Por Carlos Manzano

Lo último que me esperaba a estas alturas es verlo aparecer por aquí. No ha

pisado esta casa en no sé cuánto tiempo, años, desde luego, y justo ahora,

después de lo que ha pasado, se le ocurre venir. Siempre ha sido así:

imprevisible e intempestivo. Un impresentable, vamos. Tampoco sé si va a

quedarse mucho tiempo o su visita es meramente circunstancial, una breve

parada en su camino hacia donde quiera que se dirija. Por eso le digo que no

tiene sentido que haya venido a verme, que es muy poco lo que yo puedo

hacer por él. Lejos de desanimarse, me mira y me sonríe, pero no lo hace con

una mueca amable o llena de afecto, sino con un gesto que bien podría

calificarse de sardónico, mordaz, incluso despreciativo. No sé qué has venido a

buscar, prosigo, ni si eres consciente de lo que ha sucedido, pero tu turno ya

pasó. Él no responde, solo se sienta en la silla que hay colocada junto a la

puerta y me mira. Quizá solo pretenda asustarme, pero ya estoy curado de

espanto, no me amedrentan las amenazas, y más en este caso, cuando resulta

evidente que es poco el daño que puede hacerme.

Le insisto para que me diga qué quiere, pero él se limita a mirarme. Espero que

no haya venido a que le dé su parte, tal como están las cosas de poco le iba a

servir, además. Pero a lo mejor no lo sabe o piensa que todavía tiene derecho

a algo. Deberías ser más realista y más objetivo, le digo por si acaso, no me

puedes culpar a mí de tus propios errores. El plan no salió como estaba

previsto, falló, los dos fallamos, no contábamos con que el vigilante iba a ir

armado, no tuvimos en cuenta esa posibilidad y ni se nos ocurrió desarmarlo,

solo que tú tuviste peor suerte que yo. Si hubiera vuelto a por ti habríamos

caído los dos y se habría perdido la pasta. En mi lugar habrías hecho lo mismo.

No es justo que me responsabilices únicamente a mí. Hice lo que habría hecho

cualquiera.

Él, sin romper ni por un momento su escrupuloso silencio, se levanta de la silla

y se aproxima a donde estoy. No te tengo miedo, le digo, aunque la verdad es

que me estoy empezando a acojonar un poco: nunca he vivido una situación

semejante, no entra en el catálogo de circunstancias lógicas de la vida.

Tampoco creo que golpearlo tenga la menor consecuencia; en realidad no sé

de qué modo puedo llegar a él, cómo detenerlo. Así que espero, no hago nada

para frenar su avance, sencillamente aguardo a que se sitúe justo frente a mí y

lo miro directamente a los ojos. No puedes hacerme daño, le digo, tú ya no

estás aquí.

Cuando dirige su mano hacia mí, siento un extraño temblor. Sus dedos no me

tocan, no pueden tocarme, sin embargo, me atraviesan la piel hasta llegar al

corazón. No alcanzan a palpar mis vísceras porque sus extremidades, como

todo él, carecen de entidad física, pero sé que flotan dentro de mi pecho,

percibo su presencia merodeando en mi interior. No puedes hacerme nada,

insisto sin saber si estoy en lo cierto, estás muerto, ni siquiera te encuentras

aquí ahora, te mataron. No soy consciente de lo rápido que me late el corazón

hasta que empiezo a notar la falta de aire en mis pulmones, mi respiración

agitada, la asfixia que casi no me permite hablar. Trato de levantarme de la silla

pero me fallan las piernas. Las palpitaciones van en aumento sin que pueda

hacer nada por evitarlo, es como si el corazón estuviese a punto de estallar. No

debo tenerte miedo porque no existes, me digo a mí mismo más que a él, eres

un puto cadáver.

Quizá sea su mirada lo que más me aterra, sus ojos afilados, sus pupilas

cortantes. Nadie que vuelva del otro lado tiene poder suficiente para hacernos

daño, tú me lo dijiste, todavía recuerdo tus palabras porque en ese momento

me hicieron gracia: los muertos son solo espíritus, decías, carecen de envoltura

física, luego no pueden interactuar con los vivos. Lo recuerdo perfectamente.

Yo me reía de tus tonterías y de tus sesiones con aquel espiritista que te tenía

sorbido el seso, me burlaba de las cosas que me contabas, pero tú insistías, no

creas solo en lo que puedes ver, no creas solo en lo que puedes tocar, hay

más dimensiones, otras magnitudes extrasensoriales, estamos rodeados de

misterio y enigma, y da lo mismo que creas o no, porque te afectará de igual

manera.

Un dolor agudo y terrible se extiende por todo mi cuerpo. Me quedo sin aire. Me

temo que me está dando un infarto. Tu mano sigue dentro de mí, no consigo

librarme de ella, ignoro el modo de expulsarla porque no puedo tocarla, tan solo

siento su presencia, aunque sepa que no es real. El dolor se agudiza, apenas

puedo controlar las náuseas, miles de agujas se clavan en mi pecho, sé que

son tu mano apretando mi corazón, aunque eso no sea posible porque no

puedes tocarme, eres incorpóreo. Ya no me sostengo, me voy a caer, se me

nubla la visión, me duele el pecho como si me estuviesen clavando millones de

flechas puntiagudas, y aun así insisto, tú no puedes hacerme daño, no tienes

entidad, estás muerto, yo vi cómo caías acribillado por las balas, por eso no

puedes estar aquí ahora, eso no es posible…

Avanzo hacia la oscuridad sin ser todavía consciente de dónde estoy. Lo de la

luz que nos guía es una patraña: hay un breve destello al principio, pero

enseguida se apaga. Lo has conseguido, le digo, aunque tal vez él esté en otra

dimensión distinta y no pueda oírme. Un día te probaré que tengo razón, eso

me dijiste, ¿lo recuerdas, maldito hijo de puta? Ahora nadie encontrará el

dinero, nadie lo disfrutará, dos vidas echadas a perder a cambio de nada, solo

para saciar tu sed de venganza, o peor aún, para demostrar que tenías razón,

para hacerme ver que mis risas te ofendían y que en cuanto tuvieras

oportunidad me demostrarías que yo vivía en el error. Siempre has sido un

miserable y ni muerto dejarás de serlo. No eras otra cosa mientras estabas

vivo, un maldito cabrón vengativo, y lo seguirás siendo por el resto de la

eternidad.

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