Número 33 - Otoño 2025

La inteligencia artificial ligada a la creación literaria

Laura Bordonaba Plou

Por Laura Bordonaba Plou

Zaragoza, 1976. Licenciada en Documentación y trabaja desde el año 2002 en la Biblioteca Universitaria de Zaragoza.
Ha ganado diversos premios literarios en Aragón, entre ellos el Primer Premio en el XIII Concurso de Literatura Joven en 2006 y el II Premio Literario de Narrativa Corta del Consejo Social de la Universidad de Zaragoza (2021). Ha impartido talleres de literatura y ha sido colaboradora en la revista literaria Granite & Rainbow (entre 2012 y 2014) y columnista de opinión en los medios Cierzo Digital, Heraldo de Aragón y El Periódico de Aragón. Es autora de los libros de relatos Sobreexposición (Pregunta, 2014) y Polar (Pregunta, 2016; 2.ª ed., 2017) y ha participado en las antologías Los Borbones en pelota (Olifante, 2015), Hablarán de nosotras (Los libros del gato negro, 2016), La mística (Olifante, 2016), Enjambre (Comuniter, 2018), Mujeres a la orilla del Ebro (Apache, 2019), De bares y mujeres (Pregunta, 2021) y De mujeres y monstruos (Apache, 2022).

 


 

Cuando Mar Blanco me llamó para hacerme el ofrecimiento de escribir un texto para esta revista, comentamos que a las dos nos parecía muy interesante el tema de la Inteligencia Artificial ligada a la creación literaria. Decidí enfocarlo de manera personal, relacionándolo con el viaje del que acababa de regresar.


¿Puede la IA crear un texto literario que imite una experiencia personal, por ejemplo, en este caso, un viaje? Sí. Pero ¿queremos que lo haga? ¿Por qué privarnos del gusto de escribir ese paseo y toda su configuración intelectual y sentimental que luego se traslada a un texto?


Quizás la IA será cada día poderosa, más barata e invisible. Hemos explorado las enormes ventajas que esta tecnología puede aportar a nuestras vidas en términos de optimización de recursos y ahorro de tiempo. Pero tampoco podemos obviar la llamada cesión cognitiva. Reparar en todas las veces que hemos dejado de escribir a mano para ordenar nuestras ideas, o de darle el toque personal a un texto. Las veces que nuestra imaginación y creatividad no se han puesto a prueba.


Acabo, como decía antes, de llegar de un viaje por tierras del sur de nuestro país, con la riqueza que estas jornadas de largos paseos y visitas me han sugerido. Porque en cada paso dado algo me ha conectado con otra imagen, con otro recuerdo. Algunos borrados, no sé si a voluntad, o por mero pasar del tiempo. Otros, ni siquiera sé si corresponden a algo que ocurrió o a algo que mi mente ha manipulado por pura supervivencia. O me han llevado a otra imagen, otro texto, creando una red neuronal intransferible. Llegados a este punto, no puedo estar más de acuerdo con esto que dice Andrea Vizcaíno:


“La mímesis que emerge de la IA no termina de cuajar en una verdadera capacidad de creación artística.” “El creador tiene nombre, tiene carne y tiene historia.”


Sin embargo, también es de justicia citar a otros autores que valoran otra perspectiva: Andy Clark y David Chalmers proponen la Teoría de la Mente Extendida, sosteniendo que la mente se extiende más allá del cerebro o del individuo e incorporando la interacción con el entorno y las herramientas externas. Si aplicamos esto a la generación de contenido mediante IA, esta puede considerarse una extensión de la mente del creador. Otros autores en la misma línea, como Atkinson y Barker, destacan que la IA actúa como una “mente extendida” que colabora con los humanos para mejorar su capacidad creativa, facilitando tareas, generando ideas y procesando datos masivos.


Tenemos que pararnos a pensar si el verdadero riesgo no es la máquina en sí, sino el capitalismo que puede acabar por mercantilizar el lenguaje y transformar al sujeto creador en consumidor pasivo. En este contexto, la IA aparecería como una herramienta de desubjetivación que amenaza con vaciar la experiencia estética de lo humano.


Frente a esta posibilidad Andrea Vizcaíno propone dos vías de escape:


Las escrituras transpersonales, inspiradas en autoras como Cristina Rivera Garza y Annie Ernaux, que apuestan por una poética de la desapropiación, el trabajo colectivo y la comunalidad, desafiando la lógica de la propiedad autoral.


La estética de lo cotidiano, que reivindica lo sensorial, lo íntimo y lo inapropiable como espacios de resistencia frente a la imitación algorítmica.


Y aquí, es donde se deslizan algunas fotografías mentales de estos días que me han conectado y se han sumado para que de este viaje vuelva siendo yo y siendo otra. He hecho una pequeña prueba con Copilot, una herramienta de IA generativa, para ver cómo daría forma a un texto sobre un supuesto viaje por Málaga y Sevilla, dándole algunas indicaciones precisas. El resultado es factible, funcional, pero también lleno de lugares comunes e imágenes que parecen demasiado prefabricadas. Hay algo vivencial, espontáneo y sensitivo en lo humano que creo que todavía no es posible trasladar a un texto. Pero vuelvo a la carga, ¿queremos que lo haga, queremos que nos imite? ¿Por qué querríamos dejar de revalorizar lo humano en el proceso creativo artístico?


¿Qué implicaciones tiene que la inteligencia artificial sea capaz de mimetizar la creación literaria?, ¿qué elementos de esta apropiación resultan preocupantes y por qué?, ¿cuáles son los posibles caminos para la desapropiación?


Hay detalles del viaje que la IA no podría inventar, porque no ha estado allí. La profunda energía y concentración que se creó en la conferencia sobre antiheroínas y villanas que  impartieron Elisa McCausland y Elisabetta Di Minico en el contexto de la Comic Con en Málaga, acercando las figuras de Wonder Woman y Jessica Jones desde un punto académico y  la vez sumamente personal y que generaron preguntas tan íntimamente ligadas a las experiencias personales de los oyentes que no lo creo capaz de imitar por una IA a día de hoy. O la charla que mantuvimos con uno de los taxistas que nos llevó al recinto, comunista militante de los de antaño, que nos contó cosas de la ciudad a nivel político y personal que la IA no podría conocer. El paseo por Huelín, con las señoras con hamacas a la fresca de la calle que a mí me recordó al barrio de Las Fuentes. El impacto del silencio en el CAAC sólo roto por los pájaros, que me hizo pensar en un día en que visité un monasterio con el que fantaseé en vivir una temporada. O una de las exposiciones del artista Kader Attia, que me hizo pensar en cómo en mi hotel de Fez me despertaba el llamamiento a la oración que se escuchaba desde una mezquita cercana.

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