Por M.ª Pilar Latorre Arilla
La última vez que supo de ella, le contaron que vivía en el norte, muy al
norte del paralelo de su río. O tal vez nadie le contase nada, pero desde su
último encuentro eso quiso creer.
Él andaría por esa edad en la que los humanos llaman tierna infancia,
cuando un amanecer ella apareció. Nunca tuvo claro si bajó de una nube o
directamente del cielo, solo que, ante la blancura irisada de sus plumas y la
gracilidad de sus patas rosadas, se quedó obnubilado, sin voluntad propia. La
memoria ancestral con la que nació le avisaba que corría un grave peligro, que
en un segundo ella podía cogerlo con su largo pico y llevárselo hacia el nido
donde sus pollos la esperarían hambrientos. Pero la garza, segundos antes de
caer sobre el pequeño cocodrilo, paró su vuelo. Acaso vio tanta admiración en
los ojillos de su posible víctima que no pudo, o no quiso, privarse de tan
rendido admirador.
Desde entonces, la garza volvía cada otoño al mismo lugar fiel a la cita
que mantenía con su enamorado. Sus escarceos amorosos nunca pasaron de
ser un intercambio de tiernas miradas, solo que el último año que se
encontraron, el cocodrilo sintió que le embargaba un deseo irrefrenable de
lanzarse sobre la garza. Un mensaje apremiante de peligro pasó del uno a la
otra. La garza, antes de poner rumbo al infinito, le dedicó una última mirada de
despedida.
El cocodrilo al verla desaparecer en el cielo se sintió aliviado. Posiblemente comprendió que el de ellos había sido uno de los muchos amores que resultan imposibles.
