DESDE MIS OJOS
Por Sandra Villamil López
La Naturaleza, un lienzo divino donde el arte y la vida se entrelazan en un baile eterno de colores y sonidos que nos envuelven en su belleza sin fin.
Los árboles, centinelas de la tierra, se alzan hacia el cielo con ramas fuertes; sus hojas susurran secretos al viento y sus raíces beben del agua subterránea.
El Sol, un pintor de luz y calor, ilumina el mundo con su pincelada divina; y la Luna, una joya de plata y sueño, nos guía en la noche con su luz suave.
Los ríos, venas de la tierra, fluyen con agua cristalina y fresca; y los océanos, vastos y profundos, nos llaman con su canto de sirena.
Las montañas, gigantes de piedra, se alzan hacia el cielo con cumbres nevadas; y las flores, joyas de colores, nos regalan su belleza y perfume.
La lluvia, un abrazo fresco y húmedo, nos envuelve en su ritmo constante; y el viento, un susurro cálido, nos acaricia con su aliento suave.
La Naturaleza, un regalo divino que nos enseña a vivir en armonía con el mundo y con nosotros mismos que nos recuerda la belleza de la vida.
En el bosque los animales viven en equilibrio y armonía con la tierra; y los pájaros, mensajeros del cielo, nos cantan sus melodías dulces y puras.
La Naturaleza, un espejo del alma, refleja nuestra propia esencia y nos enseña a vivir en sintonía con el mundo y nuestro corazón.
En las noches las estrellas brillan como diamantes en el cielo oscuro y la Luna, compañera fiel, nos guía en la oscuridad con su suave luz.
La Naturaleza, un tesoro precioso que debemos cuidar y proteger para que las generaciones puedan disfrutar de su belleza y vida.
Abramos nuestros ojos y corazones a ella.
UNA HISTORIA DE AMOR
Por Alix Rubio Calatayud
—Disculpa…
Él alzó la vista del libro y miró a la mujer que le hablaba. Llevaba el billete en la mano y sonreía levemente. En un primer instante le sorprendieron los ojos, de un color muy inusual. Había algo en ellos que los hacía únicos, no se trataba solo de que fueran muy brillantes y casi demasiado grandes para su rostro. Una segunda mirada y comprendió: los iris eran de colores diferentes, uno azul y otro violeta.
Ella también le miraba, esperando que la dejara pasar a su asiento junto a la ventanilla. Estaba acostumbrada a que sus ojos desconcertaran, pero aquel chico alto y fuerte rozaba ya la mala educación. Él se sonrojó y se levantó, saliendo al pasillo del autobús.
—Perdona.
Una vez que ella se hubo sentado, intentó volver a la lectura sin conseguirlo. Todo en aquella mujer le distraía. La larga melena dorada, el perfume dulce y floral, la ropa sencilla y bonita. Se dio cuenta de que ella también parecía observarle con interés y lanzaba miradas al libro que sostenía entre sus manos. Él le mostró la cubierta. Se trataba de una antología de poemas de amor andalusíes.
—¿Te sorprende que todavía alguien lea estas cosas? —. Tenía algo de acento, pero se le entendía bien.
—No. ¿Qué poema te gusta más?
—Me resultaría difícil escoger. Cada uno de ellos guarda un misterio y un significado tan profundo que sobrepasa los límites del amor.
—El amor del corazón no tiene límites; pero todo depende de a qué se llame amor, supongo.
—Así es —él sonrió para sí y después clavó en ella sus ojos pardos con reflejos verdes—. Aunque no lo creas, no acostumbro a hablar con nadie de estos temas. Tú has sido un regalo en este viaje. Me llamo Daim.
—Yo soy Luna
Al estrechar su mano percibió la calidez de su piel delicada. Las manos de ella parecían de porcelana, se preguntó en qué trabajaría. Luna. Eso era ella, una luna brillante en medio de la oscuridad.
Ella sintió la presión de la mano de él que le inspiró confianza y seguridad. Sus ojos de mirada profunda le llegaron al corazón. No se atrevió a preguntarle qué hacía, si trabajaba o estudiaba. Iba muy bien vestido, envuelto en un perfume sutil que olía a madera y a bosque.
Él se sumergió en la voz de ella, en sus silencios, en su mirada que parecía ver más allá del mundo real. Ella se sintió protegida a su lado, de una extraña forma a salvo de todo mal.
—Me bajo aquí. ¿Tú también?
—Yo continúo viaje.
Se miraron fijamente guardándose las palabras que acudían a sus labios.
—Buena suerte, Daim. Te deseo lo mejor. Espero volver a verte en el próximo viaje.
No respondió. Se puso la cazadora y se bajó del autobús. Se quedó en la dársena, camuflado entre los viajeros que iban y venían, sin prestar atención al pequeño alboroto de los que recogían sus equipajes y los que esperaban para guardar los suyos. El conductor, que organizaba aquel caos de personas y bolsas de viaje no le vio. Tampoco le vio Luna, que miraba por la ventanilla intentando divisarle para hacerle un gesto de despedida.
Poco después, el autobús se puso de nuevo en marcha. Vio pasar el perfil de la mujer que había sido su compañera de asiento, se fijó en los largos cabellos dorados, rememoró los profundos ojos de color increíble y la sonrisa reflexiva. Se grabó su rostro en la memoria para no olvidarla. Luna. Una luz resplandeciente que había iluminado sus tinieblas interiores. Y de repente comprendió, sintiendo una punzada de dolor profundo en su corazón, que había vivido la historia de amor más bella de su vida. Deseó gritar, deseó correr tras el autobús en el que viajaba su verdadero amor, su última oportunidad de redimirse, pararlo con sus manos desnudas y abrazarla. Ya no era posible. Antes de comenzar a llamar la atención y hacerse notar, caminó despacio hacia la salida de la estación, cruzó al otro lado y entró en una cafetería. No miró a su alrededor, no se percató de los detalles del local, no vio a los clientes que tomaban café o tapeaban ajenos su presencia y a lo que representaba. Ninguno de ellos reparó en él, un hombre joven vestido con jeans, un jersey gris y una cazadora de cuero negra, ropa de marca y muy cara. La televisión estaba puesta, un programa matinal que entretenía e informaba. Se sentó a una mesa frente al televisor y fue comiendo muy despacio el pincho de tortilla de patata, dejando que el café se enfriara, manteniéndose indiferente frente al mundo mientras su estómago se agitaba y su corazón alcanzaba el máximo de pulsaciones. Creyó que le iba a dar un infarto. No tuvo que esperar mucho tiempo. El programa interrumpió su sección rosa y anunciaron aterrados que un autobús de pasajeros había sufrido un horrible atentado. Conectaron en directo con el escenario de la tragedia. Al parecer, no había supervivientes. Daim hizo un brutal esfuerzo de voluntad para no mover ni un músculo, sepultó las lágrimas que pugnaban por anegar sus ojos. No era el momento ni el lugar para abandonarse al dolor, que le inundaría en cuanto se encontrara solo. Sabía que le esperaban noches amargas y mañanas vacías. Había asesinado al amor de su vida, tendría que cargar con eso.
ANA MARÍA MATUTE AUSEJO Y CARMEN MARTÍN GAITE CIEN AÑOS PARA EL RECUERDO
Por María Dolores Tolosa
En este año 2025 se cumple el centenario del nacimiento de mis dos escritoras contemporáneas favoritas, diré más; de mis maestras, porque he de confesar que desde mis primeras lecturas adultas fueron ellas quienes me atraparon con sus argumentos, haciéndome reflexionar acerca de la vida que me había tocado vivir y poniendo mi sensibilidad a flor de piel al participar de las tramas y empatizar con sus personajes. Más tarde, cuando decidí que mi segunda vida sería la escritura, fue su estilo claro, preciso, natural, capaz de producir ese fenómeno mágico de la transmisión del pensamiento a través de la palabra, lo que me ganó definitivamente para su causa.
No voy por ello a subestimar a otras autoras y autores que han enriquecido mi bagaje formativo, pero en el escalafón de mis preferencias narrativas estarán siempre Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. Y en el escalafón de la edad, habré de nombrar primero a esta última.
Nacida en Barcelona el 26 de julio de 1925, Ana María era la segunda de cinco hermanos, con un padre, Facundo (como mi abuelo), de ideología conservadora, y una madre, María, fría y distante, lo que influyó en el carácter introspectivo de la niña. A los cinco años, a causa de una enfermedad, sus padres la llevaron para su recuperación a casa de sus abuelos maternos en Mansilla de la Sierra, un pueblo de la Rioja.
Su vocación literaria se manifiesta desde muy joven, observando la vida cotidiana de Barcelona y de Madrid, donde también se trasladaba la familia con frecuencia, y sus tensiones sociales y políticas, así como rememorando la vida rural y sus gentes en Mansilla. La guerra civil y la posguerra marcarán su adolescencia. La violencia, el odio, la muerte o la pobreza serán constantes que encontraremos en su narrativa caracterizada, igualmente, por la fantasía y el lirismo en contraposición con la crudeza de la vida real, siendo el denominador común la complejidad de la condición humana y el poder de la imaginación, sin faltar dosis de pesimismo aportadas por su propia experiencia vital.
Sin lugar a dudas, su trayectoria literaria ha sido pródiga en obras y reconocimientos.
