Sol Genafo Amselem Revista Imán 34

Sol Genafo Amselem, nacida en el seno de una familia judía sefardí en Madrid 1965. Licenciada en Filología Clásica por la Universidad Complutense de Madrid. Certificado de aptitud pedagógica. Máster en Comunicación y Relaciones Internacionales. Colaboradora en RNE, programa Idioma sin fronteras, con la sección de «Etimologías». También con Manuel Campo Vidal en su Escuela Superior de Comunicación y como correctora de textos. Durante muchos años y hasta la actualidad, profesora de Latín, Griego, Lengua y Literatura.


Sol Genafo Amselem


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Satis loquentiae, sapientiae parum , bastante locuacidad, pero poca sabiduría. Eran cualidades que le atribuía Salustio a Catilina.

En el siglo XVI, al poner los cimientos de un palacio en Roma, se descubrió, cerca de la Piazza Navona, un antiguo grupo escultórico que representaba a Menelao llevándose el cuerpo de Patroclo, el entrañable amigo de Aquiles. En esa época, se puso de moda en la ciudad pegar libelos en el pedestal de aquella estatua. La escultura estaba situada enfrente del taller de un sastre de nombre Pasquino, que era conocido por sus mordaces críticas. Es probable que el sastre Pasquino haya sido el iniciador de la costumbre al pegar allí sus escritos, que, desde entonces, tomaron su nombre. Con el desarrollo de la prensa en la época contemporánea, la palabra italiana pasquinata, tomada del nombre de Pasquino, y que llegó al español como pasquín, pasó a designar a los diarios sensacionalistas y, por lo general, calumniosos.

Esa locuacidad para escribir textos anónimos y alcanzar difusión bien podría ser el germen de los actuales bulos y noticias falsas que inundan, sobre todo, las RRSS. Es, en definitiva, el uso de un lugar público para contar algo con tinte populista y fines espurios. Es más fácil encontrar lectores/oyentes para alguien locuaz, de verbo ágil, léxico poco elaborado y sintaxis sencilla. Son receptores que manejan, como mucho, la extensión del whatsapp y nunca conocieron el lenguaje epistolar.

En cambio, no cabe aspirar a la elocuencia sin un conocimiento aquilatado de las técnicas propias de la oratoria, que ya fueron propuestas con todo acierto por nuestros clásicos grecolatinos. Hablamos de elocuencia, que es la capacidad de decir; no de la locuacidad, que es la facilidad para hablar. La elocuencia es imposible sin una práctica regular, disciplinada y convenientemente estructurada.

¿En qué medida podríamos formar profesionales (y sobre todo personas) con una competencia comunicativa que refuerce su credibilidad?

La enseñanza formal, sistemática y progresiva de la oratoria es la gran asignatura pendiente del sistema educativo español. Y es que habla mejor en público quien mejor lee en voz alta. Algo que se hace poco en la Enseñanza Secundaria, en gran parte por una inmanejable ratio de alumnos por aula. Es fundamental, cuando se habla en público, el dominio de la estructura y la forma del discurso, es decir, una expresión clara y gramaticalmente correcta. Tampoco se debe olvidar la argumentación ajustada al tema, a las personas a las que te diriges y a las circunstancias específicas. Todo esto se podría aprender a ejercitar desde temprana edad si los planes de enseñanza así lo contemplaran.

También es algo que se echa mucho de menos en el actual arco parlamentario y que acarrea muchos problemas a nivel social como el descreimiento de la población respecto de sus representantes políticos, la desconexión entre la calle y la Cámara Baja, el poco entendimiento entre ellos mismos cuando debaten y de los demás cuando los escuchamos. Por ello, al final solo trasciende el chascarrillo o las salidas de tono; o peor aun, los eslóganes baratos y pegadizos cuando están en campaña. Vamos, nada que ver con las intervenciones en el Parlamento, por ejemplo, de un Manuel Azaña.

Es urgente que se haga hincapié en este aspecto, pues la realidad nos demuestra que se entiende mejor al populista que emplea la locuacidad con mensajes directos, sencillos, (o más bien, simples) y a veces hasta con tremendos ripios, que al elocuente, formado y que hace uso de fuentes fidedignas. Esto es el mejor caldo de cultivo para los estafadores de la información.

La elocuencia requiere de un espacio y un interlocutor adecuado. Incluso cabe plantearse si la elocuencia está más en quien escucha que en quien habla. En cualquier caso, es perfectamente posible expresarse con corrección sin menoscabo de la claridad.

Expresarse con corrección, claridad, elegancia y adecuación son virtudes propuestas hace ya muchos siglos por Cicerón y Quintiliano. Pero ahora, no es solo por el puro deleite de las palabras bien dichas; es que nos va mucho en ello. Debemos conseguir que se entiendan los mensajes por muy complejos que parezcan y que se cuestionen, a su vez, aquellos no por obvios y sencillos, menos nocivos. El espíritu crítico ante tanta soflama, contradicciones, descalificaciones, mentiras manifiestas…se hace más indispensable que nunca.

Existen técnicas retóricas cuyo dominio debería acreditar todo orador u oradora responsable; y todos somos oradores en algún momento. Las nuevas tecnologías, cuya utilidad nadie discute, no son imprescindibles.

Tal como nos hace ver Platón en sus Diálogos, Sócrates persuadía a sus interlocutores con el uso idóneo de la palabra y, sobre todo, de la pregunta, y no necesitaba el apoyo de un ordenador, de un móvil o de la inteligencia artificial. Quien se expresa con la necesaria competencia se basta a sí mismo para cumplir con su tarea, y al contrario: la incompetencia retórica sigue siendo evidente por más que se desplieguen los medios tecnológicos más sofisticados.

Una historia bien contada puede ser mucho más persuasiva y sugerente que el entorno virtual más elaborado. Eso sí, tanto si el relato es verdadero como si se ha tergiversado adrede y es mezquino.

La inteligencia artificial puede darnos acceso a un universo ordenado de conocimiento, pero no puede observar la máxima de adecuación (aptum o decorum) para ajustarse personal e inmediatamente a las necesidades del receptor y a sus circunstancias, porque no tenemos constancia, por ahora, de que la IA sea empática ni se rija por criterios éticos. No olvidemos esto.

Aunque se le pueda encargar a ChatGPT que persuada a un interlocutor concreto en función de sus características, no tiene la capacidad de interpretar sus reacciones no verbales en tiempo real, como leemos en un estudio del Catedrático de Filología de la Universidad Internacional de La Rioja, Santiago López Navia. Así que, podemos estar seguros de que la inteligencia natural aún va en cabeza; luego, usémosla.

La inteligencia artificial tampoco parece capaz de emplear falacias (al menos las que exigen la necesaria perversión para su despliegue) ni detectarlas. Y quizá debamos añadir “afortunadamente”.

La capacidad de hablar, escribir e interpretar toda la (des)información que nos llega, con eficacia y solvencia será especialmente relevante en un mundo en el que la inteligencia artificial pueda adquirir un nivel de desarrollo aún por descubrir.

*Este artículo se publicó originalmente en el número 27 de la revista Archiletras (abril-junio 2025)

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