Blanca Morel (1970, Madrid) explora las posibilidades del poema en otros lenguajes creativos más allá de la escritura a través de su perfopoesía. Es licenciada en C.C. de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y cuenta con una maestría en Literatura Comparada y Crítica Cultural por la Universitat de València. Imparte talleres de creación poética y narrativa en la Red de Bibliotecas del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid, así como en distintos espacios culturales. Ha participado en festivales de poesía nacionales e internacionales. Sus poemas aparecen en diversas antologías, la última publicada en 2022 lleva por título [Ex]centricidad. 11 poetas que abren camino en la poesía española contemporánea (1959-1986) (Ed. Celya). Ha publicado un libro de relatos titulado Misión secreta (Ed. Malbec, 2019); en poesía sus títulos publicados son: Bóveda (2008, Ed. Amargord), Pájaro sangre (2016, Ed. Baile del Sol), Pan impuro (2017, Ed. Ruleta Rusa), La ladrona (2018, Ed. Kokapeli), No hay domingo al oeste de Omaha (2019, Ed. Tigres de Papel), Polvo (2023, Ed. Eolas), la antología poética Hoja santa (2024, Ed. Nautilus) y suma noche (2025, Godall Ediciones). Es integrante de la Asociación Feminista de Mujeres Poetas “Genialogías” dedicada a la difusión de la poesía escrita por mujeres.
De una posible traducción no literal de Leopoldo María Panero a un título de Lewis Carrol.
Porque el hecho de cesar es la constatación de que hubo movilidad[1]. Movernos por el mundo indica que hay un espacio y por lo tanto una distancia que recorrer. La distancia es una expresión del espacio. Si observamos hacia dónde nos lleva la tecnología vemos su relación con la distancia. La invención de la rueda nos dio la posibilidad de recorrer más distancia en menos tiempo y desde entonces la tecnología persigue alcanzar la distancia 0, aunque sea fantasmáticamente, por ejemplo al chatear con alguien que se encuentra al otro lado del mundo. La tecnología pretende la supresión de las distancias. Los avances médicos posibilitan que las personas recorran más distancia en el mundo, o lo que es lo mismo, que vivan más años. Paradójicamente reducir distancias tiene que ver con recorrer más distancia. Y en este punto echamos de menos nombrar un término que reclama su aparición: el tiempo.
Nietzsche tuvo la visión insoportable (sensualmente consciente del abismo como era) del eterno retorno. El eterno retorno que anula la distancia entre lo que soy y lo que soy, pues todo es una vuelta hasta completar el círculo una y otra vez por toda la eternidad. Y si alguien vive en un piso compartido y es imposible encontrar un solo plato sin restos de comida, eso va a volver; va a volver eso y va a volver todo lo que hubo antes y después. Con este volver volvemos a la rueda, que ya invoca ese eterno retorno de lo recorrido, de la distancia que hemos transitado en vida, y a medida que la rueda avanza (su perímetro coincide con la distancia recorrida), en el lugar en que se realiza una vuelta completa retorna lo que ya fue, y así de nuevo nos encontramos sin platos limpios. En la máquina ideada por Morel en la novela de Bioy Casares, los personajes de la isla reviven la parte más feliz de su vida en un ritornello infinito. En la película “El día de la marmota” se ejemplifica el eterno retorno pero con una variante, el protagonista recuerda que “eso” ya ha sido vivido, es por esto que las acciones pueden ser modificadas, porque alguien sabe lo que sucede, sin embargo, en el eterno retorno no puede haber recuerdos. Si existiera el eterno retorno la vida no podría tener principio, pero tiene, hay un principio y una distancia recorrida a partir de ese punto inicial, y es porque está acotada y deviene que podría repetirse; deviene nuestra vida, y es esa y no otra. El devenir es un proceso en el tiempo y el espacio, es algo que sucede en la transformación del ser en el mundo. En el devenir se recorre una distancia, interior o exterior, y la distancia acotada en nosotros es nuestra vida, una vida que comienza y termina. Y si hay un comienzo o un principio este no puede repetirse eternamente. Pero si la vida fuera eternamente repetida, es decir, si no hubiera “principio” sino que antes de lo que consideramos “principio” existieron otras causas y efectos previos sin fin, tampoco podría producirse el eterno retorno ya que la vuelta nunca llegaría a completarse porque la rueda sería una línea recta por toda la eternidad, nunca se cerraría el círculo, el propio camino recorrido seguiría por siempre. La expresión “eterno retorno” es un oxímoron. Sabemos que en el universo las líneas tienden a curvarse, de lo que deducimos, que la eternidad no es factible en un universo curvo porque la eternidad no se pliega sobre sí misma como un uróboro (aunque esta serpiente simbolice justo esto, el eterno retornar de las cosas). La serpiente nunca alcanza su cola a no ser que el uróboro abarque todo el universo. Y esto debe ser así porque si no abarcase todo el universo sino solo una parte del todo y el todo fuera finito, el ciclo incesante del uróboro llegaría a su fin por estar contenido en lo superior.