Escribe su primera novela, Pequeño teatro, en el 42, con solo diecisiete años, lo que impidió, evidentemente, su publicación llevada a cabo años después. Esta fue también la primera de sus obras que leí y ocupó lugar preferente en mi pequeña biblioteca doméstica.
Los Abel quedaría finalista del Premio Nadal en 1947 y dos años después, en el 49, se presenta de nuevo a este premio con Las luciérnagas, que llegó igualmente a la final, aunque la censura franquista impidió su publicación. No será la única vez que encuentre obstáculos para difundir su obra a causa de los certeros retratos que hace de la sociedad española lo que, naturalmente, incomodaba al régimen hasta el punto de que, en 1972, se le impediría viajar a Niza para asistir a un congreso de Literatura Infantil y Juvenil.
En 1952 gana el Premio Café Gijón por Fiesta al Noroeste, y se casa con Ramón Eugenio de Goicoechea. En 1954 nacerá su único hijo, Juan Pablo. En este mismo año se publica, por fin, Pequeño teatro y consigue el Premio Planeta.
En 1958 recibe, por Los hijos muertos, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura al año siguiente. Ambientada en la guerra civil, la autora, con una prosa rica en metáforas, hace una dura crítica de la hipocresía de la sociedad, defiende la rebeldía ante las normas impuestas y aboga por la moral natural. El Nadal se le otorga en 1959 por Primera Memoria, otro de mis iconos.
Vuelve aquí el tema de la guerra civil. Tres adolescentes, Matia, Borja y Manuel, comparten vacaciones de verano en una isla, que podría ser Mallorca, mientras España afronta el comienzo de la contienda que la desangrará durante tres años. La protagonista, Matia, recuerda aquella época como una etapa en la que ella se sentía rabiosa, abandonada por su padre al cuidado de su abuela. Poco a poco se da cuenta de que va entrando en un mundo nuevo aliada con su primo Borja y su amigo Manuel por quien siente una atracción especial. El final indeseado de la niñez y la entrada en el mundo adulto suponen, de alguna manera, la pérdida inevitable de la inocencia, tema que la autora gusta de abordar en muchos de sus relatos. Con esta novela se inicia la trilogía, Los mercaderes, que continúa con Los soldados lloran de noche y concluye con La trampa.
La observación del mundo rural que la rodeó mientras vivió en Mansilla de la Sierra, le sirvió de inspiración para algunas de sus obras como, Paulina (1960), donde trata la relación de una niña con la naturaleza y con su abuelo; seguramente inspirada o influenciada por la famosa novela infantil Heidi de Johanna Spyri.
En Historias de la Artámila (1961), una colección de veintidós relatos de diversos temas, nos muestra la crueldad y el egoísmo de los seres humanos. Sus personajes infantiles parecen seres frágiles pero fuertes en su propio universo, que se asoman al mundo adulto sin comprenderlo.
En 1963 obtendrá el Premio Fastenrath de la Real Academia Española por Los soldados lloran de noche, donde reaparecen personajes de Primera memoria. La historia gira en torno a Jeza, un soldado republicano desaparecido, primer amor de Matia, Manuel y Marta. La posguerra con su feroz represión sirve de tema para una compleja trama. Se yuxtaponen aquí pasado, presente y futuro con un lirismo que transforma la novela histórica en una metáfora del mundo de los sentimientos.
En este mismo año 63 se separa de su marido y las leyes vigentes le impiden la custodia del hijo. El matrimonio fue desolador para la autora, a pesar de su fecundidad literaria. Su marido era un donjuán embaucador y manirroto, que vivía de fiesta en fiesta y se aprovechaba de los demás, de ella en primer lugar que era quien debía sostener a la familia. En una ocasión llegó a empeñar el cochecito de Juan Pablo, diciendo que su esposa podría llevar al bebé en brazos. La gota que colmó el vaso fue en el verano del 62 cuando, estando de vacaciones en Mallorca, vende la máquina de escribir con la que Ana María se ganaba la vida. Ella decide romper definitivamente su relación. Él, enfadado, se lleva al niño a Barcelona y la acusa de abandono del hogar. Ella se refugia en casa del matrimonio Cela.
Durante tres años visita de forma clandestina al niño, apoyada por su suegra, hasta que consigue demostrar el desentendimiento total del padre y recupera la custodia del hijo. Conoce al empresario francés Julio Brocard. Los tres se trasladan a vivir a Estados Unidos y más tarde a Sitges. Con este hombre, a quien ella llama “el marido bueno”, vivirá treinta años.
Durante la segunda mitad de los 60 trabaja como lectora en varias universidades de EE.UU. y Europa.
En 1965, Ana María Matute recibió el Premio Lazarillo por El polizón del Ulises. En esta obra, la autora aborda la ausencia de la figura materna. Su reciente experiencia y su propia infancia que se había visto marcada por una relación poco afectiva con su madre, podría haber motivado en ella la inclusión en sus textos del protagonista huérfano o abandonado.
En 1969 vuelve a retomar el tema de Los mercaderes y escribe, La trampa, la más pesimista de las tres novelas de la trilogía. Ambientada durante la larga posguerra, narra el dolor, la aceptación de la realidad y la venganza. De nuevo es Matia quien nos relata sus vivencias íntimas por medio de monólogos. La historia se desarrolla en un ambiente familiar opresivo, con pocas descripciones, un estudio psicológico de los personajes relatado de forma magistral.
Hay otra trilogía ambientada en la Europa del siglo X. Son libros independientes entre sí, que no solo narran hazañas violentas, desafíos y pasiones, sino que también ahondan en el descubrimiento del mundo y del propio yo.
En la primera entrega, La torre vigía (1971), conocemos a un joven caballero, hijo de un hidalgo pobre, que emprende un viaje iniciático. De forma autobiográfica, narra las aventuras y desafíos que deberá afrontar y que transformarán su idea sobre el mundo. Por el estilo narrativo me recordaría a nuestro inmortal Don Quijote, y podría decir que es una obra al uso de los antiguos libros de caballerías, donde el protagonista y sus ideales se enfrentan a un mundo lleno de supersticiones, pasiones y violencia.
La depresión la mantendrá alejada de la escritura durante un largo periodo de casi dieciocho años entre los 70 y los 90.
En 1984 obtiene el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil con Solo un pie descalzo. Vuelve aquí la autora al mundo de los niños al que siempre si sintió especialmente inclinada. Gabriela es una niña que suele perder un zapato y, aunque los mayores se enfadan, ella descubre que eso le permite entrar en un mundo mágico al que solo pueden ir los que van con un pie descalzo.
Es innegable que la fórmula de Ana María Matute para huir de esa realidad cruel o indeseada es adentrarse en la fantasía y el mundo de los sueños y es innegable también que sus personajes tienen ese halo de abandono, incomprensión y lucha contra esa realidad adversa.
Olvidado Rey Gudú, la segunda parte de la trilogía medieval, permanece oculta hasta que es publicada en 1996. Según la propia autora: este es el libro que mejor podría definirla. Se trata de la historia de una saga familiar en un mundo poblado de seres fantásticos. Entre la historia y la filosofía aborda el miedo a la soledad y al olvido.
En ese mismo año, es elegida miembro de la Real Academia Española, ocupando el sillón K que había ocupado Carmen Conde. El 18 enero de 1998 ingresó en la RAE con el discurso, En el bosque.
Finalmente, cierra el ciclo de literatura fantástica en 2000 con Aranmanoth, un cuento cuyo protagonista es un joven, hijo de un noble y un hada del agua, que emprende un viaje junto a Windumanoth, su compañera. Ambos descubrirán que el amor y la belleza también pueden causar dolor, y que los sueños pueden verse amenazados por la realidad.
En 2007 obtiene el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra.
En Paraíso inhabitado (2008) la autora describe su propia filosofía de vida: “quien no inventa no vive”. Su protagonista, Adriana, nace en un hogar sin amor y se construye un mundo propio imaginario. Y, por fin, en 2010, llega el galardón más preciado: el Premio Cervantes.
Ana María Matute depositó en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes la primera edición de Olvidado rey Gudú que permanecerá guardado en la cámara acorazada hasta el 26 de julio de 2029. Ha sido la primera escritora en depositar su legado en esta cámara. En el acto de entrega afirmó que ese libro, mágico como la vida misma, era un trozo de sí misma con sus ángeles y sus demonios y por el que le gustaría ser recordada.
La editorial Destino ha publicado un volumen, La puerta de la luna, que recopila sus obras completas para niños y jóvenes con títulos como: Historias de la Artámila, Algunos muchachos, Tres y un sueño, que comprende: La razón, La isla y La oveja negra y otros textos de narrativa breve.
En toda su obra se reconoce en Ana María Matute una preocupación especial por el mundo de la infancia y de los más desfavorecidos, lo que podría definirla como una humanista del siglo XX. Hasta los últimos momentos de su vida permaneció fiel a su vocación literaria y a su estilo de extraordinaria narradora.
Demonios familiares, del 2014, fue su última novela. La acción se desarrolla en una pequeña ciudad del interior de España en 1936. Los personajes luchan entre los sentimientos de amistad, lealtad y traición en tiempos difíciles e inestables.
Un infarto de miocardio la arrancó de este mundo el día 25 de junio de 2014, dejando un innegable vacío en las letras españolas.
