
Gioconda Belli es una escritora y poeta nicaragüense que ha dejado una huella imborrable en la literatura latinoamericana. Pero su legado no se limita a su obra literaria, sino que también destaca por su militancia política en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Comenzó a publicar poemas en 1970 en el suplemento del diario La Prensa de Managua. Miembro del Frente de Liberación Sandinista, se exilió por motivos políticos, volviendo a su país estando en la actividad política durante un tiempo. Reinició su trabajo poético en 1982, publicando su primera novela, La mujer habitada, en 1988, con gran éxito de crítica y público.
Su trabajo literario se encuentra entre la poesía y la narrativa. En cuanto a su poesía, tiene un especial estilo difícilmente encuadrable en los habituales. Su obra en general, busca la identidad femenina, tratando de ser la voz de la mujer revolucionaria nicaragüense, y en ella además de retazos autobiográficos y eróticos, muestra sus preocupaciones políticas y sociales.
De entre sus novelas habría que destacar títulos como La mujer habitada, Sofía de los presagios, El pergamino de la seducción o El país de las mujeres.
Su obra está traducida a varios idiomas, con grandes éxitos de venta. Ha cosechado numerosos premios, como el Casa de las Américas de Poesía, el Anna Seghers, el Biblioteca Breve de Novela o el Rubén Darío, y El premio Reina Sofia de Poesía Iberoamericana 2023, entre otros. Es, además, miembro del PEN Club International y la Academia Nicaragüense de la Lengua.
LA PIEL NUEVA
¿Qué hacer cuando la vida piensa que te ha atrapado, aplastado, revolcado?
¿Qué hacer cuando te han despojado, te han dejado sin nada? Allá tu casa, tu desayuno con volcanes. Te quitaron los lagos, las buganvilias, una familia de escaladores del poder que pasó sin asco sobre cientos de cuerpos tirados, jóvenes, viejos, tirados, apuntados por francotiradores, asesinos desalmados de nombres que olvidaron, prohibido mencionarlos. No existen, no existen. Aquel país de pronto se ha quedado sordo y mudo. Te han borrado. Ya no existís, de un plumazo se llevaron tu ciudadanía, el rastro de lo que fuiste, la partida de nacimiento vacía, no hay récord, Gioconda, no hay récord, se deshicieron de tu nombre. Les estorbaba. Saliste con dos maletas para volver y ya no pudiste. Te quedaste para no caer presa, que no te vistieran con traje azul de presidiaria y te encerraran como a los que un día pusieron en un avión y abandonaron a su suerte sin un peso, sin bienes, sin pensión de jubilación. Una mano adelante y otra atrás, una mano adelante y otra atrás.
Ah no, pero tenías los pulmones llenos de aire, aire del trópico, de tus tardes mirando el paisaje, de tus años de amar y dibujar un país donde alcanzaran todos, un país con una sonrisa de volcán a volcán; estabas llena de palmeras, y robles, y ceibos enormes, todavía cargada de semillas y terquedad, siempre fuiste terca como una mula. Cállate, Gioconda, cállate te decían los tantos que se callaron, los que el miedo calló, los que temen hablarte por teléfono y te tratan como si estuvieras enferma y fueras contagiosa porque el miedo se les comió la lengua, les puso el corazón en el congelador. Hay que comprenderlos, pero te preguntas como es posible que acepten, que doblen la rodilla, que escondan quienes son. Pero es duro el exilio, hay que admitirlo. De pronto te ves despojada, desnuda, como recién nacida en otra vida, una recién nacida ya con arrugas, ya con la vida casi cumplida buscando casa, comprando cama, habitando barrios que no conocías, calles cuyos nombres vas aprendiendo a conocer poco a poco, Cava Alta, Cava Baja, Alcalá, Felipe IV, el bus número tres te deja en el Círculo de Bellas Artes y de allí caminando bajas por Alcalá por el Paseo del Prado, te topás con Neptuno en su fuente, su efigie sobre el agua con el tridente y los parques y la avenida de grandes árboles y te vas caminando a la Real Academia Española donde en nombre del lenguaje, en desafío a la desaparición de tu academia que decretaron los tiranos de