(1) Esto lo refutamos con unos versos del Mūlamadhyamakakārikā de Nāgārjuna: “Lo que se ha movido no se mueve, ni por tanto se mueve lo que no se ha movido.
Ni siquiera, aparte de lo que se ha movido y de lo que no se ha movido, se mueve lo que se está moviendo.”
Volvemos a una frase del inicio: “La tecnología pretende la supresión de las distancias.” Y desde esta afirmación dirijámonos a un agujero negro[2]. En este lugar el espacio se curva tanto por la insoportable densidad que genera una estrella, y su atracción sobre sí es tan grande que la distancia es anulada. Reiteramos que el eterno retorno es imposible en un universo curvo porque la eternidad no se pliega sobre sí misma fagocitándose ya que en ese caso dejaría de ser eterna. Donde hay eternidad no puede haber retorno. El uróboro es una finitud infinita, algo finito que se vuelve infinito está supeditado a la finitud.
The dinamics of a parti-cle o La dinámica de una partícula, es el título traducido (per-vertido) por L. M. Panero de uno de los textos de Lewis Carroll recogidos en el libro “Matemática demente”. Dice Panero que se trata de una traducción literal y por ello inexacta, no debido a su literalidad sino por cuanto la partícula se halla, en el original, partida por un guion: parti-cle, dando lugar a dos palabras, la palabra inglesa party –a la que puede hacer referencia «parti»–, viene del francés partir, dividir; y cle, que puede aludir bien a clay, con el significado de cuerpo sin vida, o a clé –clave–. Las traducciones posibles para el traductor serían dos: «la dinámica de una partícula muerta» o bien «la clave del fragmento», más improbable por el sentido del texto. Tras depurar la traducción y tomando el término clay, L.M. Panero considera que la mejor traducción es: Dinámica de un cuerpo sin vida.
La tecnología nos ha llevado a aproximarnos hasta la madriguera del conejo o agujero negro. Imaginemos que de un lado del horizonte de sucesos hay un cuerpo sin vida, sus partículas han cesado; del otro lado, dentro del agujero negro nos preguntamos, en el caso de poder hacerlo: ¿hay o no hay distancia? ¿hay o no hay tiempo? ¿hay o no hay cuerpo? El cuerpo muerto ha sido llevado con una tecnología del futuro hasta ese lugar para que retorne a la vida, es la primera vez que se intenta algo así. No sabemos el resultado todavía, es una prueba, un tanteo. El agujero negro es el altar ante el que alguien reza pidiendo el retorno de un ser que fue amado y que ahora es tan solo dinámica de un cuerpo sin vida. Sabemos que el agujero negro afecta al ser como una imposibilidad. En la imposibilidad aberrante del no espacio y del no tiempo, en el lugar en el que la luz es oscuridad alguien espera un suceso (¿el eterno retorno, acaso?). Pensamos, por qué no, que el espacio sin tiempo es espacio muerto, inmóvil y el tiempo sin espacio, Dios. Imaginemos algo ahora, en este agujero negro, Dios está siendo destilado. Esto es una modificación de la aseveración nietzscheana “Dios ha muerto” que no hay que interpretarla simbólicamente como caída de los valores caducos cristianos de Occidente, pues tal como señala Heidegger en su interpretación sobre Nietzsche, la muerte de Dios es absoluta, es decir, Dios ha muerto por toda la eternidad. Bien, cambiemos el Dios muerto por el Dios en proceso de destilación. Por otro lado, en el horizonte de sucesos, la tecnología imparable desea seguir avanzando para precipitarse al interior del agujero negro y que el tiempo y el espacio o su ausencia aberrante lo engullan todo o todo lo rediman. Pero ¿de qué tiene que redimirnos la tecnología?, ¿por qué ese afán?, ¿a dónde hay que llegar? En este punto no podemos dejar de ver el Ángel de la historia de Walter Benjamin. En cuando al hombre muerto, ¿qué va a ser de él en esta apoteosis tecnológica? ¿Retornará a la vida? ¿Y si en la madriguera del conejo se precipitara todo el universo, si todo fuera engullido dentro, los seres vivos, los planetas, las galaxias, y luego volviera a repetirse lo mismo por toda la eternidad, porque ya no existe principio, se ha borrado o nunca hubo y la eternidad ha tomado forma de uróboro y Dios no existe todavía sino que está siendo destilado en el agujero en el que reina el caos, y cuando todo lo que existe caiga en él, el conejo blanco llegará puntual una y otra vez destilado a un nuevo retorno y retornará al otro lado, saldrá de la madriguera del tiempo sin espacio entre los retornos y…