Con Carmen Martín Gaite me encuentro en un mundo más cercano al mío propio, salvando la diferencia de edad, quizás sea la razón de que sienta con ella una conexión especial. Nace en Salamanca el 8 de diciembre de 1925, hija de José Martín López y María Gaite Veloso.
Su padre, notario de ideología liberal, no quiso que sus hijas, Carmen y Ana, recibieran educación religiosa en colegio de monjas, como entonces correspondía a las niñas de familias burguesas. Recibieron su instrucción básica en casa a cargo de profesores particulares y de su propio padre, gran aficionado a la Historia y a la Literatura. La segunda Enseñanza la realizaría en el Instituto femenino de Salamanca.
La familia Martín solía pasar los veranos en una finca de los abuelos maternos, cerca de Orense. De aquí su relación con Galicia y su cultura, que refleja en alguna de sus obras como Retahílas y Las ataduras.
En 1943 inicia sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca donde coincidió con Ignacio Aldecoa, quien también habría cumplido cien años en este 2025.
Carmen hizo del estudio y la literatura su razón de vivir. Colaboró en la revista Trabajos y días, que publicó algunos poemas suyos, y participó como actriz en varias obras de teatro. En el verano del 46 estudió con una beca en la Universidad de Coímbra y en el 48, al terminar su Licenciatura en Filología Románica, obtuvo otra beca para estudiar en el College International de Cannes donde perfecciona su francés y entra en contacto con una cultura y sociedad más abierta que la española.
En 1950 se traslada a Madrid para preparar su doctorado y se reencuentra con Aldecoa, que la introduce en el círculo literario de la llamada generación del 50. Entre sus amigos se encontraban: Mayrata O´Wisiedo, Josefina Rodríguez-Álvarez (conocida a partir de la muerte de su marido como Josefina Aldecoa) y Rafael Sánchez Ferlosio, con quien contraería matrimonio en 1953.
Abandona la idea de la tesis doctoral para dedicarse de lleno a la literatura. Trabajadora incansable publica cuentos y artículos en revistas, colabora con la RAE en la confección de fichas bibliográficas, trabaja como profesora en un colegio y en la notaría de su padre, que también se había trasladado a Madrid.
Con su marido vive unos meses en Italia. Roma, Nápoles, Florencia y Venecia, serán su contacto con la literatura contemporánea de ese país, destaca la influencia de Cesare Pavese y Natalia Ginzburg, de la que sería traductora.
En el 54 nace, Miguel, su primer hijo, que moriría de meningitis siete meses después. Ese año recibe el Premio Café Gijón por su obra El balneario. Su hija, Marta, nacería en el 56.
En 1957 se le otorga el premio Nadal por Entre visillos. El ambiente estudiantil de su ciudad se refleja en esta obra, donde hace una velada crítica de los estereotipos masculino y femenino introduciendo, no obstante, unos personajes que se salen del tópico y representan los deseos de cambio. Cuando leí Entre visillos quedé totalmente atrapada por su estilo claro, conciso, narrando lo cotidiano con una naturalidad que me hacía sumergirme en la acción y tomar parte en ella como uno más de sus personajes.
La rutina de una pequeña ciudad de provincias, posiblemente la suya, el conservadurismo, la hipocresía, ese objetivo de la mujer, el matrimonio, que hace aparecer a las solteras como raras y criticables (solteronas). El hombre, por su parte aparece sometido a sus propias disciplinas sentimentales: el afán de encontrar una novia que convenga debatiéndose entre lo decente y lo pecaminoso.
Estos parámetros los encontramos también en Usos amorosos de la posguerra española (Premio Anagrama de ensayo 1987), una crítica agridulce de la política, la religión, las costumbres y, sobre todo, la educación controlada y sometida a las más estrictas normas de la moralidad vigente, que sufrimos los jóvenes de la generación de los años 50.
Después seguirá Ritmo lento, en el 62, finalista del premio Biblioteca Breve de narrativa. Escribe también literatura juvenil, El castillo de las tres murallas, El pastel del diablo y Caperucita en Manhattan.
Cultivó igualmente la crítica literaria, realizó guiones para series de televisión (Santa Teresa de Jesús, Celia) y tradujo obras famosas como Madame Bovary, Cumbres borrascosas, Jane Eyre…
Durante los años sesenta abandona la narrativa de ficción para dedicarse al ensayo y la divulgación, sobre todo de temas históricos. Con Lenguaje y estilos amorosos del siglo XVIII español elaboró su tesis doctoral, que presentó cuando ya tenía 46 años. Su estudio y documentación le animó a escribir, Usos amorosos de la posguerra española.
Se separa de Rafael Sánchez Ferlosio en 1970 y se va a vivir con su hija, la cual moriría de sida en el 85 a los 29 años de edad. Lamentablemente, la vida privada de Carmen Martín Gaite no fue tan afortunada como la literaria.
En 1978 fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura por su obra El cuarto de atrás y en 1988 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 1994 se le otorga también el Premio Nacional de las Letras Españolas.
El cuarto de atrás, que leí en una edición de Planeta De Agostini del año 2000, me dejó absolutamente convencida, si no lo estaba ya, de que Carmen Martín Gaite era mi escritora de cabecera. En esta novela se mezclan el misterio, las memorias, la reflexión sobre la escritura… El personaje del enigmático hombre de negro como interlocutor le da un toque de surrealismo.
Nubosidad variable (Anagrama 1992) nos habla de Sofía y Mariana, dos antiguas amigas de colegio que han seguido vidas muy diferentes (anodina ama de casa, madre de familia la una y psiquiatra de éxito la otra), pero que tienen en común su gusto por la escritura. Su reencuentro después de treinta años las hace entrar en un proceso de revisión de sus mundos respectivos.
La reina de las nieves (Anagrama 1994) alude al cuento de Hans Christian Andersen y a través de su imaginaria analogía con Kay, va dando un repaso a la vida de Leonardo, un ex convicto, buscándole un nuevo sentido.
En Lo raro es vivir (Anagrama1996) la autora con su personaje, Águeda Soler, se adentra en el mundo de los recuerdos, de las reflexiones sobre la vida, los sueños, el dolor por la muerte, el amor, todo aquello que nos parece normal y a la vez asombroso porque forja nuestro destino.
Caperucita en Manhattan (1990) es una recreación del cuento de Perrault trasladado a la actualidad y a Nueva York. Sus personajes son Sara Allen, la niña que vive en Brooklyn y quiere ir sola a Manhattan para llevarle una tarta a su abuela, una antigua cantante de music-hall, Mister Woolf, el pastelero millonario que vive en un rascacielos y Mis Lunatic, la mendiga que vive oculta en la estatua de la libertad y que sale, cual hada buena, por las noches a ayudar a quien pasa por un mal momento.
En todas estas obras he sentido como si la energía creativa de Carmen Martín Gaite fluyera hacia mí creando una especie de vínculo de admiración y deseo de aprendizaje. Yo, que he sido maestra durante 40 años, sé muy bien lo que significa ese vínculo. Sus libros al igual que los de Ana María Matute, ocupan un lugar destacado en mi pequeña biblioteca y podría decir que han sido mi particular catecismo literario. Su estilo directo, la naturalidad de sus diálogos, el detalle de sus descripciones, los temas siempre relacionados con la realidad y los problemas humanos me han enseñado casi todo lo que sé acerca de la escritura en general y la narrativa en particular.
En 2000, a Carmen Martín Gaite se le diagnosticó un cáncer. Falleció en Madrid el 23 de julio de ese año. Vivió, pues, 75 años y dejó un legado que perdurará en nuestra Literatura.
EL VUELO DEL ANGEL
Por Rosa M.ª Valiente Urrea
Eloísa
Noches de insomnio, Eloísa con pensamientos somnolientos, parpadeos que le traían remembranzas del pasado. Volvía a verse joven y no sabía si eran sueños eróticos o realidad.
Recuerdos horizontales de caricias inmortalizadas por la prematura muerte de su novio en una incompresible guerra que la dejó desolada. Guardó su vestido de novia en el fondo de un armario eternamente.
En una tibia mañana, al amanecer, sintió fogosos besos de sol, y lágrimas dormidas. Todo su corazón se le iba llenando de un llanto sereno, percibiendo un suave aleteo a su alrededor y escuchando unos susurros de amor.
Su piel no era tocada por unos dedos… Eran por unas enormes alas de plumas blancas, que escribían, sobre su pubis, notas musicales.
Sueños o realidad, ¿dónde van los sueños, ese país mágico donde se guardan?
Ella -en un impulso tardío- levantó la mirada y su cuerpo se diluyó en las alas del ángel.
Nunca se supo qué fue de Eloísa y qué fue del vestido de novia que desapareció con ella.
CONTRA LAS GUERRAS
Por Cándido Blas Laborda
A veces, me abandonan las fuerzas.
¿Puede el dinero envilecer tanto a los hombres?
Cuando respiro envidias, celos, ultrajes, hipocresía.
¡Abrid los ojos, gente!
¡Qué cobardía siento en el alma!
¡Qué impotencia me abrasa
cuando hombres que, sin piedad, se matan,
cuando el egoísmo desmedido ciega los ojos!
¡Abrid los ojos, gente!
¿No veis que son hermanos?
¿No os dais cuenta que tienen madre?
