Cristina Bernardo

Ruego a los dioses que sean misericordiosos y nos protejan. Que mantengan el cielo estrellado en esta noche fresca y luminosa de las calendas de julio y mi ánimo templado para escribir las palabras que liberan mi pecho de la angustia y de la pena.
Que alejen los malos augurios y guíen a nuestra reducida escolta a través de estas tierras conquistadas por Roma hace ya tantos años.

Yo, Livia, hija de Agripa y de la hermosa Claudia, comienzo estas crónicas de viaje con la vana ilusión de que mis palabras vuelen hasta el Mediterráneo y lleguen a casa, a mi querida hermana Aurelia, que llora mi ausencia con las mismas lágrimas que yo cada día derramo al recordarla.

No imaginas, amada hermana, cuánto extraño nuestra casa en Tarraco. Varias semanas han pasado desde la visita de nuestro tío Sila propiciando mi partida hacia tierras del interior. Sabes qué poco me ilusionó entonces su propuesta de concertar mi matrimonio con el valeroso Flavio, cómo iba yo a protestar si ni tan siquiera nuestro padre se atrevió a cuestionarle, tal es la influencia de Flavio en Roma. Tampoco ahora siento gran ilusión; si acaso, hermana, curiosidad. Y no por mi futuro esposo, que imagino soberbio y altivo, sino por todo cuanto mis sentidos han vivido durante las primeras jornadas de viaje.

Os dije adiós hace una eternidad y, junto a la vieja Casia, emprendí la marcha hacia Sedeisken; el tío Sila y su escolta sólo son unos desconocidos que en absoluto siento cercanos; pero doy gracias por tener su protección en estos caminos llenos de bandidos y de alimañas.

Si mi voz pudiera llegarte te contaría que, a las pocas horas de partir, nuestro querido mar se fue haciendo cada vez más pequeño, y terminó perdido tras los frondosos árboles de los montes que irremediablemente nos separan. Tan bello paisaje consoló ciertamente mi ánimo; no así el de Casia, pues desde que salimos no ha dejado de refunfuñar.

El viaje por estos caminos agrestes y aún sin empedrar ha sido duro, pero también hermoso por lo inesperado. Salían a nuestro encuentro imponentes encinares, acacias de blancas flores y arbustos tan variados como la cantidad de pequeños animales que se escondían a nuestro paso. Afortunadamente, no hemos topado con ningún jabalí; sólo pensar en ellos ya me causa pavor.

Tras unas jornadas de travesía por el bosque, llegamos a unas termas naturales dibujadas por arroyos de aguas cristalinas y fresquísimas, ligeramente caldeadas por el sol y suavemente sombreadas por altas copas de arbolado. A pesar de la reticencia de Casia me sumergí en un baño que me hizo rememorar los chapuzones en nuestro mar mediterráneo; poco me importaban las furtivas miradas que los soldados lanzaban sobre mi persona; pronto seré la esposa del gran Flavio y bien sé que me deben el respeto que sin duda no he ganado con mi actitud. Es mi pequeña rebeldía, hermana, sólo tú puedes entenderme.

Con pesar abandoné esas grandes pozas. No sólo el agua, también el rumor que las brisas despiertas entre aquellos grandes árboles templaban mi ánimo. Seguimos camino hacia el norte, desandando el paso de las aguas del imponente río Ibero; así escuché nombrarlo al capitán de nuestra escolta, que conoce bien estas tierras y a las gentes que las habitan.

He visto a los nativos, querida hermana, en varios tramos del río; se agrupan cerca de

las embarcaciones amarradas a la orilla; allí cambian sus cereales y sus tejidos por aceite y por vinos itálicos que llegan a Hispania por nuestro amado mar, aunque esta tierra también produce un vino recio y una miel, hermana, que deja tan dulce sabor en los labios, que incluso apacigua el amargor anidado en mi alma.

Tras unas jornadas siguiendo la ruta dibujada por el río llegamos a unas tierras planas, donde los alegres verdes trocan en ocres y los bosques van abriendo su espesura. Ya no se escuchan las aguas ni se aspiran los aromas de antes. Nos hemos alejado del río y atravesamos los campos de cereales y de olivos antes anunciados por el trajín de los comerciantes de las orillas. Pronto, tras unas pocas jornadas, llegaremos a Sedeisken¹

Nueve anochecidas han contemplado nuestros ojos desde que salimos de Tarraco, y tanto los soldados como nuestro tío se muestran impacientes. Mañana deberíamos llegar a nuestro destino, pero nos llegan rumores de tropas que acechan en poblados cercanos y nuestro capitán aconseja desviar nuestra ruta. Así, seguimos camino hacia el norte, bordeando los riesgos de las disputas que Pompeyo ha traído desde Roma.

