Por Pablo Delgado
CUANDO la presumida Hada Primavera regresó para derramar a manos llenas colorida vida por bosques y parquecillos, dejó escapar, sin querer, un puñadito
de semillas por la corriente de asfalto y hormigón que es la ciudad. «¡Qué final
tan estéril, qué terrible sepultura!», proclamaron las sílfides y ondinas más
puristas. Sin embargo, un grupo de solitarios chopos blancos, que hacían las
veces de guardia en un terraplén colonizado por cascotes, comenzaron a dar
señales a las semillitas desorientadas: «¡Eoo! ¡Eoo!». Y así, aquellas, poco a
poco guiadas por los árboles se recogieron, instalaron y mágicamente brotaron
en aquel desangelado espacio.
Las más tempraneras fueron unos plumerillos rojos, que con sus
oscilaciones adecentaron un poco el lienzo marrón; les siguió la señorial
amapola que se instaló espaciosamente; después, a la vista de la propalación
colorada, sintieron envidia el jaramago y la malva: «¡Vamos!, ¡vamos!, a ver qué
se cree esa flor tan estirada, nosotras también queremos expandir nuestros
colores», y rápidamente amarillos y tonos púrpura se imbricaron por el lienzo.
Pero antes de que todas se acomodaran por completo, de sopetón, apareció
el cardo borriquero dando coces y haciéndose hueco: «¡Hola, hola!, dejadme
espacio», rebuznaba, mientras que el resto le replicaban: «Aparta», «quita tú»,
«no me empujes que me haces daño», «no seas tan burro, con cuidado». En
medio del follón aparecieron unas manzanillas locas atraídas por el entusiasmo
florido, y saludaron girando sus pétalos al ritmo del sol: «¡Yiiii, yiiiii…, qué
divertido!».
Y estando en esas les alcanzó la tarde, y cuando todo parecía calmado y a
punto de acabar, aprovecharon las guapas y estupendas gallocrestas bicolores
para presentarse con suaves y agradables ademanes: «Buenas tardes señoras,
encantadas de conocerlas…, somos sus nuevas vecinas».
Y el sol se durmió detrás del gran friso del horizonte, y con él las flores ante
el arrullo de los chopos enhiestos y la luz de las farolas.
Al día siguiente, los madrugadores vecinos que salían a pasear con sus
perros se toparon con algo maravilloso: el otrora extenso y aburrido terraplén
había cobrado vívida alegría. Los animales olisquearon los nuevos aromas
entusiasmados; y los chiquillos, más tarde, curiosearon tales especies atónitos y
fascinados; hasta los más vejetes comenzaron a pasar las tardes alrededor de
aquella escala de vida, pues experimentaban agradables reviviscencias de
campos que circundaron sus pueblos en el pasado.
Sonriendo ufana el Hada Primavera volvió, realizó una inspección por el
lugar y, antes de marcharse, un ojo nos guiñaría. Mmm… ¿Sería acaso aquel
descuido intencionado?
