José Antonio Prades Revista imán 34

José Antonio Prades (Zaragoza, 1961) ha publicado ocho novelas, varios libros de relatos, dos poemarios y ensayos profesionales y literarios.  También publica reseñas y artículos de opinión. Ha recibido distinciones literarias en poesía y narrativa. Ha coordinado recitales y encuentros literarios, así como ha participado como jurado en certámenes de narrativa. También tiene experiencia en programas radiofónicos de cine y literatura.

Es graduado social, máster en dirección de empresas y máster en Literatura Española y Latinoamericana.  Ha desempeñado diferentes puestos de responsabilidad en Sostenibilidad, Recursos Humanos y Desarrollo directivo.  Igualmente ha formado parte de consejos rectores y juntas de gobierno de distintas instituciones, como por ejemplo la Institución Hispano-Británica de Enseñanza y la Cátedra UNIZAR Juan de Lanuza para la Innovación Pedagógica.

 

https://joseantonioprades.es/

 

 


Recibí la llamada justo cuando ya iba a salir de la comisaría. Miré la pantalla antes de contestar, quise rechazarla en principio, pero aquel 666 en el centro del número me atrapó y deslicé el dedo para responder. Una voz de mujer angustiada me lanzó esta frase:

—Están entrando y quieren matarme. Vengan rápido.

Y se cortó la comunicación.

En mi carrera de policía, he recibido llamadas de este tipo, algunas de paranoicos que sólo buscaban continuar su fobia de forma oficial, otras que resultaron falsas alarmas de un exceso de neurosis, casi siempre ansiedad, y las típicas de quien quería involucrar a otra persona en una situación que la mantuviera retenida durante algún tiempo. Una sola vez ocurrió que hubo causa suficiente para emitir ese grito desgarrado, lleno de miedo; llegué tarde; ella murió de una cuchillada.

Dudé unos segundos sobre si pasar el caso a mi compañera que se quedaba de guardia, pero un impulso me llevó a pedir información a la central sobre el lugar desde donde me habían llamado. Recibí la información de forma casi inmediata, fui a por el coche, coloqué la baliza y salí raudo hacia esa dirección, un lugar muy solitario en las afueras de la ciudad, un camino en donde existían varias casas vacías, alguna de ellas cobijo de traficantes.

Llegué en unos diez minutos.

La entrada de la casa estaba iluminada y se escuchaba una música en volumen alto, pero no vi movimiento de personas. Me olió mal. Llamé a mi compañera para pedirle refuerzos, que me enviara la patrulla. Mientras venían, seguí vigilando desde fuera para encontrar algún posible detalle que me diera datos de qué podía estar pasando. Mi posición estaba alejada unos cinco metros de las ventanas de la casa, una construcción pequeña, parecía cuadrada, de unos ocho metros de anchura por otros ocho de profundidad. No se apreciaban otras casas cerca, quizá a unos treinta metros o así, pero la noche era muy cerrada y no había luz artificial en el camino ni en las propias casas.

Se levantó un viento helador.

Escuché un gemido largo y…

—¡Auxilio! ¡¡Me desangro!!

El mismo impulso que me llevó a seguir la llamada me hizo lanzarme hacia la casa. Entré con todas las precauciones y encontré a una mujer tumbada boca abajo en el suelo, sin moverse, sobre un charco de su propia sangre que fluía de una herida en la espalda, provocada por un cuchillo de grandes dimensiones. Me acerqué hasta su cuello, coloqué mis dedos sobre su yugular y no sentí latidos.

Un fuerte ruido, como de alguien saltando por detrás, me obligó a replegarme y miré hacia allí. La patrulla tardaba. No podía dejar de comprobar qué pasaba allí atrás de la casa. Probablemente, quien asestó la puñalada estaría por allí rondando. Me dirigí con cuidado a esa zona con mi pistola sujeta por las dos manos y el cañón apuntando en el mismo sentido que mis ojos, lentamente y con giros bruscos. La casa estaba en orden. Revisé el baño, la cocina, el único dormitorio… salí al jardín trasero, y escuché un bisbiseo, quizá sonrisa, que pareció provocarme desde el otro lado del muro.

Ya llegaban mis compañeros y no me atreví a continuar el rastreo. Volví sobre mis pasos para recibirlos.

—Pero Mariano, ¿también te has dejado engañar por esta loca?

En el suelo del salón, no había nadie, no había sangre, olía a jazmín.

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