Por Cándido Blas Laborda
Él era consciente de llegar tarde a aquella cita, se mostraba nervioso. ¡Odiaba
llegar tarde! Restregó suavemente sus ojos con ánimo de espabilarse.
No había dormido ni tan siquiera dos horas, cuando le sonó el despertador.
Se vistió rápidamente y salió a la calle aligerando el paso.
Vestido elegante y enfundado en una gabardina de color azul oscuro que le
cubría las tres partes de su cuerpo, atravesó el vestíbulo de la estación de
ferrocarril. Levantó la cabeza para consultar la hora, en el tosco reloj que
presidía el andén central de aquella estación de cercanías.
Se dirigió a la ventanilla y compró un billete.
– ¡Vaya memoria que tengo! ¡Me he dejado el reloj en casa! –pensó.
Cuando bajó del tren, hacía un frío intenso. Se abrigó cubriéndose el rostro con
el cuello de la gabardina, introdujo las manos en los bolsillos y se dirigió,
aligerando el paso, a la dirección indicada.
Sentía la necesidad urgente de acudir a aquella cita.
Un fuerte hedor a humedad y orines, hacía desagradable el atravesar aquel
túnel elevado. Perfiles y ángulos de hierro componían la estructura, alguien
había escrito grafitis absurdos, pintarrajeados, sin ningún gusto estético.
Cruzó la calle recorriendo la distancia que le separaba del portal del inmueble.
Pulsó el timbre del portero automático y se oyó un leve chasquido en la
cerradura, empujo con fuerza la puerta metálica y se coló en el interior del
portal. El nerviosismo que sufría iba en aumento. Tomó el ascensor, sus
puertas se cerraron, elevándose.
A aquella chica, la había conocido en una fiesta con los amigos, aunque no la
había visto, desde hacía varios meses. Al mismo tiempo que él subía,
un segundo ascensor del edificio descendía con varias personas en su
interior. En su memoria, aparecieron los momentos gratos vividos con aquella
mujer.
Deseaba verla, tenía la máxima curiosidad por saber el motivo de aquella
carta, citándolo, a él precisamente.
La parada del ascensor en la planta solicitada lo devolvió a la realidad. Se
abrieron las puertas, una bombilla con luz tenue lucía en el rellano.
Se acercó a la puerta del piso y presionó suavemente el pulsador.
Un prolongado silencio obtuvo por respuesta. Le inquietó que nadie abriera la
puerta. Volvió a bajar en el ascensor y salió a la calle.
Un marcado gesto de estupor en su rostro reflejó su sorpresa, ante los
murmullos de un grupo de gente que se arremolinaba alrededor de alguien
que yacía en la acera.
Con un presentimiento estremecedor, se aproximó hasta el lugar. ¡Era ella!
La reconoció al instante.
Sin poder contener las lágrimas, se inclinó e intentó abrazarla.
Sus ojos estaban encendidos como antorchas de fuego.
La luna, entre luces y sombras, iluminaba su rostro ensangrentado.
Una herida de arma blanca, a la altura del corazón se hacía visible en su
pecho. La potente sirena de una ambulancia, marcaba la llegada de una
asistencia, presumiblemente, ya innecesaria.
