano y a mí cuando, extrañados por su ausencia, preguntamos por él. Yo no sabía en qué consistía ser teniente, ni qué era la guerra, acababa de cumplir cinco años y demasiadas cosas alteraban la rutina de mi corta vida.
A veces sonaba muy fuerte una sirena y mamá nos obligaba a dejar lo que estuviéramos haciendo, nos cogía de la mano y corríamos por las calles hasta llegar al refugio. El refugio era una estación de metro, allí encontrábamos a personas que no conocíamos y también a vecinos del barrio. Los niños jugábamos o llorábamos; los adultos rezaban, hablaban y tenían cara de preocupación.
En el colegio empezaron a llamarme la roja. Yo no sabía por qué me llamaban así, ni siquiera me gustaba el color rojo. Mi color preferido era el celeste. El profesor, don Mariano, les dijo a mis compañeros que no jugasen con la roja y ellos me dejaron sola en un rincón del patio. Tampoco sabían.
Una noche mamá, con los ojos muy brillantes, nos comunicó que padre estaba en la cárcel. Yo no imaginaba qué podía haber hecho padre para que le encerrasen en la cárcel, un lugar al que condenan a las personas muy malas. Luego supe que estaba preso por ser rojo, aunque mi padre era del mismo color que todo el mundo. Mamá y mi hermano fueron a visitarle a la cárcel y yo me quedé en casa. Cuando volvieron, los dos estaban muy tristes y yo no sabía por qué. Ver a padre, después de tanto tiempo, tenía que ser un motivo de alegría y quise ir a verle yo también.
Al principio, mamá dijo que no, que yo era muy pequeña y no me dejarían entrar, pero insistí tanto que prometió llevarme por mi cumpleaños. Las semanas se me hicieron muy largas y las viví con muchos nervios. Vería a padre el día de mi sexto aniversario y eso me llenaba de emoción.
Aquella víspera me costó dormirme, padre, la cárcel, el cumpleaños, ir al barrio de Delicias… Yeserías.
La cárcel se llamaba Yeserías y era un enorme edificio de ladrillo, dentro vivían presas muchísimas personas. Yo no sabía por qué las llamaban rojas. No veía en ellas nada que fuera distinto a las demás. Recuerdo que llegó el momento que con tanta ansia estaba esperando. No reconocí a mi padre cuando entró en la sala, pero reconocí su voz y su sonrisa. Estaba delgado y sucio, sin afeitar, aunque no me importó que me arañara la cara al abrazarme. De un bolsillo extrajo con disimulo un pequeño saquito de tela rayada y me lo entregó para que lo guardase, los guardias no debían verlo o me lo quitarían. Padre me dijo que como no había podido comprarme un regalo de cumpleaños, él y sus compañeros me habían preparado ese obsequio. Habían cosido trozos de tela de sus colchones para hacer la bolsa y dentro habían metido un collar ensartado con huesos de oliva. Yo no entendía nada. Padre era un hombre bueno y cariñoso, sus amigos debían serlo también porque le habían ayudado a confeccionar mi regalo. Me marché contenta y, a la vez, muy apenada.
Padre se quedó en Yeserías hasta que un día llegó la noticia de que había muerto de tuberculosis. A mamá se la llevaron una noche y la mataron por roja. Eso nos dijo su hermana cuando vino a recogernos desde el pueblo a mi hermano y a mí. Yo no sabía que era ser rojo, pero desde entonces odio el color rojo. Yo no sabía por qué me llevaron a la inclusa y me separaron de mi hermano. Yo no sabía que se puede tener otro padre y otra madre. Estos que me adoptaron no eran rojos y en el colegio de monjas en el que estudié nadie me dijo que fuera roja. Sé que el color rojo no es el causante de tanta tragedia, pero ahora sé que miles de personas sufrieron las consecuencias de ser rojas.
He perdido el collar de cuentas, pero ni uno de diamantes tendrá nunca tanto valor en mi corazón.
