Por Mar Blanco Larrosa
“Creo que ese es uno de los momentos más felices para un novelista, cuando descubre que tiene una idea que sabe que será una novela.”

Hay autores que escriben sobre el pasado y otros que, como Luis Zueco, parecen haberlo habitado. El escritor aragonés se ha consolidado como una de las voces más sólidas y exitosas de la narrativa histórica contemporánea.
Cicerón definió la historia como “testigo de los tiempos y vida de la memoria”. En esa premisa se condensa su labor: no solo estudia el pasado, sino que lo rescata con pulso de novelista, transformándolo en una aventura que late con premura de presente.
Zueco entiende que el patrimonio aragonés no es un museo de piedra, sino un organismo vivo que custodia secretos universales. Desde la silueta de los castillos hasta sus calles mudéjares, convierte su geografía en un escenario donde historia e identidad se entrelazan. Hoy, en las páginas de la Revista Imán, nos adentramos en su taller creativo para descubrir cómo se construye una senda, entre el rigor del historiador y la intuición del narrador, que devuelve la voz a existencias y espacios que parecían condenados al silencio.
M. Luis, eres historiador y experto en castillos. ¿Cómo influye esa visión en la estructura de tus novelas?
L. Supongo que influye más de lo que parece. Como historiador —y como alguien que ha pasado media vida leyendo muros, torres y ruinas— tiendo a pensar las novelas como construcciones, no solo como relatos. Los cimientos son el contexto histórico. Antes de escribir una sola escena necesito saber qué sostiene el mundo: mentalidades, ambiciones, miedos, poderes reales y ocultos. Si eso está bien asentado, la historia aguanta incluso cuando la sacudes.
La estructura suele ser concéntrica, como una fortaleza: capas que se van cerrando. Empiezo por lo visible —el conflicto aparente— y poco a poco el lector entra en patios interiores más íntimos, donde están los secretos verdaderos.
Los personajes son estancias. Algunos están a plena luz; otros permanecen cerrados durante capítulos enteros. Me gusta que el lector no acceda a todo de inmediato, igual que no entras en la torre del homenaje el primer día.
Y, muy importante, los silencios. En los castillos, lo que no está dicho —una puerta tapiada, una escalera que no lleva a ningún sitio— suele ser tan elocuente como lo visible. En mis novelas pasa lo mismo: lo que se calla, lo que se intuye, lo que queda fuera de plano.
Me interesa cómo resisten los personajes, cómo se defienden, qué muros levantan… y qué ocurre cuando esos muros empiezan a resquebrajarse.
Al final, escribo como miro un castillo: preguntándome quién lo construyó, contra qué tenía miedo… y qué precio pagó por sentirse a salvo.
M. En la novela histórica, el equilibrio entre el dato y la ficción es sagrado. ¿Cómo decides cuándo debe ceder la historia oficial ante la necesidad narrativa? ¿Es la novela histórica, en el fondo, un acto de salvaguarda de nuestra memoria bibliográfica?
L. Es sagrado, sí… pero no es rígido. Yo lo entiendo más como un equilibrio vivo, no como una balanza inmóvil.
Para mí, la historia oficial marca límites. Es el perímetro del castillo. Dentro de ese recinto, la novela puede moverse con libertad; fuera, ya no estamos escribiendo novela histórica, sino otra cosa. La clave está en saber qué muros no se pueden tocar y cuáles son simples añadidos posteriores.
La historia está llena de huecos, de cartas perdidas, de motivaciones que nadie anotó. La novela imagina dentro de esas sombras. Y a veces un diálogo inventado explica mejor una época que una página de archivo. Si ese diálogo no contradice lo que sabemos, sino que lo hace comprensible.
En ese sentido, sí: creo que la novela histórica es un acto de salvaguarda, pero no de la memoria “bibliográfica” en el sentido académico, sino de algo más frágil y más humano:
la memoria vivida. La novela muestra los sentimientos de las gentes de otra época. Y eso importa mucho más de lo que parece, porque las sociedades no se recuerdan solo por datos, sino por relatos. Cuando una época deja de contarse, deja de entenderse; y cuando deja de entenderse, se vuelve fácil deformarla o usarla como arma.