¿No advertís que su sangre es vuestra sangre,
que su fosa es vuestra fosa,
que la muerte no entiende de colores
ni de extremos, tiranos y manipuladores,
que vuestro dolor y el suyo es el mismo,
que su olvido será el vuestro y el de todos?
¡Abrid los ojos, gente!
EN SOMBRA
“Porque me pesa el mundo que me toca vivir
Desarraigadamente en suerte. Para morir,
toda la vida es poca”
Ángel Guinda” Vivir”
EN SOMBRA
por María Molina
Que no llegue la luz.
Que nos deje en la sombra,
mientras los ojos se preparan
para lo inevitable.
El sol es demasiado fuerte
para nuestras ingenuas pupilas.
Cuando llegue el ocaso
el aire refrescará nuestras gargantas
y podremos gritar contra los dioses.
¿Por qué los mensajeros
ya no traen buenas noticias?
¿Por qué el mar ya nunca está en calma,
y la resaca nos arrastra hacia el sumidero
de la inocencia mancillada?
Que nos dejen en la sombra
hasta que lleguen los ángeles
sin nombre.
DESIERTO DE ALBAS
Por Rosa Montolío Catalán
La acacia africana
se infiltra en nuestros ojos.
Descubrimos su eterna belleza.
Bajo sus verdes hojas nos invade
su tenacidad y su fuerza.
Come de sus espinas la jirafa
en el bioma, inmenso, de la sabana.
El amarillo horizonte, sobre secas arenas,
nos conduce a un desierto de albas.
Animal de espiritualidad inquebrantable
del que emana lo divino
y nos deslumbra con su mágica aura.
La calma llega,
el caos se detiene.
Iguales, en un mundo indiferente.
Atraviesa puertas en el marrón-arena,
seco, sin amenaza de lluvia.
Con lágrimas
que la llanura segrega.
Acción del hábitat en el devenir
de la Tierra.
Saldrá fuego por el OI Doinyo Lengai
(volcán en Tanzania),
carreras de animales avanzarán
en estampida: ñus y gacelas
perseguidos por leones y hienas.
Aspirantes en alcanzar la meta.
¿La alcanzarán o serán
derrotados en intentos de tragedia?
El réquiem de Brahms
sonará como un eco
en el amanecer de la sabana.
EL CHICO DEL JERSEY PÚRPURA
Por Ana Isabel García Tejero
Mi gato negro y yo nos hemos mudado al último piso de un edificio
viejo. Habitación, cocina y baño es todo lo que tenemos. Mi madre está
enfadada porque nos hemos ido de casa. No le gusta nada nuestro nuevo
hogar. Dice que vamos a vivir como piojosos. Casi ni nos habla, pero mi
gato negro y yo nos sentimos los amos del mundo. Por las noches, él trepa
hasta el tejado y yo me siento en el alféizar de la ventana. Desde esta
posición, dominamos la ciudad.
Es verdad que el inmueble está muy destartalado. El portal huele
mal, a rancio. Se cuelan corrientes de aire, haciendo temblar a la única
bombilla que pende desnuda del cable. Da una luz pobre, amarillenta. La
escalera, siempre en penumbra, es fría. El pasamanos de madera ofrece
un tacto untuoso que prefiero no tocar. Los escalones, desgastados por el
uso, se hunden en su parte central. Resultan tan irregulares que hay que
andar con cuidado de no caerse. Sobre la superficie de las paredes,
cosidas a costurones, se ramifican las grietas. La pintura, quizá blanca en
origen, se desprende a pedazos, como hojas de papel hechas trizas.
Las dos primeras plantas están deshabitadas. Los de la inmobiliaria
me han dicho que en la tercera vive un joven. Y en la cuarta, nosotros. Me
siento bien al saber que tenemos un vecino.
En la habitación disponemos de un sofá, un baúl, una mesa
redonda, dos sillas y un televisor enganchado a la pared. El sofá se
convierte en cama. Tengo que conseguir una estantería para mis libros. De
momento, los tengo en cajas.
Durante el día, trabajo en una librería con suelo de madera. Los
clientes intentan pisar suave para no hacer ruido. A algunos, incluso, los
veo andar de puntillas. No deben saber que el sonido de pasos sobre la
madera es el latido de las librerías antiguas.
Llego a casa al atardecer. Mi gato me recibe enredándose entre mis
tobillos. Juego con él. Busco algo de comer en la nevera. Vacía. Casi nunca
me acuerdo de comprar cena. Es igual. Tampoco tengo hambre.
Por las noches, escribo sin parar, en folios blancos que dejo
desparramados por todas partes. Quizá algún día se reúnan para formar
un libro. A veces duermo, pero por lo general se me suele olvidar.
Escribo en la ventana, con la espalda apoyada en el marco. Me
alumbro con un llavero que, a la vez, es linterna. Un punto de luz solitario.
El gato está en el tejado, por encima de mí, su lugar favorito. Veo su rabo
colgando, balanceándose, elegante, delante de mi cara. Ambos miramos
las luces de la noche urbana. Si presto atención, escucho una ópera
metálica, el sonido incesante de la ciudad que nunca descansa. El gato
también lo oye.
Relleno folio tras folio sin pausa. Y luego los tiro a la calle porque no
me gusta lo que escribo. El gato se pone nervioso y recorre el tejado. Hace
ruido. Qué raro. Intuyo que debe de haber tejas rotas.
Sobre las cinco de la madrugada, un chico que lleva un jersey de
color púrpura, saluda desde la calle con la mano. Es mi vecino. Ya somos
tres, él, mi gato y yo. La primera vez que nos vio pareció extrañarse, pero
enseguida sonrió y agitó el brazo. Y así, todas las madrugadas, alrededor
de las cinco. Nos sentimos acompañados. Supongo que él también.
Me acostumbro a su saludo y lo espero con ansiedad porque me
gusta su sonrisa púrpura. Nunca hablamos, pero compartimos sonrisas
púrpuras. Cada noche le sonrío y el gesto se me queda colgado de los
labios durante un rato, mientras sigo escribiendo y arrojando frases al
vacío. Algún día se reunirán para formar un libro.
Cuando llueve, el chico del jersey púrpura camina más despacio y se
entretiene en dar vueltas a la manzana. Antes de entrar al portal, me
saluda. Veo correr gotas por su rostro, pero no sé si son lágrimas. Su
sonrisa ya no es púrpura. Está triste. Mis poemas hablan entonces de él.
No me atrevo a lanzarlos a la calle. Algún día se convertirán en libro.
Una noche lluviosa le espero dentro del portal. Me siento en el
primer peldaño de la escalera. Una cucaracha me mira. Tras el cristal
turbio de la puerta, veo al chico del jersey púrpura dar dos vueltas a la
manzana. Anda despacio. Mira hacia mi ventana, pero yo no estoy allí.
Sus ojos se quedan clavados hacia lo alto. Luego baja la vista al suelo y entra.
Me pongo de pie. Al advertir mi presencia en la oscuridad, se asusta. No
sabe que soy yo. Cuando me reconoce, esboza un intento de sonrisa casi
púrpura. Gotas de agua se deslizan por sus mejillas. Ahora ya sé que son
lágrimas.
Nos miramos sin atrevernos a hablar. Él da un paso hacia mí. Duda.
Doy un paso hacia él. Dudo. En silencio, de alguna forma nuestras mentes
conectan y deciden salir a la calle. Paseamos bajo una lluvia fina. El cielo
aún está oscuro. En una esquina, una prostituta nos reta con poca
esperanza. El rímel de las pestañas se le escurre hasta la barbilla. Dos
calles más allá, un borracho hace eses, se tambalea, cae al suelo, se
ensucia, protesta. Llega música a todo volumen desde un coche llamativo
que, a gran velocidad, invade un charco al lado de la acera. El hombre
ebrio, mi vecino y yo quedamos inmóviles, empapados. Percibimos risas.
El ruido del motor y la música se alejan tan deprisa como han llegado.
Volvemos a nuestro edificio. Al acceder al portal, piso algo que se
rompe. Ha sonado como una cáscara de nuez, pero es la cucaracha que
me miraba hace un rato. Siento lástima. Estaba sola y la he pisado sin
querer.
Ahora, todas las madrugadas, a las cinco, bajo al portal y espero.
Juntos, damos vueltas por las calles. Saludamos a la mujer del maquillaje
derretido. Risueña, nos lanza besos. El viejo borracho estalla en carcajadas
o amenazas. Según tenga la noche, es simpático o nos insulta, pero lo hace
con amabilidad. Le caemos bien. Las cucarachas caminan a nuestro lado y,
a veces, bailan merengue. Cuando algo las asusta, meten la cabeza en un
escondite y creen que no las vemos. Tenemos cuidado de no hacerles
daño.
El chico del jersey púrpura y yo nunca hablamos. No sé quién es ni a
qué se dedica. Desconozco su nombre. Él tampoco sabe el mío ni por qué
estoy allí. Somos dos almas que se encuentran en la noche e intercambian
sonrisas púrpuras. Tampoco yo sé qué estoy haciendo en este lugar
extraño, viviendo a solas con mi gato, pero me doy cuenta de que mi
amigo ya no está triste. Sus ojos brillan cuando me ve. Quizá es esto lo que
he venido a hacer aquí. Cada persona cumple su misión. La dama de la
noche montando guardia en las esquinas. El caballero que anestesia sus
recuerdos en alcohol. Los juerguistas que se ríen de la gente. El vecino que
llora lágrimas púrpuras bajo la lluvia púrpura. Los insectos nocturnos que
se esconden para bailar. Mi gato negro. Y yo.
