Por Belén Mateos
Es octubre,
las hojas del libro están abiertas,
sus tapas devoran el éxtasis sembrado
en el trébol.
Las páginas son vientre inmaculado,
manantial de muerte,
estatuas, cuchillos, silencios,
la embestida del nogal
y su inconsciencia.
Es noviembre,
duermen las hojas en su raíz,
respira el viento,
cala la sed en la marea,
en el abrazo de la bruma,
en la quimera de un tiempo
que es perdido.
Es diciembre,
hay un repique en el calvario de agosto,
en la arenisca de una vocal,
en el templo de un cuerpo y su vuelo.
Es enero,
la penumbra es un instante
en la cicatriz del adverbio.
Apenas polvo sobre el silencio,
sobre los ríos,
sobre el tiempo,
ese pentagrama
que anida en el anclaje del aire.
Apenas un bastidor en el cielo,
en los visillos con sabor a muerte,
en la vieja noche que despierta una y otra vez
en mis sueños.
Apenas una gota de rocío
en el cuenco de mis ojos.
