Por Alix Rubio Calatayud
Anoche soñé contigo. Por primera vez en veinticinco años soñé contigo, cómo
serías, qué estarías haciendo. Te soñé feliz, guapo, inteligente y, sobre todo,
bueno. Una persona buena. Un hombre bueno.
Yo llevaba una vida perfecta, no como la desgraciada de mi madre, que
arruinó su vida casándose y cuidando de tres críos en vez de desarrollarse
como mujer. Amaba, compadecía y despreciaba a mi madre en la misma
proporción. Había decidido que nunca sería como ella. Tampoco sería como la
imbécil de mi hermana que, tras largos años de matarse a estudiar, acabó la
carrera con matrícula y, en vez de irse a Estados Unidos a hacer un master, se
casó con su novio de toda la vida y dejó pasar el tiempo cambiando pañales y
preparando biberones.
Mi hermano se casó con una idiota del mismo calibre. Tres mujeres de éxito
echadas a perder. Cada vez que pregonaban lo felices que eran, me entraban
ganas de vomitar. Yo ni era ni sería así. Aproveché todas las oportunidades.
Con esfuerzo y tesón logré un trabajo más que bien pagado y ascensos
laborales muy merecidos.
Tenía un apartamento precioso, un coche de gama alta, amigos, una vida
social envidiable, dinero. Soltera y bien situada, con relaciones esporádicas sin
responsabilidad ni compromiso. Mi vida era perfecta. Hasta aquella fiesta. Un
directivo de una empresa alemana, alto, atractivo, políglota y con educación
exquisita. Me gustó. Nos gustamos. Acabamos en su hotel, entre champán y
caviar. Él regresó a Alemania por la mañana y yo a mi casa, todavía con resaca
pero satisfecha por aquella intensa experiencia sexual. Y, lo que pude
constatar un tiempo después, embarazada.
Se me cayó el mundo encima. Se abrieron las puertas del infierno. No
podía tener un hijo, ni hablar. Consulté con amigas que habían pasado por
aquel trauma de un embarazo no deseado, con una psicóloga. Nada debía
frenar el estilo de vida que había elegido. Era mi vida, mi cuerpo, mi decisión.
Aquello que ocupaba mi vientre no era ni un hijo ni un ser humano, era como
un tumor que podía y debía extirpar para mi tranquilidad. No fue difícil. Sin
aspavientos ni dramas.
En la clínica me trataron como a una princesa, mis amigas y mi psicóloga
me apoyaron. Mi familia no supo nada.
Regresé a mi precioso apartamento, a mi vida perfecta, a mis viajes
vacacionales. Seguí ascendiendo en el trabajo hasta ocupar un puesto de alta
responsabilidad. No volví a pensar en el embarazo ni en el aborto. De buena
me había librado. Y así he seguido hasta ayer. Celebramos el vigésimo quinto
cumpleaños de mi sobrino Eduardo, hijo mayor de mi hermano. Ha terminado
su especialidad en Medicina con notas inmejorables. Estábamos brindando,
toda la familia junta desde hacía mucho, cuando nos anunció que se marchaba
para trabajar en un proyecto solidario en lugar de ocupar su puesto en un
hospital. Todos vertieron lágrimas de emoción. Sólo yo me quedé lívida y le
pregunté por qué. Él, con una sonrisa conmovedora, me habló de la cantidad
de mujeres y bebés que mueren por falta de asistencia durante el parto. Se
sentía obligado a aportar su granito de arena y tratar de salvarlos.
Sentí un dolor intenso que me traspasó el corazón pillándome desprevenida.
Disimulé y me marché en cuanto pude sin llamar la atención.
Recordé de pronto algo que creía haber olvidado: Eduardo nació el mismo día
y a la misma hora en que yo aborté.
Y ayer mismo, anoche, soñé contigo. Hijo mío.