Del libro Una maleta a medio llenar, 2024.
Y VI TUS OJOS
Por Jaime Bosque
Y vi tus ojos
en aquel espejo,
rodeados de bambú,
que me miraban
sonrientes
y cuando me dirigí
hacia ellos,
ya no estaban.
Pero los auténticos
estaban a mi lado.
Poco después, los cuatro
estaban en la plaza,
sonriendo,
bajo el zureo de las palomas
que rondaban nuestros pies…
Urbs, septembris, xxv
PERRO SEMIHUNDIDO
Por Pilar Alda
El dormitorio se llenó, con paso lento, del aroma de los cedros que, en la mañana, intrusa y libre, se colaba por la ventana, dejando en el aire el regusto ácido de las primeras notas del otoño. En su lecho de recuerdos, bostezaba silenciosamente, consumida por el peso del tiempo y su eterna melancolía. Los muelles crujían bajo el ritmo pausado de unas manos rugosas que levantaban aquel pesado cuerpo cargado de memorias. Las recetas y pastillas adornaban el olvidado tocador que una vez reflejó juventud y sueños.
A las diez en punto, la cantinela semanal: con avidez, recoge la bolsa y pasea en dirección a la plaza, pisando la calzada, rodeada de las mismas almas. —Hoy serán dos kilos, muchachos—. En la esquina de la plaza, Conchita murmura historias de los que no volvieron, Pedro comenta su artritis, y otros hablan del pretérito. Un adiós y algún «hasta luego» en el único bar del pueblo.
De regreso, en aquel hogar de afligido suelo, descansa el anciano perro. Y ahí, bajo el peso de las horas, sigue pensando que, tal vez, este año se acuerden de llamar. Cada vez más convencida, aunque hace tiempo que la línea telefónica dejó de funcionar.
PLEGARIA
Por Asun Perruca
¡Oh Dios!
Hiciste la tierra
y de la tierra el barro con el que nos diste forma.
Nos la entregaste para hacerla fecunda y dominarla.
¿No sabías que le pondríamos cercas,
lindes y fronteras?
¿No sabías que seríamos capaces de matar por ella,
que seríamos capaces de arrasarla?
La cuajaste de semillas,
semillas de trigo para el pan de cada día.
¡Oh Dios!
Y nos diste las manos
y en las manos germinaron también
semillas de odio.
Y el hijo del primer hombre
las alzó contra su hermano.
Y desde entonces …
“Creced, multiplicaos”.
Millones de manos que esculpen y saquean,
que alzan y derrumban,
que hieren y curan,
que matan y acarician,
manos que alumbran la belleza
o desatan el horror.
Manos capaces de empuñar un arma
pero también de arañar los escombros,
de arrancarles el cuerpo exangüe del hijo,
de encontrarle un sudario,
de envolverlo y sostenerlo,
de aplacar el desgarro
hasta encontrarle un pedazo de tierra
donde sepultarlo,
porque también hay manos que niegan
el pan, el agua y hasta la dignidad del último descanso.
Y hay manos que, en tu nombre
y con las mismas piedras,
levantan santuarios o cadalsos.
Y hay manos que no tiemblan
cuando tiñen de sangre un hospital
o una escuela.
¡Oh, Dios!
Tú que viste todo lo que habías hecho
y te complaciste,
dimite,
abdica,
rebobina,
o lo que quiera que puede hacer un dios
cuando su obra es un fracaso.
¿No habrá una diosa que pueda sustituirte?
Una diosa maternal que alumbre a sus criaturas
en lugar de modelarlas con barro sucio,
que alumbre seres con alas,
seres que habiten la atmósfera,
sin más ambición que el vuelo,
porque es difícil acotar el aire.
¿Mataría alguien por unos metros cúbicos de aire?
¿Quién puede en el aire esconder la cabeza
y fingir que no pasa nada?
Danos una diosa de amor
sin palabras, para que ningún ejército
las ponga en su estandarte.
Para que no haya razones que puedan esgrimir
los asesinos.
Danos una diosa de amor
para que no mueran más niños
de guerra o de miseria.
¡Oh Dios!
Me arrodillo y rezo, sin fe,
porque es lo único que se me ocurre hacer
cuando no queda ni un resquicio de esperanza
al que aferrarme.
Rezo y entre el fragor de las bombas
más grande resuena tu silencio.
El silencio de Dios…
Pero no,
no quiero quedarme en esta isla
de impotencia.
Aguzo el oído.
Escucho.
Entre el fragor de las bombas,
entre el silencio de Dios,
un murmullo como de batir de alas
que va cobrando fuerza.
Son voces de poetas,
formando un tejido que se alza
contra el genocidio.
Me levanto.
Mi pequeña plegaria solo es un hilo de voz,
pero igualmente la entrego.
Mi mente recrea un granero inmenso
de pequeños granos.
Un grano no hace granero,
si se queda solo.
Aquí estamos hoy,
tejiendo con nuestras voces,
con cada pequeño hilo,
un gran manto de esperanza.
Con cada pequeño grano
un granero de paz.
13 DE OCTUBRE, DÍA DE LAS ESCRITORAS: PALABRAS Y VOCES QUE NUNCA MÁS SE CALLARÁN
Por Belén Franco
Este mes de octubre se celebra el Día de las Escritoras, una fecha que me toca de cerca y que no puedo dejar pasar. No es un día más en el calendario, porque detrás de cada libro que nos conmueve una tarde cualquiera, hay una mujer que un día se decidió a escribir. Y no siempre fue fácil, aunque ahora pueda parecerlo.
Durante siglos, muchas mujeres tuvieron que ocultar su nombre, firmar con seudónimos masculinos o escribir en los márgenes de lo permitido, como hicieron las hermanas Brontë. Y, aun así, escribieron. Gracias a ellas hoy podemos leer a Sor Juana Inés de la Cruz, a Virginia Woolf, a Carmen Martín Gaite y a tantas otras que abrieron camino con tinta y coraje.
Este día no es solo para recordar a aquellas mujeres que hicieron tanto por nosotras, las escritoras actuales, sino también para mirar alrededor y reconocer a cuántas siguen hoy escribiendo: a veces sin reconocimiento, a veces sin tiempo, pero siempre con ganas de contar lo que sentimos, lo que vivimos o lo que soñamos. Porque escribir también es resistir, es dejar huella, es decir “aquí estoy” en este mundo, aunque te quieran callada.
Celebremos a las escritoras que nos han hecho pensar, llorar y reír. A las que nos han enseñado que la literatura no tiene género, pero sí tiene historia. Y esa historia ha sido desigual. Por eso, leer a mujeres no es solo una elección literaria: es también un acto de justicia.
Así que, en este día, regalemos lecturas. Compartamos autoras. Recomendemos libros escritos por mujeres. Porque cada vez que lo hacemos, estamos ayudando a que nuestras voces no se pierdan. Y eso, al final, es lo que importa, lo que cuenta.
También, son una parte importante de este día las lectoras y lectores, ya que, con sus lecturas, dan vida a nuestras historias. Sin ellos y ellas, nosotras, las escritoras, no seríamos nada.
¡¡Felicidades a todas y cada una de las escritoras, sean célebres, conocidas o apenas descubiertas como yo!! No os desaniméis: seguid intentándolo, porque en cada escrito dejamos nuestra esencia.
VERANO F
Por Pilar Latorre
El verano cruza la calle en sandalias.
Su luz cenital estalla en los cristales,
viste de sol balcones olvidados,
enciende de amor la piel.
Cuando el calor respira entre los árboles
adelgaza el espesor del aire;
nítidas se marcan las líneas del paisaje,
arden los colores.
Mis manos quieren atrapar la transparencia
de este día que se derrama.
Pero ya es tarde.
Los caracolillos bajan de los tallos,
las cigarras ensayan para su concierto,
y la noche prende sus primeras chispas.
Con los bolsillos llenos de cerezas
el verano nos trae la cúspide de la vida.
NO SEREMOS ETERNIDAD
Por Bonaventura Ulloa
No seremos eternidad.
Aunque el viento de la fortuna
hinche ahora las velas de tu navío
y te lleve por mares gloriosos,
a tu parecer y a tu placer.
Aunque ahora tu nombre resuene
y perviva en los labios de los hombres
y mujeres con quienes te cruzas,
te saludan, te reconocen y te abrazan.
Aunque creas que con letras doradas
el destino ha grabado tu nombre
en el monolito de los grandes,
de los ilustres, de los respetados,
admirados e incluso amados.
No te confundas.
Porque la eternidad no da cheques en blanco
y tras esa cortina de humo
en la que envuelve su nombre la fama,
solo hay aire, vida mortal que ha de caducar,
caer y descomponerse
sepultada bajo el peso de los días y los años.
La eternidad no nos pertenece:
solo le pertenece a sí misma.
EL RINCON DE LOS BESOS
Por Gloria Mateo Grima
Sí, soy yo el que os habla. Ese que es testigo de momentos de magia, de dulzura y de pasión. Y me llaman, El rincón de los besos. ¡Orgulloso de serlo!
Estoy situado en el sótano del hostal La Preciosa, en un lugar de playa, que adquiere más vida los fines de semana.