Después de dos días más de marcha por fin llegamos a un lugar habitado. Si pudieras escuchar mis palabras, querida Aurelia, ellas te hablarían de una población diferente y hermosa a la que los soldados llaman Beligio² Mientras, en mi alma crece la inquietud por nuestra querida nodriza.

Pues, a los pocos días de dejar la orilla del río, la anciana Casia enfermó. Su ánimo pareció apagarse ya ante la perspectiva de dejar Tarraco y quizá por eso no acudí a consolarla cuando oía sus lamentos, y no pocas veces recriminé su poca entereza para sobreponerse a las incomodidades del camino. Ahora que ya es tarde me desvivo por enmendar mi desinterés y ruego a los dioses protectores para que curen a nuestra querida aya.

Pero mis ruegos y mis torpes cuidados no son suficientes, y el tío Sila ha decidido detener nuestra marcha y quedarnos aquí el tiempo necesario. No lo ha hecho de buena gana; sé que tiene prisa por llevarme al lado de Flavio. A saber, qué prebendas le han sido ofrecidas. Pero no debe de ser esta la única razón de su recelo. El capitán también cabecea y por lo bajo murmura palabras de desánimo. Yo no puedo entenderlo, Aurelia, este poblado es hermoso. Lo habitan gentes de las llamadas Íberas; hemos sido recibidos con cautela, pero con amabilidad, y los niños corretean alrededor de nuestro carro. El poblado está rodeado por varios anillos de muralla que flanqueamos sin dificultad.

Al llegar a su puerta principal el capitán se ha dirigido a los legionarios allí apostados y pocas palabras han bastado para que se nos permitiera la entrada. Uno de los soldados nos ha indicado el camino a seguir y, rodeados de una cohorte de chiquillos, entramos en Beligio.

La vía principal está empedrada y bordeada con aceras. Aunque hay casas en las que reconozco la influencia de Roma, muchas otras tienen un aspecto diferente, imagino propio de estos pueblos indígenas. Pero no te engañes, hermana, pues no son chozas.

Están dispuestas a lo largo de la vía principal y son alargadas. Cayo, el capitán de nuestra escolta, me ilustra sobre las viviendas, contándome que tienen varias salas destinadas a actividades diferentes. En ellas no hay hermosos patios, ni fuentes, ni columnas, y los niños crecen en las calles sin la atenta mirada de una nodriza, en medio de un bullicio que más parece propio de un día de mercado, no así de la vida que nosotras conocemos en nuestra ciudad.

En esta aldea, nuestros soldados conviven con los nativos, lo que hace del poblado un lugar estratégico para Sertorio y una plaza conquistable para Pompeyo. En Tarraco nada rompe nuestra apacible rutina, pero a esta tierra los ecos de las tensiones de Roma llegan con plomiza claridad. Los pequeños campamentos y las patrullas que encontramos en el camino presagian momentos difíciles para la Hispania Citerior; y quizá explican la actitud suspicaz de nuestra escolta al tener que hacer escala en Beligio.

En cuanto llegamos nos hospedan en una pequeña casa en la parte alta del lugar. Acostamos a Casia sobre un lecho de paja limpia, en una estancia que huele a romero y aliagas. El tío Sila y los soldados se han alojado cerca de una de las puertas del poblado, en el campamento que ocupa la guarnición romana, y han dejado un par de hombres apostados en la puerta, velando por nosotras.

Durante los días que han seguido a nuestra llegada, he conocido a varias de las mujeres íberas que habitan el poblado. Son amables con Casia y a mí me miran con curiosidad, aunque mis ropas no tienen nada que envidiar a sus vestidos, que muchas lucen adornados con collares de hierro y velos engarfiados. La mayoría de las mujeres íberas cultivan la tierra, cuidan la casa y son fuertes y orgullosas. Los hombres se dedican a la caza, aunque Cayo admira su valor y habilidad en combates pasados. En cuanto la ocasión le pone a mi lado me instruye sobre la forma de vida de estas gentes, a las que frecuenta con asiduidad.

