
MORANDO EN SU OLVIDO
Es una habitación con vistas a un jardín que se transforma al ritmo de las estaciones. Un lugar en el que transcurre la vida y en el que mueren los sueños; en el que moran rostros alegres combinándose con otros apagados, otorgando a la escena una pincelada esperpéntica.
María, como cada tarde, acude a la residencia para verla, aunque hace tiempo que ya no trabaja allí. Recorre, despacio, la distancia que separa el vestíbulo del sillón en el que ella está sentada. No quiere delatar su presencia. Le gusta sorprenderla cuando ella está mirando ese cuadro que, siempre, la mantiene abstraída porque ve ese paisaje dibujado en sus pupilas. Desde atrás, la envuelve con sus brazos y la besa en las mejillas. Ella se tensa al principio, pero su rostro transforma esa incertidumbre en paz, agranda los ojos y sonríe. Se sienta frente a ella, le toma las manos y dialogando en silencios, disfrutan de esos momentos.
Esther, judía, fue deportada a un campo de concentración nazi, en el que permaneció hasta la finalización de la II GM. Estuvo en múltiples ocasiones a las puertas de la cámara de gas. Vio como su familia desaparecía. Se fue quedando sola invadida de fantasmas, que anidaron entre sus huesos y su piel. Se casó con un periodista americano con quien tuvo dos hijos, y vivió en Nueva York y Madrid. Toda su vida fue una incansable carrera de obstáculos en la búsqueda de algo que diera sentido a su existencia. Sus hijos la internaron en la residencia, no podían atenderla, y aunque les resultaba doloroso que ella los hubiese borrado de su memoria, la seguían visitando asiduamente. Estas fueron las palabras que María, como médico geriátrico en prácticas, leyó en el informe.
Dejarla allí, sola, en su mundo inexplorable, era lo que más le dolió. Antes de recoger sus pertenencias, descolgó el cuadro de la pared de su despacho, el mismo que sacaba a Esther de su letargo. Y supo que cada tarde, al tomarla de las manos, entrarían juntas en esa habitación con vistas a un jardín.
ATRAPADA EN EL DIBUJO
La mañana prometía más tristeza que lluvia. Sentada en el chiringuito frente al mar, la mujer de cabello blanco cogió un cigarrillo y lo encendió. Acompasada a las olas, se escuchaba la música de un tango, que llegaba a sus oídos como si el sonido lo emitiera una gramola oxidada. Sobre la mesa, un vaso de vidrio, un cenicero y un cuaderno abierto en el que ya no cabían más tristezas, en el que las palabras habían permanecido mudas demasiado tiempo, huyendo del bolígrafo que necesitaba escribirlas.
Los años luchados para encontrar a su hijo, la habían llevado a indagar entre papeles oficiales, sin perder la esperanza, a atender testimonios que orientaran su búsqueda, a participar en manifestaciones. Y mientras el mundo giraba, ella se consumía en ese espacio de sombras. En cada nueva noticia abandonaba las maletas y el alma. Dicen, que los olvidados dejan su recuerdo en sangre. Y sangre era lo que le dejó Videla tras aquel vuelo de muerte. Comprendió, que no recuperaría el cuerpo de su hijo engullido por las aguas del océano que ahora contemplaba, ni le llevaría flores a su tumba. Que nunca escucharía su risa, ni abrazaría a los nietos que no tuvo.
El cigarrillo se había consumido entre sus dedos mientras sus ojos se inundaban del azul. Lo depositó en el cenicero, que seguía llenándose de colillas. Tomó el bolígrafo, quería acabar el último capítulo de esa historia. Durante años su terapia consistió en escribir, desmayándose en cada trazo. En sufrir, vivir y morir al ritmo que le marcaban las palabras y la música de tango.
Hoy, la mujer de cabello blanco anhela renacer. A su hijo no le hubiera gustado verla atrapada en ese dibujo. Dicen, que los amados dejan su recuerdo en lágrimas. Y muchas fueron las noches en las que los retazos de su vida se estrellaron contra el silencio.
Miró su reloj, faltaban pocas horas para tomar su avión. Encendió otro cigarrillo. Colocó el cuaderno y el bolígrafo en su bolso…
Atrás, solo quedaron las cajas etiquetadas en las que había ido guardando retales de su pasado.
© Coral González Vázquez
