Por Gloria Mateo Grima
Sí, soy yo el que os habla. Ese que es testigo de momentos de magia, de dulzura y de pasión. Y me llaman, El rincón de los besos. ¡Orgulloso de serlo!
Estoy situado en el sótano del hostal La Preciosa, en un lugar de playa, que adquiere más vida los fines de semana.
Hasta esos momentos me alumbra la tenue luz de un ventanuco y una bombilla que hace guiños continuamente.
¡Juro que no he hecho nada para que ocurra así!
Cuando la música y más luces se adueñen de mí dando cobijo a parejas que quieren tomar un refresco y tener un sitio íntimo y romántico antes de subir a dormir el sábado y el domingo, soy El rincón de los besos.
Quizá en eso radique mi encanto. Pasan por aquí muchos enamorados.
Pero llevo unos días en este verano en los que soy testigo de unos besos que no podré olvidar. ¡No me gustan! ¡Duelen! ¡Arañan mis paredes!
Observo al atardecer, cuando la gente vuelve del día de sol y mar, que bajan hacia mí, por las escaleras, un abuelo y su nieta de 6 años. A la niña la llama, Preciosa, igual que el nombre de este hostal.
La lleva cogida con fuerza de la mano. Casi la arrastra. La chiquilla lo sigue atemorizada. Veo su rostro. Mis paredes tiemblan igual que sus piernas. No quiere bajar. El miedo la pone rígida.
Están solos ya que es día de entre semana.
Y escucho:
-Abuelo, ¿por qué me hablas con ese tono de voz susurrante? ¿Por qué no subimos a las habitaciones con la abuela? Hace rato que ha vuelto de la playa porque tenía dolor de cabeza. Me gustaría saber cómo se encuentra.
Pero él, hace caso omiso de las palabras de su nieta y solamente le dice:
– Ven, todo el tiempo que estemos de vacaciones, este va a ser nuestro rincón secreto. No lo digas a nadie, no se lo cuentes a la abuela y mucho menos a tu madre, que ya tiene bastante con su divorcio. Por eso os habéis venido a nuestra casa las dos. Nosotros os damos cariño. Yo te llevo al colegio todos los días. Lo sabes y gratis.
La niña lo mira confundida. El desagrado de su cara es su grito de resistencia.
No le sirve. Además, es su abuelo y le tiene que estar agradecida. Eso le ha dicho.
Se paran en el recodo más oscuro de mi rincón. Pero yo los veo.
Observo la fogosidad desenfrenada de ese hombre, el fuego que le quema las entrañas y cómo comienza a besar a su nieta con fruición y desesperación.
-¡Noooo, esos besos, no! ¡No ensucies este rincón!
Grito al aire, pero sé que nadie me escucha. No tengo voz.
En ese ardor incontenido, le va quitando poco a poco la camiseta de tirantes a la chiquilla. La aprieta contra él, a la vez que se baja los pantalones. Le pide que lo bese por todo el cuerpo; que se lo debe por lo que hace por ella y por su madre.
Preciosa está aterrada. Se asfixia, se ahoga, porque le está sujetando la cabeza y le pide caricias donde nunca las ha dado.
De los ojos de la niña brotan aullidos de lágrimas. Tiene ganas de vomitar. Él insiste. Ella intenta mirarle a los ojos, buscando una respuesta. No puede. La fuerza de su abuelo la retiene. La invade el miedo. Vomita.
¡Y yo soy testigo de todo ello!
Después de conseguir su objetivo, el abuelo le recompone la ropa a su nieta y por supuesto, también a sí mismo.
Tienen que subir a la habitación del hotel como si nada hubiera ocurrido. Simplemente vienen de dar un paseo disfrutando del atardecer mágico del lugar. Por eso han tardado un poco. Le justificarán a la abuela…
¡Y yo los sigo viendo, desde mi dolor, el resto de la semana repetir la misma acción!
¡No puedo decirle que no la toque, que es un depravado con su propia nieta!
Estoy mudo y furioso.
Afortunadamente llegará el sábado y por la presencia de más gente, ya no bajarán…
En mi rincón han quedado rastros. Son las únicas pistas de ese crimen abyecto ocurrido entre mis 4 paredes.
Escucho voces en la planta de la entrada.
Ha venido la policía y al abuelo se lo han llevado detenido.
La niña, con la mirada perdida, y la abuela, contemplan el momento.
A la Princesa se le ha roto su abuelo y le ha quedado grabado para el resto de sus días lo que ha sucedido.
Sé que el cerebro de esa chiquilla no olvidará nunca lo que le ha ocurrido.
¿Quién avisó a la policía? No lo sé. Pero ha venido.
Han cancelado este rincón. El que la gente elegía para darse arrumacos y besos de amor mientras escuchaban música.
Estoy cerrado. Ya no seré testigo de más besos.
Y créanme, había contemplado historias de amor maravillosas.
Pero no quiero ser partícipe de besos y tocamientos a niños por personas adultas.
Yo era El rincón de los besos hermosos. Era, sí, lo era. Ya no lo soy.
Ahora me explico por qué ese abuelo eligió este hostal. Ya lo llevaba in mente: fue por su nombre: La Preciosa. Así llamaba a su nieta el sinvergüenza.
Yo aún creo en el amor romántico, porque el amor da sentido a la vida.