Hasta esos momentos me alumbra la tenue luz de un ventanuco y una bombilla que hace guiños continuamente.
¡Juro que no he hecho nada para que ocurra así!
Cuando la música y más luces se adueñen de mí dando cobijo a parejas que quieren tomar un refresco y tener un sitio íntimo y romántico antes de subir a dormir el sábado y el domingo, soy El rincón de los besos.
Quizá en eso radique mi encanto. Pasan por aquí muchos enamorados.
Pero llevo unos días en este verano en los que soy testigo de unos besos que no podré olvidar. ¡No me gustan! ¡Duelen! ¡Arañan mis paredes!
Observo al atardecer, cuando la gente vuelve del día de sol y mar, que bajan hacia mí, por las escaleras, un abuelo y su nieta de 6 años. A la niña la llama, Preciosa, igual que el nombre de este hostal.
La lleva cogida con fuerza de la mano. Casi la arrastra. La chiquilla lo sigue atemorizada. Veo su rostro. Mis paredes tiemblan igual que sus piernas. No quiere bajar. El miedo la pone rígida.
Están solos ya que es día de entre semana.
Y escucho:
-Abuelo, ¿por qué me hablas con ese tono de voz susurrante? ¿Por qué no subimos a las habitaciones con la abuela? Hace rato que ha vuelto de la playa porque tenía dolor de cabeza. Me gustaría saber cómo se encuentra.
Pero él, hace caso omiso de las palabras de su nieta y solamente le dice:
– Ven, todo el tiempo que estemos de vacaciones, este va a ser nuestro rincón secreto. No lo digas a nadie, no se lo cuentes a la abuela y mucho menos a tu madre, que ya tiene bastante con su divorcio. Por eso os habéis venido a nuestra casa las dos. Nosotros os damos cariño. Yo te llevo al colegio todos los días. Lo sabes y gratis.
La niña lo mira confundida. El desagrado de su cara es su grito de resistencia.
No le sirve. Además, es su abuelo y le tiene que estar agradecida. Eso le ha dicho.
Se paran en el recodo más oscuro de mi rincón. Pero yo los veo.
Observo la fogosidad desenfrenada de ese hombre, el fuego que le quema las entrañas y cómo comienza a besar a su nieta con fruición y desesperación.
-¡Noooo, esos besos, no! ¡No ensucies este rincón!
Grito al aire, pero sé que nadie me escucha. No tengo voz.
En ese ardor incontenido, le va quitando poco a poco la camiseta de tirantes a la chiquilla. La aprieta contra él, a la vez que se baja los pantalones. Le pide que lo bese por todo el cuerpo; que se lo debe por lo que hace por ella y por su madre.
Preciosa está aterrada. Se asfixia, se ahoga, porque le está sujetando la cabeza y le pide caricias donde nunca las ha dado.
De los ojos de la niña brotan aullidos de lágrimas. Tiene ganas de vomitar. Él insiste. Ella intenta mirarle a los ojos, buscando una respuesta. No puede. La fuerza de su abuelo la retiene. La invade el miedo. Vomita.
¡Y yo soy testigo de todo ello!
Después de conseguir su objetivo, el abuelo le recompone la ropa a su nieta y por supuesto, también a sí mismo.
Tienen que subir a la habitación del hotel como si nada hubiera ocurrido. Simplemente vienen de dar un paseo disfrutando del atardecer mágico del lugar. Por eso han tardado un poco. Le justificarán a la abuela…
¡Y yo los sigo viendo, desde mi dolor, el resto de la semana repetir la misma acción!
¡No puedo decirle que no la toque, que es un depravado con su propia nieta!
Estoy mudo y furioso.
Afortunadamente llegará el sábado y por la presencia de más gente, ya no bajarán…
En mi rincón han quedado rastros. Son las únicas pistas de ese crimen abyecto ocurrido entre mis 4 paredes.
Escucho voces en la planta de la entrada.
Ha venido la policía y al abuelo se lo han llevado detenido.
La niña, con la mirada perdida, y la abuela, contemplan el momento.
A la Princesa se le ha roto su abuelo y le ha quedado grabado para el resto de sus días lo que ha sucedido.
Sé que el cerebro de esa chiquilla no olvidará nunca lo que le ha ocurrido.
¿Quién avisó a la policía? No lo sé. Pero ha venido.
Han cancelado este rincón. El que la gente elegía para darse arrumacos y besos de amor mientras escuchaban música.
Estoy cerrado. Ya no seré testigo de más besos.
Y créanme, había contemplado historias de amor maravillosas.
Pero no quiero ser partícipe de besos y tocamientos a niños por personas adultas.
Yo era El rincón de los besos hermosos. Era, sí, lo era. Ya no lo soy.
Ahora me explico por qué ese abuelo eligió este hostal. Ya lo llevaba in mente: fue por su nombre: La Preciosa. Así llamaba a su nieta el sinvergüenza.
Yo aún creo en el amor romántico, porque el amor da sentido a la vida.
GUERRA Y PAZ
Por María Teresa Casanovas
Que de mi vientre no salga
un hijo para la guerra
que sus manos no se manchen
con sangre propia o ajena
que el destello de la paz llegue
a las trescientas sesenta y cinco guerras
Con el corazón cansado
los soldados ya reclaman
la paz desde las trincheras
a casa volverán cantando
el canto de sangre negra
que han tenido que matar
cuando estaban en la guerra
Los civiles atrapados
mastican la sangre negra
olvidados en la Franja
por el hambre y la miseria
No hay palabras de consuelo
cuando la paz tarde llega
cuando acabe la batalla
solo izarán su triunfo
aquellos que se lucraron
sin llevar a sus hijos a la guerra
Que de mi vientre SOLO salgan
HIJOS para la PAZ
que luchen CONTRA la inacción
de los que permiten la guerra
Que de mi vientre no salga
NI UNO,
NI UN SOLO HIJO
que vea
un genocidio en la Tierra.
DESCUIDO MARAVILLOSO
Por Pablo Delgado
CUANDO la presumida Hada Primavera regresó para derramar a manos llenas colorida vida por bosques y parquecillos, dejó escapar, sin querer, un puñadito
de semillas por la corriente de asfalto y hormigón que es la ciudad. «¡Qué final
tan estéril, qué terrible sepultura!», proclamaron las sílfides y ondinas más
puristas. Sin embargo, un grupo de solitarios chopos blancos, que hacían las
veces de guardia en un terraplén colonizado por cascotes, comenzaron a dar
señales a las semillitas desorientadas: «¡Eoo! ¡Eoo!». Y así, aquellas, poco a
poco guiadas por los árboles se recogieron, instalaron y mágicamente brotaron
en aquel desangelado espacio.
Las más tempraneras fueron unos plumerillos rojos, que con sus
oscilaciones adecentaron un poco el lienzo marrón; les siguió la señorial
amapola que se instaló espaciosamente; después, a la vista de la propalación
colorada, sintieron envidia el jaramago y la malva: «¡Vamos!, ¡vamos!, a ver qué
se cree esa flor tan estirada, nosotras también queremos expandir nuestros
colores», y rápidamente amarillos y tonos púrpura se imbricaron por el lienzo.
Pero antes de que todas se acomodaran por completo, de sopetón, apareció
el cardo borriquero dando coces y haciéndose hueco: «¡Hola, hola!, dejadme
espacio», rebuznaba, mientras que el resto le replicaban: «Aparta», «quita tú»,
«no me empujes que me haces daño», «no seas tan burro, con cuidado». En
medio del follón aparecieron unas manzanillas locas atraídas por el entusiasmo
florido, y saludaron girando sus pétalos al ritmo del sol: «¡Yiiii, yiiiii…, qué
divertido!».
Y estando en esas les alcanzó la tarde, y cuando todo parecía calmado y a
punto de acabar, aprovecharon las guapas y estupendas gallocrestas bicolores
para presentarse con suaves y agradables ademanes: «Buenas tardes señoras,
encantadas de conocerlas…, somos sus nuevas vecinas».
Y el sol se durmió detrás del gran friso del horizonte, y con él las flores ante
el arrullo de los chopos enhiestos y la luz de las farolas.
Al día siguiente, los madrugadores vecinos que salían a pasear con sus
perros se toparon con algo maravilloso: el otrora extenso y aburrido terraplén
había cobrado vívida alegría. Los animales olisquearon los nuevos aromas
entusiasmados; y los chiquillos, más tarde, curiosearon tales especies atónitos y
fascinados; hasta los más vejetes comenzaron a pasar las tardes alrededor de
aquella escala de vida, pues experimentaban agradables reviviscencias de
campos que circundaron sus pueblos en el pasado.
Sonriendo ufana el Hada Primavera volvió, realizó una inspección por el
lugar y, antes de marcharse, un ojo nos guiñaría. Mmm… ¿Sería acaso aquel
descuido intencionado?
NOTICIA DEL FUTURO
Por José Mª Marco Pérez
Publicada en el periódico matinal Buyumbura Times, diario independiente más
antiguo de Burundi y líder en número de lectores del continente africano. Dice así:
Recientes investigaciones llevadas a cabo por el profesor Awanba Buluba
Balambambú, prestigioso paleoantropólogo de la universidad de Kampala, revelan
unos descubrimientos de unos restos humanos misteriosos que hacen tambalear los
fundamentos de la arqueología moderna. Se han desarrollado en una región
meridional de lo que anteriormente se llamaba Norteamérica, actualmente
Lessbrainland.