Por eso el novelista histórico tiene una responsabilidad extraña: no la de enseñar historia, sino la de impedir que se vuelva ajena.
Si al cerrar el libro el lector siente que ese pasado ya no es un decorado, sino un lugar conocido, un lugar del que procede —con sus miedos, sus contradicciones, sus zonas oscuras—, entonces la ficción ha logrado mantener viva a la historia.
M. Con frecuencia tus tramas suelen girar en torno a un hito (un libro, un tablero de ajedrez, un monasterio). ¿Qué llega primero: el objeto histórico o la trama humana que lo rodea?
L. Más que el objeto, lo que interesa es la idea que concentra. Yo parto de una idea, o una pregunta. ¿Por qué en un juego medieval, la figura más poderosa es una mujer? ¿Cómo funcionaba realmente un monasterio medieval? ¿Cuándo han sido los libros más importantes en la historia? Y a partir de ahí desarrollo una novela. Nunca decidió una época o un personaje, es la idea la que manda y me dice en qué época puedo moverme sin forzar nada. Fija también el espacio: un monasterio impone reglas, silencios, jerarquías; un tablero de ajedrez convierte cualquier sala en un campo de batalla simbólico. Y, sobre todo, fija el conflicto. Alguien encargó ese libro, alguien lo custodió, alguien lo temió, alguien quiso destruirlo. Entonces aparece la trama humana, casi inevitablemente. Los personajes no “rodean” al objeto: quedan atrapados en su órbita. El objeto actúa como un imán moral.
Dicho esto, hay un punto —muy temprano— en el que el proceso se invierte. En cuanto el primer personaje cobra voz, el objeto deja de ser el centro y pasa a ser el catalizador. Por ejemplo, muy última novela se centra en el libro de los Caprichos; ese es el objeto. Pero Francisco de Goya es el personaje.
Así que la respuesta corta sería: primero llega el objeto, pero solo sobrevive si despierta una herida humana. Si no hay alguien dispuesto a perderlo todo por ese libro, ese tablero o ese monasterio, entonces no es un hito narrativo.
M. Cuéntanos como es esa evolución desde tus primeras novelas hasta convertirte en un superventas…
L. Ha sido lento, la evolución no fue subir una escalera… fue más bien una dura escalada por una pared vertical, en la que también ha habido varios saltos.
Mi primera novela es de 2011 y hasta mi cuarta novela publicada, El Castillo en 2015, no empiezo a destacar. En esas primeras obras estoy experimentando, son muy distintas unas de otras. Fueron necesarias para encontrarme a mí mismo y para encontrar a mis lectores. Aprendí la importancia del ritmo, a confiar en la inteligencia del lector, a ser más ambicioso. El suspense, la estructura clara, los giros… no son trucos, son herramientas narrativas tan antiguas como Homero. Cuando las integras sin traicionar tu voz, el libro se abre a más gente sin perder profundidad.
Hasta 2020 hubo tres novelas más y entonces publicó en plena pandemia El Mercader de libros y eso fue un segundo salto. Creo que fue una consecuencia de varios aspectos alineándose: constancia, una voz reconocible, lectores que recomiendan de boca en boca…
Sin dejar de avanzar en cada novela, luego hay otro salto relevante en 2023 con El tablero de la reina y en 2026 con El juicio, que ha supuesto un gran hito para mí porque es una idea que llevaba muchos años trabajando y que siempre estuve convencido de que cuando se publicará podría gustar mucho.
M. Se dice que estamos viviendo una edad de oro de la novela histórica en España. ¿Crees que este auge responde a una necesidad del lector actual de buscar respuestas en el pasado ante la incertidumbre del presente?
L. En épocas de incertidumbre, el ser humano siempre mira atrás. No por nostalgia ingenua, sino por necesidad de orientación. El pasado no nos dice qué va a pasar, pero sí qué ya ha sucedido cuando el mundo parecía romperse… y cómo se sobrevivió a ello. Y esto es muy importante.
