Por Miguel Ángel YUSTA
La muerte sobrevuela las cabezas,
congela las sonrisas.
El hambre no pregunta en la noche ningún nombre,
ni la edad de los niños de cuerpos señalados.
Hay solamente vértigo,
ojos desorbitados por la sed
y bocas donde anida siniestro ese grito
que desgarra a las madres impotentes.
En la guerra se olvida la piedad,
siempre se inmola el pueblo
en llamas de injusticia y desesperación.
Abren huesos desnudos
las puertas de una muerte miserable.
¿En nombre de qué dios, con qué motivo
los poderosos que no pasan hambre
hacen temblar hasta los mismos pájaros?
Buscan las manos aferrarse apenas
a otras manos antaño hermanas suyas.
Sus ojos agotados nos miran y golpean
en nuestro mundo sordo
con nudillos deshechos de amargura.
Pero los hombres que alimentan guerras,
esos que viven en lujosas casas,
dejan el mando del televisor
en el cómodo estante del olvido
por no veros morir. Es demasiado fuerte.
Son unos días tristes
en Gaza, Ucrania, Irán y tantas geografías
porque apenas os damos pensamientos
envueltos en poemas
mientras los seres mueren en silencio.
Que ya nunca jamás nos excusemos
con flores miserables en tumbas olvidadas
Ojalá que, despiertos, os llevemos
algo tan fácil como el alimento,
sin poner condiciones,
para que resistáis hasta que os dejen
la tierra y la justicia,
la paz y la alegría en vuestras caras
la sonrisa del sol en vuestros hijos.
