Número 33 - Otoño 2025

Por Pablo Delgado

CUANDO la presumida Hada Primavera regresó para derramar a manos llenas colorida vida por bosques y parquecillos, dejó escapar, sin querer, un puñadito

de semillas por la corriente de asfalto y hormigón que es la ciudad. «¡Qué final

tan estéril, qué terrible sepultura!», proclamaron las sílfides y ondinas más

puristas. Sin embargo, un grupo de solitarios chopos blancos, que hacían las

veces de guardia en un terraplén colonizado por cascotes, comenzaron a dar

señales a las semillitas desorientadas: «¡Eoo! ¡Eoo!». Y así, aquellas, poco a

poco guiadas por los árboles se recogieron, instalaron y mágicamente brotaron

en aquel desangelado espacio.

Las más tempraneras fueron unos plumerillos rojos, que con sus

oscilaciones adecentaron un poco el lienzo marrón; les siguió la señorial

amapola que se instaló espaciosamente; después, a la vista de la propalación

colorada, sintieron envidia el jaramago y la malva: «¡Vamos!, ¡vamos!, a ver qué

se cree esa flor tan estirada, nosotras también queremos expandir nuestros

colores», y rápidamente amarillos y tonos púrpura se imbricaron por el lienzo.

Pero antes de que todas se acomodaran por completo, de sopetón, apareció

el cardo borriquero dando coces y haciéndose hueco: «¡Hola, hola!, dejadme

espacio», rebuznaba, mientras que el resto le replicaban: «Aparta», «quita tú»,

«no me empujes que me haces daño», «no seas tan burro, con cuidado». En

medio del follón aparecieron unas manzanillas locas atraídas por el entusiasmo

florido, y saludaron girando sus pétalos al ritmo del sol: «¡Yiiii, yiiiii…, qué

divertido!».

Y estando en esas les alcanzó la tarde, y cuando todo parecía calmado y a

punto de acabar, aprovecharon las guapas y estupendas gallocrestas bicolores

para presentarse con suaves y agradables ademanes: «Buenas tardes señoras,

encantadas de conocerlas…, somos sus nuevas vecinas».

Y el sol se durmió detrás del gran friso del horizonte, y con él las flores ante

el arrullo de los chopos enhiestos y la luz de las farolas.

Al día siguiente, los madrugadores vecinos que salían a pasear con sus

perros se toparon con algo maravilloso: el otrora extenso y aburrido terraplén

había cobrado vívida alegría. Los animales olisquearon los nuevos aromas

entusiasmados; y los chiquillos, más tarde, curiosearon tales especies atónitos y

fascinados; hasta los más vejetes comenzaron a pasar las tardes alrededor de

aquella escala de vida, pues experimentaban agradables reviviscencias de

campos que circundaron sus pueblos en el pasado.

Sonriendo ufana el Hada Primavera volvió, realizó una inspección por el

lugar y, antes de marcharse, un ojo nos guiñaría. Mmm… ¿Sería acaso aquel

descuido intencionado?

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