allá, los académicos de aquí, solemnes pero cercanos te han amparado, te dan ganas de llorar cuando llegas y te acogen y te sonríen; Madrid se ha convertido en tu sonrisa mañanera, en la ciudad donde te entienden, donde tu idioma es el idioma de todos y el río donde no tenés miedo de ahogarte, sílabas, palabras que sabes, aquí podes ser la misma que eras, te reconocen, te amparan, tenés hermana y sobrinas y amigos del oficio, y buses cuyas rutas conocés, nunca pensaste verdad Gioconda, cuando eras adolescente en Santa Isabel, en el internado lúgubre pero nutricio, que aquí darían tus huesos. Pensás en el destino, en el sino que te hace despertar en anchas avenidas arboladas, con la mirada anegada de calles hermosas y parques y la belleza de una antigua historia, la madre patria, la ciudad y los que llegaron siglos atrás en carabelas y con arcabuces a instalarse en tu tierra, ahora recibiéndote cuando te expulsan, dándote ciudadanía, los derechos perdidos, las vueltas que da la vida como volver en un largo viaje circular al principio y aquí estás, despojada pero abrazada, limpia tu frente, agradecido tu corazón, volviendo a empezar, como en un juego donde te trasplantan ya casi llegando al fin del tablero, a la cuadrícula de salida de la juventud, de nuevo a la ruta del aprendizaje, de la invención del ser y aquí estás esta mañana primaveral con tus palabras diciendo que sí, que no hay huracán que te arranque lo que has sido, que alzarás las velas de navío de tu cuerpo y te lanzarás de nuevo al mar no importa si el agua te da en el rostro, no importa si pasarás frío o calor, si se te caerán las hojas en invierno porque estás plantada como especie sin peligro de extinción, enraizándote de nuevo para seguir, seguir, seguir y seguir creyendo y siendo quien sos sin arredrarte, sin rendirte, recta la espalda; venga la vida que empieza, que venga y me encuentre plantada, reverdeciendo.
POEMAS
Abandonados
Tocamos la noche con las manos
escurriéndonos la oscuridad entre los dedos,
sobándola como la piel de una oveja negra.
Nos hemos abandonado al desamor,
al desgano de vivir colectando horas en el vacío,
en los días que se dejan pasar y se vuelven a repetir,
intrascendentes,
sin huellas, ni sol, ni explosiones radiantes de claridad.
Nos hemos abandonado dolorosamente a la soledad,
sintiendo la necesidad del amor por debajo de las uñas,
el hueco de un sacabocados en el pecho,
el recuerdo y el ruido como dentro de un caracol
que ha vivido ya demasiado en una pecera de ciudad
y apenas si lleva el eco del mar en su laberinto de concha.
¿Cómo volver a recapturar el tiempo?
¿Interponerle el cuerpo fuerte del deseo y la angustia,
hacerlo retroceder acobardado
por nuestra inquebrantable decisión?
Pero… quién sabe si podremos recapturar el momento
que perdimos.
Nadie puede predecir el pasado
cuando ya quizás no somos los mismos,
cuando ya quizás hemos olvidado
el nombre de la calle
donde
alguna vez
pudimos
encontrarnos.
Claro que no somos una pompa fúnebre
Claro que no somos una pompa fúnebre,
a pesar de todas las lágrimas tragadas
estamos con la alegría de construir lo nuevo
y gozamos del día, de la noche
y hasta del cansancio
y recogemos risa en el viento alto.
Usamos el derecho a la alegría,
a encontrar el amor
en la tierra lejana
y sentirnos dichosos
por haber hallado compañero
y compartir el pan, el dolor y la cama.
Aunque nacimos para ser felices
nos vemos rodeado de tristeza y vainas,
de muertes y escondites forzados.
Huyendo como prófugos
vemos como nos nacen arrugas en la frente
y nos volvemos serios,
pero siempre por siempre
nos persigue la risa
amarrada también a los talones
y sabemos tirarnos una buena carcajada
y ser felices en la noche más honda y más cerrada
porque estamos construidos de una gran esperanza,
de un gran optimismo que nos lleva alcanzados
y andamos la victoria colgándonos del cuello,
sonando su cencerro cada vez más sonoro
y sabemos que nada puede pasar que nos detenga
porque somos semillas
y habitación de una sonrisa íntima
que explotará
ya pronto
en las caras
de todos.
