Por Sagrario Ramírez
Marisa no puede dormir, aunque haya cumplido con su ritual de cada
noche: aseo, taza de valeriana y ratito de lectura, pero el sueño se empeña en
abandonarla en un andén de inquietud. El lavado riguroso por partes, de arriba
a abajo, con énfasis en las zonas pudendas; el recordatorio de los consejos
maternos desde que se hizo señorita: “¡Nunca te acuestes sin limpiarte la cara,
los bajos y los pies!”, aunque durmiera sola desde hacía más de veinte años.
Abluciones en el aseíllo que apañó junto al fregadero de la cocina, único grifo
de la casa, con su palangana y su bidet portátil. El cuchitril en la corrala de
Concepción Jerónima de cuarto y cocina no da para más.
Ya sabía ella que los nuevos vecinos que iban comprando en la casa
vetusta, cambiaban habitáculos estrechos por apartamentos dignos de salir en
revistas de decoración. Marisa bastante tiene con seguir en su madriguera
hasta que un fondo buitre canalla la eche a la calle, a sus años y con una
pensión de reír, por no llorar.
No podía dormir de los nervios que la tenían en vilo, con un cosquilleo
de tripas que no sentía desde que en otra vida su novio “la” pidió matrimonio.
Qué pedazo de hombre tan majo entonces y en qué pedazo de bestia se
convirtió después del casorio. Por suerte la cirrosis se lo llevó pronto. Que en
gloria esté, que para mí que no estará por habernos hecho tan desgraciados a
mí y al hijo, del que por cierto no sé nada desde que marchó a Alemania a
buscarse la vida, que en este país de mierda sólo se rescata a los bancos y no
a los de abajo. Tiene que estar en la estación antes de las ocho, ya se lo
advirtió la chica de Servicios Sociales que el autobús no espera a nadie y que
bastante hizo ella para buscarle sitio en el viaje ¡Qué ilusión! Salir de España.
Ella que sólo ha podido viajar gracias a los libros, que en la biblioteca del barrio
ya la conocen como si fuera de la familia.
El viaje baratito con la Asociación de Mayores, una paliza de carretera,
pero todo sea por ver en persona Pisa, Florencia y Roma; en pleno ferragosto,
pero es su gran viaje. El cuarto es un horno en la madrugada. Ni el camión
bomba municipal con su riego nocturno ha refrescado el ambiente. No debería,
pero ha dejado la puerta que da al patio corredor entornada con la
cadenilla puesta, para inventarse un poco de aire corriente hasta el ventanuco
de la cocina. El sueño parece que al fin llega… Cuando un remeneo suavísimo
en el hombro la despeja de golpe. Hay un hombre sentado en la orilla de la
cama. El grito se le queda atravesado en la garganta. El pavor paraliza.
“¡Tranquila, mujer, que soy buena gente!” ¡Claro! La puerta entornada y este tío
ahora me raja el cuello o algo peor. “¡Tranquila, que yo la respeto a usted como
si fuera mi misma madre!” Ojos desorbitados, grito atascado. “Si es que como
vi la puerta abierta, pensé que no había nadie, que habrían salido y sólo quería
echar un vistazo por si encontraba algo para remediarme”.
Parece joven todavía, no tendrá más de cuarenta años, pero se le
escucha voz castigada. La boca desdentada apesta, la ropa también, todo en él
transpira noches y días vagando sin techo y sin futuro. Marisa respira hondo y
se encomienda a la sangre fría que tanto ayudó a soportar los arrebatos de su
maldito difunto. “Pero, hijo, cómo asustas así a una pobre vieja. Y ya ves en
dónde te has metido, que soy pobre como las ratas…”
Cosa increíble, surge una charla tranquila en la que salen a relucir trapos
sucios y tristes de una vida de perdedor. Uno de tantos que se enganchan al
peor caballo, que abrasan familia, amigos, trabajo y lugar en el mundo. Que se
metió al portal por buscar cobijo y que, por favor, ayúdeme con algo.
La escasa luz que se filtra desde el corredor y no ayuda a mirarse a los ojos a
estos dos solitarios. Marisa enciende la lamparita con tulipa de crochet, que
hiciera en el taller de manualidades del Centro de Mayores. “Mira, hijo, te
puedo dar esto que me había preparado para el almuerzo”. Sin salir de la
cama, acerca el bolso de skay desde la mesilla y saca el bocadillo envuelto en
papel de plata, la manzana y el botellín de agua preparados para el viaje, tan
previsora ella.
“Y algún dinerillo ¿no tendría para darme? Que ya se sabe lo triste que
es pedir, pero peor es robar y entre pobres mejor nos ayudamos ¿No cree
usted?”. Al menos tiene buenos modales. Busca en el monedero la calderilla de
los cambios, se los da de corazón. “Hijo, esto es lo que hay. Si quieres te
puedo dar más agua que sale fresca”. El tipo acepta la ayuda y con gesto
versallesco se despide con un beso en la mano arrugada. “¡Cuídese, usted,
abuela! Gracias de corazón y cierre bien la puerta que le puede entrar algún
desaprensivo, que hay mucha gente chunga por ahí”.
Nunca contará lo ocurrido, no la creerían. En el falso fondo del bolso,
está el sobre con todo el dinero ahorrado para viaje. Suerte que el pobre
desgraciado no se lo quitó a la fuerza. En el fondo resultó un tipo con
principios.