La otra tarde, mientras el tío Sila visitaba a Casia, el capitán me hizo reír con una curiosa costumbre de este pueblo. Verás hermana; en verdad la mujer íbera es infatigable; ni siquiera el parto de un hijo la mantiene en el lecho. Apenas estas mujeres han dado a luz ceden su puesto al esposo e incluso le cuidan y atienden como si él hubiera sufrido los mismos dolores. Miré a Cayo con estupor y le tildé de mentiroso. Es tan cierto, me dijo, como que tus ojos están recuperando una alegría con la que nunca me han mirado. Me eché a reír, querida Aurelia, con la secreta seguridad de que el capitán decía la verdad en sus dos afirmaciones.

Pero he de contarte, hermana, que en Beligio nuestra Casia ha encontrado remedio a sus males. Llegó tan enferma y decaída que pensé que aquí terminarían sus días y, en mi egoísmo, lamentaba llegar sola a Sedeisken y hacer frente a mi destino sin su compañía ni sus cuidados. ¡Cuántas ofrendas a Minerva habré de realizar para limpiar mi conciencia! Las mujeres del poblado han volcado en Casia sus desvelos y su paciencia.

Durante tres días la fiebre atosigó a nuestra nodriza. Ni el día ni la noche traían respiro a su dolencia. Las mujeres aplicaban unas cataplasmas humeantes sobre su pecho y le hacían tomar unos brebajes ofrendados primero a sus divinidades. Mientras Casia los bebía, recitaban una retahíla de palabras que a mis oídos sonaba como una plegaria y después dejaban el cuenco al lado del lecho. Doce cuencos se juntaron hasta que Casia abrió los ojos y me regaló una leve sonrisa. Las mujeres que la habían cuidado aparecieron aquel día sin un nuevo vaso, seguras de que Casia había sanado. Cogieron entonces las vasijas, recitando distintas palabras a las de los días pasados, y ascendieron con ellas hasta el lugar más alto del poblado, su lugar sagrado, para dejarlas allí hasta completar una luna. Ya en la casa, las mujeres asearon a Casia, limpiaron y perfumaron la estancia con hierbas de intenso aroma, y yo abracé a la vieja nodriza, sintiéndome por primera vez casi como en nuestro hogar.

En pocos días Casia ha vuelto a ser la misma refunfuñona de siempre. Pero a mí no me engaña; detrás de sus quejas y sus aspavientos adivino una paz que ella creía abandonada en Tarraco.

Me gusta este lugar, hermana. Sus casas son sencillas, pero sumamente acogedoras. Sus moradores cubren el suelo con esteras. El fuego del hogar, ahora sólo encendido para cocinar los alimentos, acoge amorosamente a estas gentes en los crudos días de invierno. Vasijas y ánforas están repartidas por la estancia, en el suelo y en las hornacinas de la pared, y unos sencillos perfumeros aromatizan el ambiente. En estas casas hay mucha actividad, pues a las salas de vivienda se unen zonas de molienda y telares, almacenes donde curten las pieles y corrales destinados a la cría de animales domésticos. Hace pocas semanas me hubiera horrorizado imaginar los animales y las pieles dentro de la casa; en la nuestra, las estancias reservadas a estas labores son habitadas por los esclavos y los sirvientes y sólo a escondidas, al amparo de juegos y travesuras, son visitadas por los niños más revoltosos.

Después de varias semanas en Beligio estamos preparados para la partida y yo tengo nuevamente roto el corazón. Siento dejar a las mujeres que sanaron a Casia; he recibido de ellas hermosos presentes, como si de un ajuar se tratara. Saben la noticia de mi matrimonio y conocen a Flavio; no sólo eso, admiran su valor luchando junto al gran Sertorio, que los dioses protejan.

Los soldados jalonan nuestros paseos con vivas a mi prometido y yo intento disimular mi apatía. El semblante de Cayo también es serio. Aquí es bien recibido y se siente como en casa. Le he visto reír a gusto con el herrero del poblado; contemplar las estrellas escuchando al Hombre Sabio y relatar a los niños su último combate blandiendo su espada ante el contrincante imaginario. Con mis ojos he seguido su figura perdiéndose por las calles de Beligio, hablando con los soldados, intercambiando su espada con las falcatas íberas y admirando los escudos redondos de los jóvenes guerreros; también compartiendo el saludo con los viejos y la sonrisa con las mujeres jóvenes. Entonces, hermana, he sentido el corazón desbocarse y si su mirada se ha encontrado con la mía me he sentido torpe y nerviosa como una niña sorprendida en una trastada. Todas estas sensaciones dejaré en Beligio en cuanto el tío Sila dé la orden de partir.

