Por Ana Isabel García Tejero
Me llamo Juan García, igual que mi padre, igual que el padre de mi padre, mi
abuelo, e igual que muchos hombres que no conozco. Juan García es un buen
nombre, tan bueno como cualquier otro, sencillo, rotundo, real como las cosas
verdaderas.
Mi padre es ese hombre fuerte de anchos hombros que lleva una maleta
oscura en la mano derecha. Se ha puesto el traje bueno, el negro, porque hoy
es un día importante. Es el traje de ir a las bodas y a los entierros, el único que
tiene. Dentro de la maleta guarda la ropa corriente y las mudas.
Está serio. Con la frente tensa y las mandíbulas apretadas parece una
estatua de piedra, aunque la barbilla le tiembla un poco. Yo creo que en la
garganta se le ha atravesado un pedrusco que no le deja tragar la pena que le
muerde las entrañas. Camina con paso decidido y dirige la mirada al frente,
pero sin ver.
Se acerca a mí. A escondidas, introduce algo en mi bolsillo. Después me
revuelve el pelo, enseguida se gira, va hacia el abuelo y me quedo solo con mi
perro Rosco. Quería decirle algo, pero se me ha olvidado. Él tampoco me ha
dicho nada. Sólo soy un niño y él va con prisa. Se despide del abuelo Juan con
un abrazo de hombres, sonoro, palmeándose las espaldas el uno al otro, y de
la abuela Miguela con un par de besos rápidos, casi sin atreverse a mirarla a la
cara.
La abuela, de negro como todas las abuelas, tan menuda dentro de sus
faldas de paño recio y su mantón de lana, se queda con ganas de abrazar al
hombretón que es su hijo, pero teme emocionarse y hacer más dura la
despedida. El abuelo la sujeta por los hombros y ella se pega un poquito más a
él, buscando apoyo para no caer. Juntan sus cabezas, unidas en un luto
eterno, él con la boina, ella con la pañoleta anudada bajo el mentón, y, de
repente, me doy cuenta de lo frágiles y pequeños que se han vuelto mis
abuelos al decir adiós.
Mi madre mira a mi padre a lo más profundo de los ojos, un instante, un
para siempre, un algún día. Él pronuncia el nombre de ella, Emilia, con la voz
rota del que lleva mucho tiempo sin hablar y no sabe qué decir porque ya está
todo dicho. Madre baja la vista hacia el bebé que duerme en sus brazos, mi
hermano Miguelín, que no se entera de nada, ni siquiera de lo importante que
debe de ser este día en el que todos nos hemos puesto la ropa de los
domingos.
Y entonces, Juan García, mi padre, da media vuelta y se aleja de
nosotros deprisa, camino del barco amarrado a puerto, un navío imponente que
congela las almas y derrite la expresión de los rostros de quienes quedamos en
tierra, observando, respirando, inmóviles y encogidos, con un agujero negro en
las tripas.
Zarpa el buque con su carga de miedos y esperanzas, ilusiones y
llantos, maletas medio vacías y futuros por llenar. Arcones llenos de recuerdos
abandonados pueblan los silencios de las humildes alcobas que van quedando
atrás.
Un hilo invisible nos une a padre cuando agita su pañuelo entre miles de
pañuelos, blancos como alas de gaviota. El hilo se va tensando más y más,
cada vez un poco más. Los pañuelos se confunden con la espuma de las olas.
Cuando el horizonte termina y las gaviotas se van, el barco se desvanece en
átomos de agua y sal. En ese momento pienso que mi padre ya no puede ver
la costa y lloro su soledad. El hilo se rompe con un gemido inaudible entre el
rugido del mar.
Quietos, en silencio, sin norte ni timón, los abuelos y mi madre siguen
mirando a la nada, allá donde la estela gris de los sueños se diluye en un
laberinto de bruma. Plantado en mitad del muelle, mi cuerpo de chico flaco,
alargado en un proyecto de hombre que todavía no soy, se pierde en el interior
de una chaqueta heredada. En pantalones cortos, las orejas de soplillo más
despegadas que nunca y los hombros hundidos como si me hubiese caído
encima toda el agua del océano, se me transparenta el alma de pura
desolación. Busco el cariño de Rosco sentado a mis pies, pero no me hace
caso, está distraído mirando a alguien que pasa por detrás, y yo me quedo con
los brazos colgando dentro de las mangas.
Disfrazados de domingo de gloria, en procesión de viernes santo
regresamos a la aldea, el montón de casas amarradas al terruño, donde los
jóvenes se hacen viejos de un día para otro, la miseria transmuta en cenizas el
blanco de los ojos y, en los hogares, el frío ahoga las brasas durante
interminables noches de invierno. Al calor del orujo, en esas noches de magia,
parientes y vecinos, arrimados a la lumbre, exaltan sus emociones al invocar el
conjuro de una tierra de promesas, un universo y un siglo que la imaginación
desatada expande hasta el infinito en un río de oro y plata.
Hacia allá marchó Juan García, huyendo de las tinieblas y el frío, en
busca de un paraíso en el sol.
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Llegó el tiempo de las palabras escritas. Con las manos temblorosas por
la emoción, mi madre rasgaba los sobres repletos de esperanza que mes a
mes cruzaban el océano para traernos noticias. Leía yo las cartas en voz alta;
la abuela Miguela contenía la respiración y se cubría la boca con las manos,
entrelazados los dedos; el abuelo Juan, con los ojos lacrimosos, acercaba la
boina al pecho como intentando aplacar el latido destartalado de su corazón;
Miguelín nos miraba con ojos como canicas; y a todos se nos inundaba la
cabeza con un aguacero de proyectos de futuro, negocios prometedores,
trabajos más que probables, influencias, amistades, reencuentros en un
momento mejor, vaivenes de la fortuna, una señora algo esquiva que siempre
andaba agazapada a la vuelta de la esquina.
Tanta agua fría cayó que el océano se hizo más ancho y las misivas
tardaban hasta años en llegar. Los renglones que antes fueron hormigueros de
letras apretujadas, clareaban sobre el papel entre palabras dispersas que poco
significaban y amplios espacios desnudos que callaban mucho más. Se
perpetuó el reencuentro en un mañana improbable, las excusas eludieron las
promesas, los propósitos extraviaron su valor, la plata se convirtió en latón y el
tránsito de cartas vacías en algún momento cesó.
Una noche, el abuelo y la abuela abandonaron el mundo tal como
habían vivido, cogidos de la mano y sin ruido, quizá en busca del hijo perdido
en la lejanía. En la casa nunca más se pronunció el nombre de Juan García, mi
madre se hizo silencio e, incluso, mi nombre olvidó. En ocasiones, la buena
mujer retornaba por un rato de sus tinieblas y me pedía que le leyera las cartas,
por orden, de la primera a la última. Escuchaba atenta, creía encontrar indicios
de lo que pudo pasar y terminaba llorando, clamando a gritos por las cartas que
faltaban. Pobre madre, cómo hacerle entender que aquellas páginas jamás
llegaron a su destino porque nunca fueron escritas o, si lo fueron, naufragaron
antes de embarcar.
Fragmento del relato Homenaje a Juan García, del libro Una maleta a
medio llenar, 2024.