El pensamiento trágico de Nietzsche se evidencia en la imposibilidad de escapatoria de este mito relatado a la manera griega de ritornello incesante. El mito de Sísifo no nos pasa desapercibido en el mito del eterno retorno, aunque Sísifo no carga una y otra vez la misma piedra montaña arriba. Podría pensarse que llegado el momento las piedras se acabarían y todo volvería a recomenzar de manera idéntica porque el mundo ya no ofrecería más piedras y todas las posibilidades iniciales se habrían agotado. Pero en un mundo que deviene continuamente, las transformaciones podrían ser infinitas y esas piedras jamás tendrían fin, sino que se regenerarían, a lo largo de millones de años como un río heraclitiano de piedras. Sísifo nunca cargaría las mismas piedras, aunque las levantara por segunda vez porque ya son otras y tal como otro es Sísifo también la montaña. Lo que deviene es único, no importa que se repita una vez o siempre, no hay diferencia entre uno e infinito, lo que deviene es único en su transformación y resultado, y si el resultado es infinito devenir incesante, la repetición hace que todos las vidas que retornan sean únicas, lo que queremos decir es que la sucesión que se repite modifica el original y no es lo mismo la vida 1 que la vida 10001 aunque suceda lo mismo en las dos y sean exactamente iguales porque para el Observador que ve “esto” desde fuera, el devenir sería la sucesión infinita de las vidas y no cada vida individual. La vida devenida clon no es la vida 1, es el clon 1, 2, 3…∞ de esa vida. Pero si no hay observador externo da igual una vida que “esa” vida repetida mil veces, y una vida y todas coinciden dentro del mito. Lo que quiere contar Nietzsche es que Zaratustra ha conseguido de alguna manera escapar del mito, se ha liberado al darse cuenta (anagnórisis) de lo que se cuece en el universo. El problema para mantener en pie el mito del incesante retorno es que no puede haber nadie que lo contemple desde fuera, ni ser vivo ni dios, nada puede quedar fuera de su devenir ya que todas las posibilidades deben estar incluidas en su interior para que el universo recomience. Por eso hay que matar a Dios por toda la eternidad, para no dejar testigos.
(2) O madriguera del conejo. Metáfora que nos resulta pertinente ya que alude al espacio (madriguera) y al tiempo (conejo). Como sabemos el conejo blanco de Alicia es portador de un reloj de bolsillo. En el primer capítulo de la novela aparece con su reloj exclamando: “¡Ay Dios! ¡Ay, Dios! ¡Voy a llegar tarde! En la película de Walt Disney en una escena original se nos muestra al conejo de nuevo apresurado haciendo acto de presencia en la fiesta del té del Sombrerero Loco, la Liebre de marzo y el Lirón. El Sombrerero rompe su reloj y el conejo apenado dice que se trataba de un regalo de No cumpleaños. Interesante que lo que celebra el portador del tiempo sea no cumplir años, es decir, la atemporalidad del Tiempo.
Epílogo usurpado[3]
(3) Lewis Carroll, “Una oscura leyenda” en Matemática demente, edición y traducción de Leopoldo Mª Panero, Tusquets, cuarta edición, 1982, pp. 214-215
“Entonces la Dama les habló de esta manera:
«Aquí estoy y aquí vivo
sólo de mi espera, hasta que
llegue el tiempo en que Otra
dama en este mismo lugar
que lleve mí mismo nombre
y tenga el mismo semblante (aunque mi nombre
nunca se sabrá, mis iniciales sí se mostrarán),
sea en pie fotografiada–
y a la vista estén la cabeza y los pies–
ese día mi rostro ha de borrarse
pero nunca volverás a afligir.»
En ese momento el dicho Matthew Dixon le espetó: «Por qué sostienes esa antorcha», a lo que ella replicó: «Las velas dan luz»; pero nadie la comprendió.
Después de lo cual se escuchó una voz ínfima en lo alto:
«En una Celda de un Castillo Erróneo,
hace mucho, mucho tiempo,
fui encerrado –joven y avispado–
¡ay de mí, ay de mí, ay desdichado!
Para de cuerpo entero retratarla
no tuve nunca la maña
Tempore (así una y otra vez le dije)
¡Practerito!»
(Este último estribillo nadie osó corearlo, a la vista de que el latín no era su lengua preferida)
«Fue ella inflexible-oh fue cruel-
hace tanto, tanto tiempo,
Me hizo aquí padecer hambre-ni siquiera
de comer me dio un papel!
¡no, creedme, ni un papel!
De zona oscura pueda yo huir
Pueda arrebatarle mi último penique-
vamos muchachos, jugar limpio es una alhaja,
dejadme, queridos, que me vaya!»”