Son numerosos los casos de enterramientos individuales y colectivos hallados en
múltiples lugares en ambientes muy diversos. Los hay en las proximidades del mar,
en las montañas, en lugares sepultados por las aguas o en otros cubiertos por la
vegetación que parecen corresponder a ciudades abandonadas.
Los restos, humanos sin duda alguna, parecen pertenecer a pobladores fallecidos
por inanición. Son de ambos sexos y de edades jóvenes. Las dataciones más
fiables permiten aventurar su fallecimiento alrededor de los primeros treinta o
cuarenta años del siglo XXI. La inmensa mayoría presentan rasgos comunes como
los siguientes:
– La posición de los cuerpos es erecta o sentada, a veces parece que
estuvieran posando.
– Los codos, en todos los casos, están flexionados en un ángulo de 90º, con un
acortamiento de los tendones, lo que les impediría la extensión completa.
– Las manos presentan siempre juntos los dedos del 2º al 5º, encontrándose
los pulgares en oposición a los otros.
– Las segundas falanges de ambos dedos pulgares están muy adelgazadas y
desgastadas por sus extremos, asemejándose a puntas de cualquier
instrumento de escritura.
– El cráneo está inclinado hacia adelante entre 45 y 90 grados respecto a la
vertical, resultando imposible lograr la extensión completa de la cabeza.
– La mandíbula se encuentra abierta en casi todos los casos y, en muchos de
los ejemplares momificados, la parte de la barbilla parece haber sido
macerada, quizás por saliva u otro líquido aún no identificado.
– Las órbitas están deformadas, lo que demuestra que tenían grandes
dificultades para poder ver de lejos. Dicho de otra forma, parecen constituir
grupos uniformados por su miopía.
En cuanto a los objetos suntuarios hallados en las sepulturas, se encuentran
cinturones, mochilas, restos de prendas de vestir, botones, carteras, todo ello sin
poder establecer ningún patrón. Lo que resulta más llamativo es el hallazgo, común
en todos los enterramientos de los especímenes encontrados, de unos objetos
rectangulares intactos, cada uno asociado a un cuerpo, de unos 15 a 20 cm de largo
por 6 a 8 cm de ancho y un espesor de 1cm, con una superficie brillante, que parece
hecha de algún tipo de cristal. La cara opuesta es opaca e incluye unos círculos que
aparentan ser objetivos de cámaras fotográficas o tener alguna función similar.
La hipótesis de los investigadores sobre la muerte de los individuos se centra en
que esos misteriosos aparatos encontrados podrían impedir a los pobres individuos
que pudieran encontrar alimentos al no poder levantar la mirada o, quizás, la
posición del aparato entre las manos les impidiera llevar los alimentos a la boca.
Esa época coincide con el apogeo de lo que, de forma pomposa, se llamó era de la
Inteligencia Artificial, o era post TikTok, contemporánea con el periodo de gobierno
del emperador Pelopanocha que finalizó con el colapso y posterior desaparición del
denominado Imperio Yankee.
DESNUDANDO EL ALMA
Por Tomás Bernal Benito
Amor, sin ti…
Soy esa nube pasajera, etérea, que no va a ninguna parte.
Soy la bruma en altamar, que aparece y desaparece.
Soy un sueño, una quimera que nunca será realidad.
O sea… Nada.
Amor, sin ti…
Soy una tormenta en una tarde calurosa de verano.
Soy un día triste y lluvioso del mes de abril.
Soy un momento que se evapora en el tiempo.
O sea… Nada.
Eso es lo que yo soy, sin ti… Nada
Amor, sin ti…
Estoy, pero sin estar. Soy un suspiro entre el volátil viento.
Soy un momento muerto, soy el eterno nunca más.
Soy ese aroma del ayer, que nunca volveré a oler.
Amor, sin ti…
Soy una lágrima furtiva. Soy aquél recuerdo que se fue.
Soy una batalla perdida, en una guerra fratricida.
Soy el sueño de un mañana, que no amanecerá.
O sea… Nada
Amor, sin ti…
Soy el recuerdo de un pasado, que jamás volverá.
Soy una sombra deambulando errante,
por un callejón en una noche cerrada.
O sea… Nada.
Eso soy sin ti… Nada.
Por eso agradezco tanto, que siempre estés ahí.
Te quiero.
SOBRE EL FILO DE UN MACHETE. LA MUERTE ABANDONADA
Por Victoria Tejel
El genocidio ante el que no reacciona nadie: ni la ONU, ni Amnistía Internacional, ni la Unión Africana, ni el propio Vaticano.
Las guerras son muerte.
Se mire por donde se mire,
nacen de ambición desmedida
construida a golpe de metal destructor.
Metal sin escrúpulo, sin ética, sin sentido,
sin gloria alguna para la eternidad.
¡Qué cielo tan hermoso!
Un dron escupiendo fuego,
un misil inscrito en código postal,
cabezas de regalo en lazos químicos,
bacteriológicos, nucleares, de apocalipsis
como un cuento terrorífico de jinetes bíblicos
campando sobre un planeta de sangre.
Guerras a la occidental llenando
un suelo opaco de argumentos
a favor y en contra de una guerra determinada
como quien vota sobre la mejor torrija en un bar.
Las guerras africanas también justifican,
pero son menos sofisticadas, van de degüello,
van de cortar cabezas con filo de machete
con frase religiosa intolerante en el mango ejecutor.
La ambición de la fe hecha justicia de algún eco infernal.
Pero hay guerras que venden y guerras que no.
No es un secreto. Es la vergüenza occidental hecha silencio,
focalizando la mirada en la guerra que más conviene
o qué más toca la fibra emocional de sus sociedades.
Los niños siempre han vendido bien,
siempre y cuando no sean cristianos.
Si los niños cristianos son quemados vivos por su fe,
la libertad y la dignidad de los niños no cuenta.
Nadie fotografía sus cuerpos calcinados.
Nadie filma su acuchillamiento, ni su sangre,
ni sus vidas terminadas. Todo es silencio.
Un puterío de silencio violentando el alma.
Y una Madona se apiada del hambre de los niños.
Pero los niños cristianos ejecutados en genocidio son otra cosa.
Son la invisibilidad. La indiferencia. El desprecio.
El hambre de hipocresía llenando los estómagos
de un Occidente laicizado en rechazo a sus raíces.
MACARENA
Por Rafael Aibar Ortiz
¡Macarena…Macarena! No sé cómo sería el comienzo de esta historia.
El sostenía como podía, casi sin tocar a Macarena, para evitar que besara el
suelo, lo único que le faltaba por besar esa noche, antes de pararme en una
calle del casco.
– ¿A dónde vamos Macarena? Le preguntó al entrar al taxi.
Hablaba despacio y bajito, tenía pinta de informático, perilla, gafas de pasta
y camisa de cuadros abierta con camiseta debajo. Es el héroe de principios de
siglo XXI.
Macarena llevaba un ciego como pocas veces he visto. Se había quedado sola
en la discoteca y estaba pasando de brazos en brazos hasta que se percató de
la situación el informático, que sería la única persona cuerda que había en la
sala.
No me imagino la escena en la que entra un friki tímido consigue quitarles la
presa fácil a tiburones babosos. El caso es que los tenía en el taxi.
– A Punta Cana, contestó Macarena. Punta Cana en un restaurante de comida
caribeña donde terminan la noche los latinos de la ciudad, almorzando comida
latina como frijoles, arepas y otras cosas. No era sitio para Macarena y menos
para nuestro héroe. Le advertí de esta circunstancia al chico mientras le decía
te quiero…te quiero llevar a casa Macarena. Yo también te quiero gilipollas,
pero llévame a almorzar – espetaba ella.
Mientras intentaba sacarle donde vivía, Take That, una boy band británica de
los 90’; sonaba en la radio, su reacción delató su edad, pasaba los 40. Su
vestimenta juvenil y su maquillaje no conseguían tapar sus incipientes patas
de gallo. Mientras tanto él, tímido y lánguido, pero con una integridad de
hierro no desistía en su empeño de dejarla sana y salva en casa.
Por suerte para el chico, al llegar al sitio estaba cerrado, eran las 6 menos
cuarto y abría a las 6. El restaurante está en la calle Lastanosa, una zona del
barrio de Delicias que se ha convertido en una especie de gueto, donde
prácticamente sólo hay bares latinos y africanos y es muy difícil ver a gente
de otras etnias entrar en esos locales.
Finalmente dejamos a Macarena en su portal, en el tercero que nos dijo, en
una calle nueva que hay al lado de la estación Delicias. La paciencia del chico
tenía un límite, se cansó de aguantar los insultos y envites de Macarena y no
quiso entrar en su vida, sólo la salvó una noche.
ESTUDIAR O NO ESTUDIAR, ¿ESA ES LA CUESTIÓN?
Por Belén Gonzalvo
Hace cien años, el alto número de personas con analfabetismo era una de las señales de la época. No todo el mundo podía asistir al colegio. En la actualidad, las leyes establecen los derechos y las obligaciones con respecto a la educación de los ciudadanos en muchos países del mundo.
Leer, escribir y las cuatro reglas matemáticas principales (sumar, restar, multiplicar y dividir) aportan la base necesaria para desenvolverse en la sociedad. Naturalmente, hacen falta más datos, aunque, dependiendo del lugar donde se habita, tendrán más importancia unos que otros; incluso es posible que con unos pocos sea suficiente.
