Por Elena Laseca
El feminismo es un pensamiento filosófico sólido, bien elaborado, que defiende la igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres. Filósofas feministas eminentes como Celia Amorós o Amelia Valcárcel —por citar solo un par de ejemplos— han escrito ensayos suficientes como para entender en qué consiste el pensamiento feminista. Amelia Valcárcel reivindica que a las mujeres no se les debe exigir estándares morales superiores al resto de la sociedad. Y en su pensamiento feminista trata de situar el feminismo dentro de la historia canónica de la filosofía política. Celia Amorós formula un proyecto feminista de emancipación y de transformación social cimentado en la demanda de la universalización real de la igualdad y la autonomía prometidas por la Ilustración.
Estas son únicamente unas breves, brevísimas pinceladas. El pensamiento feminista como filosofía está plasmado en cientos de ensayos de ilustres filósofas. Todos muy interesantes y necesarios para comprender el mundo. Pero hay que leerlos. Hay que escuchar lo que dicen estas y otras muchas pensadoras sobre lo que significa creer en una sociedad feminista. Sin embargo, cualquier teoría filosófica, por muy fascinante que nos resulte, no siempre la tenemos a nuestro alcance. No siempre somos capaces de bucear en textos que tratan de explicarnos el porqué esta sociedad es desigual en lo que se refiere a derechos entre hombres y mujeres. Tan complejo como la historia de la humanidad.
En mi compromiso feminista, directamente ligado a la literatura y más en concreto a la narrativa de ficción, he llegado a la conclusión de que la ficción es un extraordinario vehículo de difusión del feminismo. En las novelas y los cuentos aparecen infinidad de situaciones cercanas a nuestra vida —incluso no tan cercanas como la ciencia ficción— que nos ilustran de manera meridianamente clara aquello por lo que viene peleando el feminismo desde hace siglos. Y nos ayuda a reflexionar y comprender.
Valga el siguiente relato de ficción como botón de muestra.

(Ilustración: Mercedes de Echave)
MÁS DE MIL DÍAS
Año 2021
Zoraida sale de casa apresurada. Llega tarde a clase. Está estudiando Derecho. Su sueño es convertirse en abogada para defender los derechos de las mujeres afganas. Vive en Kabul y las noticias que su amiga Bashira le envió la noche anterior son preocupantes. La Universidad está revuelta, pero ella es optimista. «Una vez que hemos llegado hasta aquí, no hay vuelta atrás», no se cansa de repetirle a Bashira. Al llegar, se encuentra la puerta cerrada. El desorden, el desconcierto, la confusión han invadido su facultad de Derecho, a la que con tesón había conseguido entrar, a la que, desde hacía dos años, acudía feliz. Busca a Bashira con la mirada y la ve rodeada de unas cuantas estudiantes en la parte de atrás del edificio principal.
—¿No te has enterado? —pregunta su amiga en cuanto se acerca.
Zoraida niega con la cabeza. Se ha pasado la noche estudiando, no ha escuchado noticias, lo único que le importaba era el examen que por lo visto no iba a poder hacer.
—El nuevo canciller de la Universidad de Kabul nombrado por los talibanes —continúa Bashira en voz baja— ha prometido librar a la Universidad de Kabul de pensamientos occidentales e infieles. Pero eso no es lo peor. Va a imponer una política de segregación que quiere decir que, mientras no se proporcione un verdadero entorno islámico para todos, no se permitirá a las mujeres acudir a las universidades ni trabajar. El islam primero, dice.
—Eso no puede ser —susurra Zoraida, incrédula.
El terror las acaba engullendo.
Año 2024
Más de mil días después, Zoraida vuelve a salir de casa apresurada. Esta vez no se dirige a la universidad. Ha sido clausurada para las mujeres. Pero ella no se ha rendido. Vestida con un burka —la ropa «normal», como ella la llama, permanece arrumbada en un rincón del armario— camina hacia la sede de una asociación de mujeres que en la clandestinidad sigue luchando por los derechos arrebatados a las mujeres. Se mueve con precaución para no ser detectada por ningún talibán. Esa tarde van a terminar de confeccionar las diez pancartas que al día siguiente pasearán por las calles de Kabul con gran riesgo para su integridad física e incluso para su vida. Las pancartas mostrarán la reivindicación de todas las prohibiciones que desde hace más de mil días sufren las afganas:
ACCESO A LA EDUCACIÓN; ACCESO AL MERCADO LABORAL; LIBERTAD EN LA ROPA DE VESTIR; REAPERTURA DE LOS SALONES DE BELLEZA; LIBERTAD PARA SALIR DE CASA SIN UN MAHRAM (hombre de parentesco cercano); LIBERTAD PARA PRACTICAR DEPORTE; NO A LA SEGREGACIÓN EN EL TRANSPORTE PÚBLICO; LIBERTAD SEXUAL Y PARA ELEGIR MATRIMONIO; DERECHO A SER VISTAS; LIBERTAD DE EXPRESIÓN.
Están acabando la última pancarta. Bashira se vuelve hacia Zoraida. Su mirada es desoladora.
—¿Ves como sí había vuelta atrás?
Zoraida, desprendida del burka, la mira fijamente a los ojos.
—La lucha no ha terminado. No podrán con nosotras —responde con determinación.
