Por Diana Genides Ramos

En un pueblo pequeño,

Donde los días aprendían a pronunciarse despacio,

Vivía María,

Madre de manos tibias

Y mirada hecha de hogar.

Amaba a sus hijos

Como se ama lo que no se explica:

A Dahiana, soñadora de horizontes,

Con el corazón siempre abierto al asombro,

Y a David, niño de risa limpia,

Ajeno aún al lenguaje del miedo.

La vida, entonces,

Era una mesa servida de risas

Y un mañana sin sombras.

Pero hubo un día,

Aunque parecía cualquiera,

En que el silencio llegó antes que las palabras.

El amor en los ojos de mamá

Se volvió abrazo contenido,

Y el diagnóstico cayó

Como una piedra en el pecho:

Cáncer de mama.

Desde entonces,

El tiempo aprendió a doler.

Dahiana, con sueños todavía desordenados,

Eligió la valentía.

Inventó historias para distraer el dolor,

Hiló fantasías

Para que la esperanza no se rompiera.

David, pequeño sol sin conciencia del abismo,

Seguía riendo,

Porque la infancia también es una forma de fe.

El quirófano cerró sus puertas

Como quien guarda un secreto.

María entró sonriendo,

Prometiendo que todo estaría bien,

Aunque el miedo golpeara por dentro

Como un tambor sin ritmo.

Las horas pasaron lentas,

Y cuando la verdad salió a la luz,

Algo cambió para siempre:

Para vivir,

Tenía que perder una parte de su cuerpo,

María despertó distinta,

Con el dolor tatuado en la piel,

Pero con una fuerza nueva en el alma.

La quimioterapia fue tormenta:

Náuseas, cansancio, caída,

Pero también fue prueba

De que el amor resiste incluso al cansancio.

Sus hijos se volvieron guardianes,

Y el hogar,

Un refugio invencible.

Aceptar el espejo

Fue aprender otra belleza:

La que nace de seguir viva,

De seguir amando.

Y el tiempo, generoso,

Abrió otro capítulo:

Un amor respetuoso, profundo,

Y tres nietos

Como pequeñas luces nuevas.

Aunque uno esté lejos,

El amor no conoce distancias.

Hoy María cuenta historias,

Habla de cicatrices

Como símbolos de coraje,

Enseña que la vida duele,

Pero nunca en vano.

Sabe que la felicidad

Habita en lo simple,

En las manos pequeñas,

En cada amanecer concedido.

Su historia no fue un cuento de hadas,

Fue un acto de resistencia.

Y en cada rayo de sol que entra a su casa

Vive la esperanza:

Un lazo rosa,

Invisible y eterno,

Que sostiene a la familia

Aun en medio de cualquier tormenta.

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