Por Sarilis Montoro Huguet
Cuando anochezca mi alma, anhelaría que la luna me acompañara e iluminara
con su luz de nácar mi solitario sendero.
Tampoco me importaría que el sol poniente bañara mis ojos con un resplandor
de fuego naranja y abriera ante mi cansada mirada un pasillo de esperanza
que caminara sobre él, ligera como una burbuja de jabón.
Desearía llevarme mi vieja casa junto al lago, ahora triste y vacía, cuando
anochezca mi alma. Ruego al cielo desierto que ilumine las ventanas y el
umbral de la puerta.
Sueño con subir los peldaños que reflejan la luz cálida, que anuncia el prodigio
de una casa iluminada junto al lago. Es la mía, mi hogar, el lugar donde mi
alma se pueda asomar, sin temor de que las sombras acaben por aplastarla
como lo harían las rocas más pesadas.
A los ventanucos oscuros, no subiré. No me dejaré arrastrar por la oscura
tentación. Ahí están, arriba del todo, se han colocado en la parte más alta
demostrando que tienen las mejores vistas del lago; que, desde ellos, se puede
alcanzar el cielo con la mano.
No, no caeré en la trampa. Me quedaré en las ventanas de abajo y me
sumergiré bajo su calidez, cuando anochezca mi alma.
Me gustaría que la calma del paisaje calara en mí, que la danza de los peces
bajo el lago me salpicara con gotas frescas de agua dulce, de rocío de la
noche.
Cuando anochezca mi alma me gustaría tener una almohada de nubes
esponjosas, una sábana de agua ondulante y guarecerme en una vieja casa
iluminada, junto al lago de mi vida.
