Número 33 - Otoño 2025

ANA MARÍA MATUTE AUSEJO Y CARMEN MARTÍN GAITE CIEN AÑOS PARA EL RECUERDO

Por María Dolores Tolosa

En este año 2025 se cumple el centenario del nacimiento de mis dos escritoras contemporáneas favoritas, diré más; de mis maestras, porque he de confesar que desde mis primeras lecturas adultas fueron ellas quienes me atraparon con sus argumentos, haciéndome reflexionar acerca de la vida que me había tocado vivir y poniendo mi sensibilidad a flor de piel al participar de las tramas y empatizar con sus personajes. Más tarde, cuando decidí que mi segunda vida sería la escritura, fue su estilo claro, preciso, natural, capaz de producir ese fenómeno mágico de la transmisión del pensamiento a través de la palabra, lo que me ganó definitivamente para su causa. 

No voy por ello a subestimar a otras autoras y autores que han enriquecido mi bagaje formativo, pero en el escalafón de mis preferencias narrativas estarán siempre Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. Y en el escalafón de la edad, habré de nombrar primero a esta última.

Nacida en Barcelona el 26 de julio de 1925, Ana María era la segunda de cinco hermanos, con un padre, Facundo (como mi abuelo), de ideología conservadora, y una madre, María, fría y distante, lo que influyó en el carácter introspectivo de la niña. A los cinco años, a causa de una enfermedad, sus padres la llevaron para su recuperación a casa de sus abuelos maternos en Mansilla de la Sierra, un pueblo de la Rioja. 

Su vocación literaria se manifiesta desde muy joven, observando la vida cotidiana de Barcelona y de Madrid, donde también se trasladaba la familia con frecuencia, y sus tensiones sociales y políticas, así como rememorando la vida rural y sus gentes en Mansilla. La guerra civil y la posguerra marcarán su adolescencia. La violencia, el odio, la muerte o la pobreza serán constantes que encontraremos en su narrativa caracterizada, igualmente, por la fantasía y el lirismo en contraposición con la crudeza de la vida real, siendo el denominador común la complejidad de la condición humana y el poder de la imaginación, sin faltar dosis de pesimismo aportadas por su propia experiencia vital. 

Sin lugar a dudas, su trayectoria literaria ha sido pródiga en obras y reconocimientos.

Escribe su primera novela, Pequeño teatro, en el 42, con solo diecisiete años, lo que impidió, evidentemente, su publicación llevada a cabo años después. Esta fue también la primera de sus obras que leí y ocupó lugar preferente en mi pequeña biblioteca doméstica.

Los Abel quedaría finalista del Premio Nadal en 1947 y dos años después, en el 49, se presenta de nuevo a este premio con Las luciérnagas, que llegó igualmente a la final, aunque la censura franquista impidió su publicación. No será la única vez que encuentre obstáculos para difundir su obra a causa de los certeros retratos que hace de la sociedad española lo que, naturalmente, incomodaba al régimen hasta el punto de que, en 1972, se le impediría viajar a Niza para asistir a un congreso de Literatura Infantil y Juvenil.

En 1952 gana el Premio Café Gijón por Fiesta al Noroeste, y se casa con Ramón Eugenio de Goicoechea. En 1954 nacerá su único hijo, Juan Pablo. En este mismo año se publica, por fin, Pequeño teatro y consigue el Premio Planeta.

En 1958 recibe, por Los hijos muertos, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura al año siguiente. Ambientada en la guerra civil, la autora, con una prosa rica en metáforas, hace una dura crítica de la hipocresía de la sociedad, defiende la rebeldía ante las normas impuestas y aboga por la moral natural. El Nadal se le otorga en 1959 por Primera Memoria, otro de mis iconos. 