El rápido acceso a internet y a todo su cúmulo de información de hoy en día favorece, quizás, esa idea de no necesitar un diploma colgado en la pared.
Sin embargo, saber pensar, tomar decisiones y poseer un criterio propio se convierten en algo más importante que la acumulación de contenidos. Y para ello, hay que preparar nuestra mente y nuestro yo.
Estudiar proporciona organización al cerebro y economía a la vida. El primer objetivo se obtiene al aumentar las conexiones neuronales que van a conseguir un mejor funcionamiento. El segundo se refiere a que la información transmitida por expertos/as acorta los plazos de búsqueda, obteniendo un ahorro de tiempo primordial; el mundo avanza rápidamente y no nos podemos quedar atrás.
Otro factor a tener en cuenta es el exceso de manipulación que se está incrementando de forma exponencial fomentado por el uso de redes sociales; se debe evitar su propio objetivo de avasallamiento y de ahí la importancia de un criterio personal.
Siempre he defendido la importancia del vocabulario, puesto que su abundante posesión ayuda a desarrollar el pensamiento; y a llamar a las cosas por su nombre.
Me gustaría plantearles una pregunta, de la que no espero contestación. ¿Han faltado alguna vez a clase? En Aragón, lo llamamos “hacer pirola” (puede venir de pira, palabra de origen caló que significa fuga, huida).
Resulta emocionante comprobar que en otros lugares de España y de América Latina utilizan otras expresiones para denominar dicha situación. “Hacer novillos”, por ejemplo, es una acepción que proviene de cuando los jóvenes querían ser toreros y se escapaban para torear en la dehesa. Podría asimilarse al “hacer toros”, de Soria. Las corridas se llevaban a cabo durante las fiestas, por lo que se podría considerar como “hacer fiesta”. En Castilla, las pellas eran una masa que se preparaba con forma redondeada para jugar a lanzarlas. En Cataluña, el toque de las campanas de las iglesias que marcaban el paso de las horas. En Valencia, la fuchina era un colorante que procedía de plantas y flores, que también era usado para denominar a los novillos. “Hacer pellas”, “hacer campanas” y “hacer fuchina” se añaden a la lista de expresiones junto a latar (Galicia), pirar clase (en el norte), hacerse la piarda (Andalucía), correrse la calle (Cantabria), hacer meta (Extremadura), fumarse una clase (Murcia), hacer borota (Navarra), hacer la rata, la chupina o la pera (Argentina), hacerse la vaca o vaquear (Perú y Guatemala), tirarse la pera (Perú), irse de capiura (El Salvador y Honduras), matar la clase (Colombia), hacer la cimarra (Chile) e irse de jobillos (Puerto Rico), entre otras.
Nos introducimos en el mundo de la literatura y surge otra pregunta: Los escritores, hombre o mujeres, ¿han estudiado? Dejando a un lado a quienes sí han terminado su formación y sin valorar el nivel de la misma, nos encontramos con algunas curiosidades.
Charles Dickens se tuvo que poner a trabajar a los doce años en una fábrica de betún, dejando la escuela hasta que su padre salió de prisión debido a las deudas que acumulaba.
Jack Kerouac dejó la universidad por conflictos con el entrenador (fútbol americano) y una rotura de tibia.
William Faulkner abandonó la escuela a los quince años. A los veintidós dejó la universidad donde se había inscrito como alumno especial. En medio de ambas anécdotas, fue despedido de una oficina postal porque leía mucho.
Octavio Paz también abandonó la universidad.
George Bernard Shaw trotó de escuela en escuela hasta llegar a la Galería Nacional de Dublín.
Ray Bradbury devoró libros en la biblioteca hasta los veintiocho años.
H.G. Wells dejó la escuela para trabajar en diferentes empresas cuando su padre se fracturó el fémur.
Harper Lee repudió la escuela de leyes al final del primer semestre.
Jack London desistió de la escuela a los trece años. Trabajó y leyó a partes iguales, prácticamente.
Marck Twain se vio obligado a renunciar a la escuela también y fue de empleo en empleo. Un trabajo en una imprenta encendió la mecha.
Doris Lessing se marchó a los catorce años del colegio de monjas donde estudiaba. Combinó varias ocupaciones mientras leyó sobre política y sociología.
Roberto Bolaño abandonó la escuela a los dieciséis años para trabajar y leer.
José Saramago nació en una familia sin recursos. Su esfuerzo personal consiguió el éxito.
Jorge Luis Borges tuvo que interrumpir una excelente educación durante el bachillerato.
Hay más ejemplos.
Una tercera cuestión: ¿hay que escribir correctamente? Es decir, sin faltas de ortografía y con una correcta gramática. Nos encontramos con Jack Kerouac de nuevo, que escribía en rollos de papel. De su primera novela eliminaron cuatrocientas páginas; con Juan Ramón Jiménez, que solo utilizaba la “j” y eliminaba las diéresis y las “h”; con Gabriel García Márquez, que equivocaba las “v” y las “b”. Marcel Proust solo usaba comas…
Varios autores, como Jane Austen, Hemingway, Scott Fitzgerald y Thomas Wolfe fueron corregidos enérgicamente por su editor. Este último sufrió la eliminación de miles de páginas de sus manuscritos.
En este artículo no se indican libros para su lectura, pero se invita a una reflexión sobre este tema y, por qué no, a indagar en los textos de los autores/as mencionados.
*NOTA: la mayor parte de la información se ha obtenido de diferentes páginas de internet (Emilio Sánchez, humildelector, culturamas, culturacolectiva, eldebate).
MANANTIAL DE TIEMPO
Por Belén Mateos
Es octubre,
las hojas del libro están abiertas,
sus tapas devoran el éxtasis sembrado
en el trébol.
Las páginas son vientre inmaculado,
manantial de muerte,
estatuas, cuchillos, silencios,
la embestida del nogal
y su inconsciencia.
Es noviembre,
duermen las hojas en su raíz,
respira el viento,
cala la sed en la marea,
en el abrazo de la bruma,
en la quimera de un tiempo
que es perdido.
Es diciembre,
hay un repique en el calvario de agosto,
en la arenisca de una vocal,
en el templo de un cuerpo y su vuelo.
Es enero,
la penumbra es un instante
en la cicatriz del adverbio.
Apenas polvo sobre el silencio,
sobre los ríos,
sobre el tiempo,
ese pentagrama
que anida en el anclaje del aire.
Apenas un bastidor en el cielo,
en los visillos con sabor a muerte,
en la vieja noche que despierta una y otra vez
en mis sueños.
Apenas una gota de rocío
en el cuenco de mis ojos.
EL AMOR ES VOLVER A CASA
Por Blanca Monreal
El amor es volver a casa
no temer en la noche
al relámpago de las palabras.
Descansar en la paz líquida
y transparente, del espacio.
suspendida.
Acallar el alma,
suavizar el pensamiento.
Amor es el encontrarse
para no perderse.
Es el saber de los días,
el esperar confiada.
Buscarse.
No cavar trincheras,
ni levantar cercados.
Abrir ventanas
de todas las estancias,
a la luz blanca
de los amaneceres
traspasados
y a los vendavales y aguaceros
incesantes.
EL EFECTO MARIPOSA
Por Juan Luis Erizo
¿Por qué te empeñas, dime,
con fervor en salvarme?
¿Es posible estar alguien
tan terriblemente desocupado
En este mundo lleno
de viles servidumbres y peores pecados?
Y sin embargo tú
vigilas mis gestos con precaución de águila,
intentando que no haya
en mí más incorrecciones de las necesarias,
que puedan arruinar la modestia que le deben
mis modales al mundo de los hombres.
Vigilas mis manos por si mariposas
fueran a provocar una avalancha
de destrucción masiva en los confines del mundo,
con su nimio aleteo imperceptible,
como si yo no fuera
una parte del mundo y de la especie
que fundó los cimientos de esta vida.
Me vigilas con hambre de hiena, de zorra hambrienta.
Y controlas mi pelo y mi vestido
para que ninguna nota salvaje
de color escape las atrevidas
prisiones de tu gris.
Vigilas mi lengua y lo que acaricia mi lengua.
Vigilas mis labios y lo que me llevo a los labios.
Vigilas mi boca y lo que me meto en la boca.
Vigilas mis uñas, mis tímpanos, mis pestañas.
Vigilas mis dedos y lo que acarician mis dedos.
Vigilas mi cuerpo y lo que rodea mi cuerpo.
Temes que un beso, una caricia,
Un apretón de manos, un abrazo me lleve
por el camino invertido de la perdición,
como si tú pudieras
con la rectitud miserable de tu miserable existencia,
apagar mi música y salvarme de la inarmonía
que solo tú supones que me separa de Dios.
Y yo te miro, hermano, silente y confundido,
Mientras que tú paseas en tu jaula dorada,
como un perro perdido y golpeado,
hambriento de cariño y de ternura
tras los barrotes sin alma de tu masculinidad,
seguro de salvarte, por tu servil complacencia,
mientras que yo me pierdo.
Tú sabes, no me importa
y no te lo he pedido,
que yo estoy muy seguro que pasaré al otro lado,
y al fin en el resort de los placeres celestiales
las llamas eternas devorarán mi alma pecadora.