La novela histórica vive un auge porque ofrece algo que hoy escasea: profundidad temporal. Frente a un presente acelerado, fragmentario y saturado de ruido, estas novelas proponen otra velocidad, otro marco. Le recuerdan al lector que el miedo, la violencia, la desigualdad, la pérdida de certezas… no son anomalías de nuestro tiempo, sino constantes humanas.
La guerra, sí la guerra; es desgraciadamente nuestro estado habitual. Nunca hemos tenido un periodo de paz tan grande en nuestro país como el actual. Hay que saberlo, para valorarlo y defenderlo. La paz es un logro, uno de los mayores que existe. Ha sido extremadamente difícil de conseguir, no lo olvidemos.
En España, además, hay un factor añadido:
tenemos un pasado densísimo y mal digerido. Durante mucho tiempo nuestra historia se contó de forma parcial, ideológica o directamente silenciada. La novela histórica —cuando está bien hecha— ha servido para reabrir preguntas sin el tono dogmático del ensayo ni la rigidez del manual. Permite acercarse a zonas incómodas sin exigir adhesión, solo empatía.
El lector actual quiere entender de dónde vienen ciertas fracturas, ciertos miedos colectivos, ciertas obsesiones. Y la ficción histórica tiene una ventaja enorme: puede explicar sin pontificar, emocionar sin simplificar.
Además, hay algo muy humano en este regreso al pasado:
cuando el futuro se vuelve borroso, necesitamos raíces narrativas. Historias que nos digan: otros estuvieron aquí antes, con menos herramientas, con más sombras… y aun así siguieron adelante. La historia da esperanza y esto es algo que se dice poco.
Eso no convierte a la novela histórica en un refugio escapista. Al contrario: es un género profundamente político en el sentido noble del término, porque nos obliga a preguntarnos qué hemos heredado y qué estamos repitiendo.
Así que sí, estamos viviendo una edad de oro. Pero no porque el pasado sea más atractivo que antes, sino porque el presente ha dejado de ofrecernos certezas, y la literatura —como siempre— acude al rescate.
M. Como autor aragonés, ¿qué peso tiene el patrimonio de nuestra tierra en tu imaginario? ¿Sientes que Aragón es todavía una cantera de historias por explotar para la literatura nacional?
L. Mis amigos de fuera de Aragón dicen que mucho, mi editora sabe que pase lo que pase y se ambiente donde se ambiente en mis novelas siempre aparecerá Zaragoza.
Aragón es una tierra acostumbrada a vivir entre fronteras —geográficas, políticas, ideológicas— y eso marca. Aquí la épica nunca fue del todo triunfal, y la derrota nunca fue del todo silenciosa. Hay una conciencia muy arraigada de lo que se perdió, de lo que resistió y de lo que se transformó.
Nuestro patrimonio —castillos, monasterios, ciudades que fueron capitales y luego quedaron al margen— enseña algo fundamental para un narrador: la historia no siempre avanza en línea recta ni premia a los que más gritan. A veces simplemente se desplaza.
¿Es Aragón una cantera de historias? Sin duda. Y diría más: es una cantera todavía poco explotada en profundidad. Aragón es un cruce de culturas, de leyes singulares, de pactos incómodos y equilibrios frágiles. El Reino, la Corona, el mudéjar, los caminos comerciales, las tensiones internas, Goya, Buñuel…todo eso da para mucho más que un decorado medieval.
La literatura vive de conflictos humanos complejos, y ahí Aragón es riquísimo. Nuestra tierra no solo tiene historias por contar, sino historias que el lector actual necesita escuchar.
M. La revista Imánes, también, un espacio de reflexión literaria. ¿Cómo resumirías el panorama literario actual, en España, goza de buena salud? ¿Cuáles serían tus pautas y criterios a la hora de enfrentarse a la página en blanco?
L. Diría que el panorama literario español goza de buena salud, aunque es una salud inquieta, incluso contradictoria. Hay una producción enorme, voces muy distintas y un lector muy diverso. Nunca se ha publicado tanto ni con tanta libertad formal. Eso es una buena noticia.
La otra cara es el ruido. Vivimos un momento en el que cuesta distinguir lo que perdura de lo que simplemente circula rápido. El mercado es veloz, a veces impaciente, y eso puede generar la falsa sensación de que todo es efímero. Pero, si uno rasca un poco, encuentra novelas muy sólidas, autores jóvenes con una ambición real y una tradición literaria que sigue dialogando consigo misma.