Vuelve aquí el tema de la guerra civil. Tres adolescentes, Matia, Borja y Manuel, comparten vacaciones de verano en una isla, que podría ser Mallorca, mientras España afronta el comienzo de la contienda que la desangrará durante tres años. La protagonista, Matia, recuerda aquella época como una etapa en la que ella se sentía rabiosa, abandonada por su padre al cuidado de su abuela. Poco a poco se da cuenta de que va entrando en un mundo nuevo aliada con su primo Borja y su amigo Manuel por quien siente una atracción especial. El final indeseado de la niñez y la entrada en el mundo adulto suponen, de alguna manera, la pérdida inevitable de la inocencia, tema que la autora gusta de abordar en muchos de sus relatos. Con esta novela se inicia la trilogía, Los mercaderes, que continúa con Los soldados lloran de noche y concluye con La trampa

La observación del mundo rural que la rodeó mientras vivió en Mansilla de la Sierra, le sirvió de inspiración para algunas de sus obras como, Paulina (1960), donde trata la relación de una niña con la naturaleza y con su abuelo; seguramente inspirada o influenciada por la famosa novela infantil Heidi de Johanna Spyri. 

En Historias de la Artámila (1961), una colección de veintidós relatos de diversos temas, nos muestra la crueldad y el egoísmo de los seres humanos. Sus personajes infantiles parecen seres frágiles pero fuertes en su propio universo, que se asoman al mundo adulto sin comprenderlo.

En 1963 obtendrá el Premio Fastenrath de la Real Academia Española por Los soldados lloran de noche, donde reaparecen personajes de Primera memoria. La historia gira en torno a Jeza, un soldado republicano desaparecido, primer amor de Matia, Manuel y Marta. La posguerra con su feroz represión sirve de tema para una compleja trama. Se yuxtaponen aquí pasado, presente y futuro con un lirismo que transforma la novela histórica en una metáfora del mundo de los sentimientos. 

En este mismo año 63 se separa de su marido y las leyes vigentes le impiden la custodia del hijo. El matrimonio fue desolador para la autora, a pesar de su fecundidad literaria. Su marido era un donjuán embaucador y manirroto, que vivía de fiesta en fiesta y se aprovechaba de los demás, de ella en primer lugar que era quien debía sostener a la familia. En una ocasión llegó a empeñar el cochecito de Juan Pablo, diciendo que su esposa podría llevar al bebé en brazos. La gota que colmó el vaso fue en el verano del 62 cuando, estando de vacaciones en Mallorca, vende la máquina de escribir con la que Ana María se ganaba la vida. Ella decide romper definitivamente su relación. Él, enfadado, se lleva al niño a Barcelona y la acusa de abandono del hogar. Ella se refugia en casa del matrimonio Cela. 

Durante tres años visita de forma clandestina al niño, apoyada por su suegra, hasta que consigue demostrar el desentendimiento total del padre y recupera la custodia del hijo. Conoce al empresario francés Julio Brocard. Los tres se trasladan a vivir a Estados Unidos y más tarde a Sitges. Con este hombre, a quien ella llama “el marido bueno”, vivirá treinta años. 

Durante la segunda mitad de los 60 trabaja como lectora en varias universidades de EE.UU. y Europa. 

En 1965, Ana María Matute recibió el Premio Lazarillo por El polizón del Ulises. En esta obra, la autora aborda la ausencia de la figura materna. Su reciente experiencia y su propia infancia que se había visto marcada por una relación poco afectiva con su madre, podría haber motivado en ella la inclusión en sus textos del protagonista huérfano o abandonado.

En 1969 vuelve a retomar el tema de Los mercaderes y escribe, La trampa, la más pesimista de las tres novelas de la trilogía. Ambientada durante la larga posguerra, narra el dolor, la aceptación de la realidad y la venganza. De nuevo es Matia quien nos relata sus vivencias íntimas por medio de monólogos. La historia se desarrolla en un ambiente familiar opresivo, con pocas descripciones, un estudio psicológico de los personajes relatado de forma magistral.

