Por Alex Bona
Es la poesía un país sin nombre donde el poeta vaga solo entre lecturas y pensamientos. Sin embargo, en la sociedad de consumo en la que nos encontramos, también ser poeta a veces se confunde con ser un producto de compraventa. Por ello hoy muchos adoptan la actitud farisea del que cree que a través de la prestidigitación –ya desgastada por repetida– de palabras vanas va a estar en los anales de la literatura.
Todos escribimos porque somos lectores (es la escritura, en el fondo, una forma de pagar una deuda antigua con los libros), pero parece ser que, si uno no se inscribe en una de las principales olas de la poesía contemporánea, su espacio de voz se reduce considerablemente y no por calidad, sino por mercado (en el mejor de los casos).
En resumen y tal como planteara José Ángel Valente en «Tendencia y estilo», abundan los poetas con tendencia y escasean los poetas con estilo. Y las más de las veces el estilo se encuentra en los arrabales estéticos o locativos.
Es en estos márgenes donde germina la palabra de Ángel Guinda, un ejemplo claro de que es el estilo lo que realmente hace que una voz no quede escrita en las arenas del desierto (aunque de este nazca toda poesía). También es muestra de que todo poeta corre el riesgo de ser desplazado dentro de las grandes corrientes de la poesía. No obstante, los últimos serán los primeros, y ya muchos no nos acordamos de las promesas del año pasado; sí de poetas como Guinda o Valente, que gestaron en silencio una obra que vale en tanto que es honesta y declina la oferta de la tendencia vacua que solo promete flores de un día, y no una obra compacta, rígida, unitaria y dinámica en su diálogo con las generaciones posteriores. Guinda fue un poeta periférico insiliado curiosamente en uno de los epicentros del mercado editorial: Madrid, por lo que su marginalidad no fue una decisión del mercado (son conocidas las ofertas que recibió en la Corte del Reino), sino una decisión propia.
También Aragón ha vivido esta experiencia de la marginalidad mediática. Quizás por su posición periférica, pero también porque hay en esta tierra (quizás consecuencia de lo primero) una larga lista de autores con una voz propia y característica. Flagrantes ejemplos son los poetas del Niké, pasando por otros como Ana María Navales, Alfredo Saldaña (habría que estudiar su influencia tanto poética como personal en tantas hornadas de poetas zaragozanos), Sofía Díaz Gotor, Ángel Gracia… Es por ello que en estas tierras, como en otras del país, se ha gestado, más que un estilo, más que una tendencia, una tendencia de estilo.
Y esta tendencia de estilo, de defender cada voz como algo individual pero que teje relaciones entre ellas; esta tendencia de la individualidad colectiva es la que representa Guinda, poeta no tan vidente como se cree, pues aunque dijera que nacía matando no previó que al morir, nacía. Nacía en las poéticas de muchos de nosotros.
Es por ello que para honrar su legado y memoria la editorial Olifante lleva organizando el Premio Internacional de Poesía Joven Ángel Guinda desde 2023.
A mi parecer las tres obras premiadas (atenuando la segunda edición) lo fueron por su marcada personalidad y compromiso con la palabra y la creación; por buscar habitar en los lectores, que es el fin de todo poema: trasladar un temblor a un lector que lo lleve en una memoria íntima.
Las relaciones deliberadas o no de estas obras con Guinda y el comentario individualizado de ellas harían demasiado largo (que no tedioso en dos casos) este artículo. Además han de ser los propios poemas los que expliquen al autor (si esto puede ser del todo posible). Por ello traemos aquí un poema inédito de cada uno de los autores galardonados, con una temática común: Guinda.
ÓRBITA INTERIOR
No estás de ti tan cerca como crees (Á.G)

Hay un jardín invertido
bajo mi lengua,
allí florecen sombras
que no proyectan ningún cuerpo.
He descendido a ese lugar
sin lámpara ni nombre,
solo con una claridad oblicua
inclinándose sobre mi vértigo.
Desde entonces camino hacia adentro
con los ojos abiertos
en la noche.
María Martín Hernández
No olvides el color de la ceniza. (Á.G)

EN QUÉ LUGAR se esconde el canto.
Quizás tras la deserción de la noche o
en las manos de un niño ofrecidas como
un trigo pardo e inocente.
Puede que andemos.
Puede
que lleguemos y quizás sobre la cumbre
solo quede un rostro de nieve sobre las piedras,
una madera verde pulsada por la luz y
nada más, ni siquiera un silbo lejano
– no habrá más pájaros que los olvidos que llevemos – .
Y no, tampoco habrá lugar,
a lo sumo
un horizonte delator
porque incluso el silencio es una traducción de la ceniza.
Álex Bona.
MALA UVA

Tu cuerpo desnuda la belleza del fruto.
«Sangre negra» (Á.G)
Agazapado
Moncayo al frente
aguarda
el temblor
el cimbrar
del árbol
bajo el cielo.
Te relames
aquí y sangre
de dios
que embriaga
mancha
negro
tu rostro.
Descosido surcas
la tierra y la noche.
Rodrigo Buenaventura.