No pienso que escaseen lectores; pero sí creo que faltan dos cosas: la atención de los medios de comunicación masivos y de las instituciones; y espacios y tiempo de atención. Y ahí la literatura, paradójicamente, sigue resistiendo. El libro aún exige tiempo, silencio y compromiso. Eso lo convierte en un objeto casi subversivo hoy en día.
En resumen: sí, la literatura española está viva. No perfecta, no cómoda, pero viva. Y mientras haya escritores dispuestos a enfrentarse a la página en blanco con más dudas que certezas —y lectores dispuestos a acompañarlos—, esa salud, con todas sus grietas, seguirá sosteniéndose.
En cuanto a mis pautas frente a la página en blanco, son sencillas, aunque no siempre fáciles de cumplir. Nunca empiezo por la historia, sino por la pregunta. Si no hay una pregunta que me incomode, la página se nota muerta desde el principio. La siguiente es aceptar la reescritura como parte del oficio. La primera versión nunca es una novela; es el material con el que se construye.
Además, yo estructuro y guionizo la novela antes de empezar, así que en realidad no sufro ante la página en blanco y soy consciente de que la corregiré mil veces. Así que lo importante es escribir y que la historia avance, ya habrá tiempo de releer y corregir.
Yo corrijo y reescribo hasta tal punto que de convierte en una tarea tediosa, casi en una batalla.
M. Si pudieras viajar en el tiempo para presenciar un solo evento histórico de los que has descrito en tus libros, pero solo como observador silencioso, ¿Cuál elegirías y por qué?
L. Si tengo que concretar, sería una escena que he rozado varias veces en mis libros: una noche cualquiera, cuando el mundo exterior parece lejano, y un escribano duda antes de copiar un párrafo incómodo. No sabemos su nombre. No sabremos nunca qué pensó exactamente. Pero de esa duda depende lo que siglos después creemos saber.
Porque los grandes eventos los conocemos —más o menos—. Lo que no conocemos es el temblor humano que los precede: el miedo, la prudencia, la obediencia o el pequeño acto de rebeldía que cambia una línea… y con ella el relato entero.
Como observador silencioso no querría ver cómo cae una ciudad, sino cómo alguien decide mirar hacia otro lado y no lo impide. No querría asistir al estallido, sino al momento previo en que todavía era posible hacer otra cosa.
Ahí está, para mí, el verdadero corazón de la historia:
no en lo que ocurrió, sino en lo que estuvo a punto de ocurrir y no ocurrió nunca.
Y eso, precisamente, es lo que la novela intenta escuchar.
M. ¿Qué puede esperar quien sigue la trayectoria de Luis Zueco en sus próximos proyectos?
L- La realidad es que tengo muchos proyectos ya empezados, lo que siempre ando escaso es de tiempo para todos ellos, así que algunos se aplazarán o incluso quizá nunca se terminen.
Son proyectos diversos, algunas arriesgados, otros muy consecuentes con mi trayectoria hasta ahora. La realidad es que ni yo mismo sé cuáles de ellos serán la próxima novela.
Lo sé en un momento dado, en que lo ve claro. Es como una noche estrellada donde no distingues las costelaciones y de pronto encuentras una y ya no puedes quitar la vista de ella, por muchas otras estrellas brillantes que haya a su alrededor.
Creo que ese es uno de los momentos más felices para un novelista, cuando descubre que tiene una idea que sabe que será una novela. Ese inicio, ese primer momento, es como un Big-bang que va a crear un universo nuevo. Maravilloso e irrepetible.
Al terminar nuestra charla, resuena una idea que define no solo su método, sino su compromiso con el lector: Conocer el pasado es la única manera de imaginar el futuro. Luis Zueco se despide recordándonos que los muros que hoy admiramos y los libros que hoy sostenemos son, en realidad, los cimientos de lo que está por venir. Mientras sigan existiendo narradores capaces de escuchar el latido de la piedra, la memoria seguirá siendo, como quería Cicerón, una maestra siempre viva.