Hay otra trilogía ambientada en la Europa del siglo X. Son libros independientes entre sí, que no solo narran hazañas violentas, desafíos y pasiones, sino que también ahondan en el descubrimiento del mundo y del propio yo. 

En la primera entrega, La torre vigía (1971), conocemos a un joven caballero, hijo de un hidalgo pobre, que emprende un viaje iniciático. De forma autobiográfica, narra las aventuras y desafíos que deberá afrontar y que transformarán su idea sobre el mundo. Por el estilo narrativo me recordaría a nuestro inmortal Don Quijote, y podría decir que es una obra al uso de los antiguos libros de caballerías, donde el protagonista y sus ideales se enfrentan a un mundo lleno de supersticiones, pasiones y violencia.

La depresión la mantendrá alejada de la escritura durante un largo periodo de casi dieciocho años entre los 70 y los 90.

En 1984 obtiene el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil con Solo un pie descalzo. Vuelve aquí la autora al mundo de los niños al que siempre si sintió especialmente inclinada. Gabriela es una niña que suele perder un zapato y, aunque los mayores se enfadan, ella descubre que eso le permite entrar en un mundo mágico al que solo pueden ir los que van con un pie descalzo. 

Es innegable que la fórmula de Ana María Matute para huir de esa realidad cruel o indeseada es adentrarse en la fantasía y el mundo de los sueños y es innegable también que sus personajes tienen ese halo de abandono, incomprensión y lucha contra esa realidad adversa.

Olvidado Rey Gudú, la segunda parte de la trilogía medieval, permanece oculta hasta que es publicada en 1996. Según la propia autora: este es el libro que mejor podría definirla. Se trata de la historia de una saga familiar en un mundo poblado de seres fantásticos. Entre la historia y la filosofía aborda el miedo a la soledad y al olvido. 

En ese mismo año, es elegida miembro de la Real Academia Española, ocupando el sillón K que había ocupado Carmen Conde. El 18 enero de 1998 ingresó en la RAE con el discurso, En el bosque.

Finalmente, cierra el ciclo de literatura fantástica en 2000 con Aranmanoth, un cuento cuyo protagonista es un joven, hijo de un noble y un hada del agua, que emprende un viaje junto a Windumanoth, su compañera. Ambos descubrirán que el amor y la belleza también pueden causar dolor, y que los sueños pueden verse amenazados por la realidad.

En 2007 obtiene el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra. 

En Paraíso inhabitado (2008) la autora describe su propia filosofía de vida: “quien no inventa no vive”. Su protagonista, Adriana, nace en un hogar sin amor y se construye un mundo propio imaginario. Y, por fin, en 2010, llega el galardón más preciado: el Premio Cervantes.

Ana María Matute depositó en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes la primera edición de Olvidado rey Gudú que permanecerá guardado en la cámara acorazada hasta el 26 de julio de 2029. Ha sido la primera escritora en depositar su legado en esta cámara. En el acto de entrega afirmó que ese libro, mágico como la vida misma, era un trozo de sí misma con sus ángeles y sus demonios y por el que le gustaría ser recordada.

La editorial Destino ha publicado un volumen, La puerta de la luna, que recopila sus obras completas para niños y jóvenes con títulos como: Historias de la Artámila, Algunos muchachos, Tres y un sueño, que comprende: La razón, La isla y La oveja negra y otros textos de narrativa breve.

En toda su obra se reconoce en Ana María Matute una preocupación especial por el mundo de la infancia y de los más desfavorecidos, lo que podría definirla como una humanista del siglo XX. Hasta los últimos momentos de su vida permaneció fiel a su vocación literaria y a su estilo de extraordinaria narradora. 

Demonios familiares, del 2014, fue su última novela. La acción se desarrolla en una pequeña ciudad del interior de España en 1936. Los personajes luchan entre los sentimientos de amistad, lealtad y traición en tiempos difíciles e inestables. 

