Por Rosa Montolío Catalán
La acacia africana
se infiltra en nuestros ojos.
Descubrimos su eterna belleza.
Bajo sus verdes hojas nos invade
su tenacidad y su fuerza.
Come de sus espinas la jirafa
en el bioma, inmenso, de la sabana.
El amarillo horizonte, sobre secas arenas,
nos conduce a un desierto de albas.
Animal de espiritualidad inquebrantable
del que emana lo divino
y nos deslumbra con su mágica aura.
La calma llega,
el caos se detiene.
Iguales, en un mundo indiferente.
Atraviesa puertas en el marrón-arena,
seco, sin amenaza de lluvia.
Con lágrimas
que la llanura segrega.
Acción del hábitat en el devenir
de la Tierra.
Saldrá fuego por el OI Doinyo Lengai
(volcán en Tanzania),
carreras de animales avanzarán
en estampida: ñus y gacelas
perseguidos por leones y hienas.
Aspirantes en alcanzar la meta.
¿La alcanzarán o serán
derrotados en intentos de tragedia?
El réquiem de Brahms
sonará como un eco
en el amanecer de la sabana.