¡Malditos sean aquellos que desde Roma manejan los hilos del mundo! Malditos los optimates, malditos nosotros, aristócratas Hispanos, y maldito el gran Pompeyo, que ha traído la destrucción y el horror a esta hermosa tierra.

Pasarán muchos años, querida Aurelia, y mis ojos no dejarán de ver las llamas a lo lejos, y mis oídos no podrán escuchar los trinos de los pájaros o el rumor de las olas del Mediterráneo, sin oír también los gritos espantosos de los íberos que nos acogieron. Y debo dar gracias a los dioses, hermana, porque estamos vivos. Salimos de la aldea amparados por los primeros rayos del sol y ya se escondía este cuando desde un alto cerro divisamos la destrucción de Beligio. No imaginas, hermana, los gritos de Cayo; el tío Sila amenazó con matarle ahí mismo si no cejaba en su intención de acudir a socorrer a sus hermanos íberos, como él los ha llamado en su desesperación. Mátame, Sila, ha gritado él, igual que tus iguales han matado a los míos. Y luego ha partido en veloz cabalgada en dirección a Beligio. Que los dioses le protejan y den consuelo a mi alma, porque lo amo.

Hemos llegado por fin a los umbrales de Sedeisken. Entramos agotados y con las llamas dibujadas para siempre en la retina. Nos recibe el gran Sertorio y con mis manos entre las suyas me cuenta que mi futuro esposo marchó anoche a defender Beligio. Que no espere su vuelta, pero que en Sedeisken soy bienvenida y para siempre seré considerada la esposa de Flavio. Me habla de orgullo y de valor, mientras mis ojos, incrédulos, contemplan la silueta de Cayo al fondo del patio, junto a varios soldados; Sertorio sigue hablando, pero mi mirada se pierde tras su persona; quizá él imagina que la pena me trastorna, pero no puedo dejar de mirar a Cayo; y él, a pesar del agotamiento y el dolor que emana su imagen, posa sus ojos en los míos y sin palabras me dice que guardará mi marcha hasta Tarraco y que nunca dejará de cuidarme. Una leve sonrisa acaricia mis labios; mis manos, aún prisioneras en las de Sertorio, anclan mi cuerpo, pero mis sentidos ya abrazan a Cayo y ceñidos a él, me esperan.

Descansaremos unos días en Sedeisken. He pedido a Sertorio la gracia de volver a casa; le he hablado con humildad, no soy digna de ser llamada viuda de Flavio y deseo regresar con los míos. El tío Sila volverá a Bolscan³ junto con Sertorio, donde buscará nuevas maneras de medrar en su carrera. Confío en que sus planes no incluyan otro matrimonio pactado; si acaso, hermana, el suyo, y que nos deje tranquilas a nosotras.

Casia y yo preparamos el viaje de regreso. Mientras, Cayo ahuyenta sus demonios interiores acercándose a las ruinas de Beligio, e intenta negociar con Pompeyo el enterramiento de los suyos; porque Cayo es íbero, Aurelia, un noble íbero acogido por Sertorio y educado como ciudadano romano en Bolscan. Sé que deseaba llevar una gloriosa vida militar y a su muerte ser incinerado, y sus cenizas enterradas bajo una hermosa estela íbera, siguiendo el ritual y la tradición de su pueblo; también sé que hubiera preferido la muerte digna al lado de los suyos; loados sean los dioses iberos y romanos que no han permitido tal horror.

Muy pronto te abrazaré, querida hermana, y mis palabras te hablarán de amor y de dicha, pero mis ojos no podrán engañarte, y por ellos sabrás que una parte de mi alma queda para siempre entre las ruinas de Beligio.

FIN

  • Sástago
  • Azaila
  • Huesca

1 Comment Deja una respuesta

  1. Me ha atrapado este relato epistolar, entre la crónica histórica, la narrativa de viajes y el alegato contra las guerras. Gracias, Cris, por tu aportación.

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