Un infarto de miocardio la arrancó de este mundo el día 25 de junio de 2014, dejando un innegable vacío en las letras españolas.

Con Carmen Martín Gaite me encuentro en un mundo más cercano al mío propio, salvando la diferencia de edad, quizás sea la razón de que sienta con ella una conexión especial. Nace en Salamanca el 8 de diciembre de 1925, hija de José Martín López y María Gaite Veloso. 

Su padre, notario de ideología liberal, no quiso que sus hijas, Carmen y Ana, recibieran educación religiosa en colegio de monjas, como entonces correspondía a las niñas de familias burguesas. Recibieron su instrucción básica en casa a cargo de profesores particulares y de su propio padre, gran aficionado a la Historia y a la Literatura. La segunda Enseñanza la realizaría en el Instituto femenino de Salamanca. 

La familia Martín solía pasar los veranos en una finca de los abuelos maternos, cerca de Orense. De aquí su relación con Galicia y su cultura, que refleja en alguna de sus obras como Retahílas y Las ataduras.

En 1943 inicia sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca donde coincidió con Ignacio Aldecoa, quien también habría cumplido cien años en este 2025.

Carmen hizo del estudio y la literatura su razón de vivir. Colaboró en la revista Trabajos y días, que publicó algunos poemas suyos, y participó como actriz en varias obras de teatro. En el verano del 46 estudió con una beca en la Universidad de Coímbra y en el 48, al terminar su Licenciatura en Filología Románica, obtuvo otra beca para estudiar en el College International de Cannes donde perfecciona su francés y entra en contacto con una cultura y sociedad más abierta que la española.

En 1950 se traslada a Madrid para preparar su doctorado y se reencuentra con Aldecoa, que la introduce en el círculo literario de la llamada generación del 50. Entre sus amigos se encontraban: Mayrata O´Wisiedo, Josefina Rodríguez-Álvarez (conocida a partir de la muerte de su marido como Josefina Aldecoa) y Rafael Sánchez Ferlosio, con quien contraería matrimonio en 1953. 

Abandona la idea de la tesis doctoral para dedicarse de lleno a la literatura. Trabajadora incansable publica cuentos y artículos en revistas, colabora con la RAE en la confección de fichas bibliográficas, trabaja como profesora en un colegio y en la notaría de su padre, que también se había trasladado a Madrid.

Con su marido vive unos meses en Italia. Roma, Nápoles, Florencia y Venecia, serán su contacto con la literatura contemporánea de ese país, destaca la influencia de Cesare Pavese y Natalia Ginzburg, de la que sería traductora.

En el 54 nace, Miguel, su primer hijo, que moriría de meningitis siete meses después. Ese año recibe el Premio Café Gijón por su obra El balneario. Su hija, Marta, nacería en el 56. 

En 1957 se le otorga el premio Nadal por Entre visillos. El ambiente estudiantil de su ciudad se refleja en esta obra, donde hace una velada crítica de los estereotipos masculino y femenino introduciendo, no obstante, unos personajes que se salen del tópico y representan los deseos de cambio. Cuando leí Entre visillos quedé totalmente atrapada por su estilo claro, conciso, narrando lo cotidiano con una naturalidad que me hacía sumergirme en la acción y tomar parte en ella como uno más de sus personajes. 

La rutina de una pequeña ciudad de provincias, posiblemente la suya, el conservadurismo, la hipocresía, ese objetivo de la mujer, el matrimonio, que hace aparecer a las solteras como raras y criticables (solteronas). El hombre, por su parte aparece sometido a sus propias disciplinas sentimentales: el afán de encontrar una novia que convenga debatiéndose entre lo decente y lo pecaminoso.

Estos parámetros los encontramos también en Usos amorosos de la posguerra española (Premio Anagrama de ensayo 1987), una crítica agridulce de la política, la religión, las costumbres y, sobre todo, la educación controlada y sometida a las más estrictas normas de la moralidad vigente, que sufrimos los jóvenes de la generación de los años 50.

Después seguirá Ritmo lento, en el 62, finalista del premio Biblioteca Breve de narrativa. Escribe también literatura juvenil, El castillo de las tres murallas, El pastel del diablo y Caperucita en Manhattan

Cultivó igualmente la crítica literaria, realizó guiones para series de televisión (Santa Teresa de Jesús, Celia) y tradujo obras famosas como Madame Bovary, Cumbres borrascosas, Jane Eyre…

Durante los años sesenta abandona la narrativa de ficción para dedicarse al ensayo y la divulgación, sobre todo de temas históricos. Con Lenguaje y estilos amorosos del siglo XVIII español elaboró su tesis doctoral, que presentó cuando ya tenía 46 años. Su estudio y documentación le animó a escribir, Usos amorosos de la posguerra española.

Se separa de Rafael Sánchez Ferlosio en 1970 y se va a vivir con su hija, la cual moriría de sida en el 85 a los 29 años de edad. Lamentablemente, la vida privada de Carmen Martín Gaite no fue tan afortunada como la literaria.

En 1978 fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Literatura por su obra El cuarto de atrás y en 1988 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 1994 se le otorga también el Premio Nacional de las Letras Españolas.

El cuarto de atrás, que leí en una edición de Planeta De Agostini del año 2000, me dejó absolutamente convencida, si no lo estaba ya, de que Carmen Martín Gaite era mi escritora de cabecera. En esta novela se mezclan el misterio, las memorias, la reflexión sobre la escritura… El personaje del enigmático hombre de negro como interlocutor le da un toque de surrealismo. 

Nubosidad variable (Anagrama 1992) nos habla de Sofía y Mariana, dos antiguas amigas de colegio que han seguido vidas muy diferentes (anodina ama de casa, madre de familia la una y psiquiatra de éxito la otra), pero que tienen en común su gusto por la escritura. Su reencuentro después de treinta años las hace entrar en un proceso de revisión de sus mundos respectivos. 

La reina de las nieves (Anagrama 1994) alude al cuento de Hans Christian Andersen y a través de su imaginaria analogía con Kay, va dando un repaso a la vida de Leonardo, un ex convicto, buscándole un nuevo sentido.

En Lo raro es vivir (Anagrama1996) la autora con su personaje, Águeda Soler, se adentra en el mundo de los recuerdos, de las reflexiones sobre la vida, los sueños, el dolor por la muerte, el amor, todo aquello que nos parece normal y a la vez asombroso porque forja nuestro destino. 

Caperucita en Manhattan (1990) es una recreación del cuento de Perrault trasladado a la actualidad y a Nueva York. Sus personajes son Sara Allen, la niña que vive en Brooklyn y quiere ir sola a Manhattan para llevarle una tarta a su abuela, una antigua cantante de music-hall, Mister Woolf, el pastelero millonario que vive en un rascacielos y Mis Lunatic, la mendiga que vive oculta en la estatua de la libertad y que sale, cual hada buena, por las noches a ayudar a quien pasa por un mal momento.

En todas estas obras he sentido como si la energía creativa de Carmen Martín Gaite fluyera hacia mí creando una especie de vínculo de admiración y deseo de aprendizaje. Yo, que he sido maestra durante 40 años, sé muy bien lo que significa ese vínculo. Sus libros al igual que los de Ana María Matute, ocupan un lugar destacado en mi pequeña biblioteca y podría decir que han sido mi particular catecismo literario. Su estilo directo, la naturalidad de sus diálogos, el detalle de sus descripciones, los temas siempre relacionados con la realidad y los problemas humanos me han enseñado casi todo lo que sé acerca de la escritura en general y la narrativa en particular.

En 2000, a Carmen Martín Gaite se le diagnosticó un cáncer. Falleció en Madrid el 23 de julio de ese año. Vivió, pues, 75 años y dejó un legado que perdurará en nuestra Literatura.

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