Una nueva etapa para Imán. Por Mar Blanco Larrosa Reflexión sobre el nuevo rumbo de la revista: su legado, sus nuevos horizontes y la apuesta por una literatura viva, diversa y de calidad.
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04.- FIRMA INVITADA Recuerdo un mito griego. Por Irene Vallejo Moreu Una voz consagrada que nos regala su mirada luminosa sobre el poder de la palabra para unir tiempos, voces y mundos.
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05.- EN PRIMERA PERSONA Entrevista a Raúl Carlos Maícas, director de la revista Turia. Por Mar Blanco Larrosa “Turia es un estímulo constante para seguir siendo optimista acerca del papel fundamental de la cultura.”
La inteligencia artificial ligada a la creación literaria, por Laura Bordonaba.
Antonio Machado: 150 años en la vida y la obra filosófica de un poeta, por Jesús Soria.
Jacque Canales. Antología poética, por Mª José Sáenz.
Lectoras y escritoras. Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024, por Amparo Zacarés.
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07.- FONOTECA ESPAÑOLA DE POESÍA Lenguas minoritarias y tradición oral en Aragón, por Mari Carmen Gascón. Sección viva que recoge y custodia la memoria poética y sonora. Incluye una entrevista en audio a Bizen Fuster por su libro Espurnas de cadiera y fogaril, y un documento multimedia en lengua aragonesa de la poeta María Victoria Nicolás, referente vivo de nuestro panorama lingüístico.
09.- NARRAR EN IGUALDAD Sembrando palabras y premios, por Elena Laseca. Una sección que reivindica la literatura como instrumento de transformación y equidad simbólica.
En el lado oscuro de la cueva se esconde un gorrión templado, por Álex Bona. Despliega una mirada nueva, poética y vibrante sobre la literatura joven que renueva el panorama literario.
¿Te sientes también nubepensador? Monográfico homenaje a Emilio Gastón. Dossier dedicado al poeta, jurista, y “nubepensador” aragonés, coordinado por Mari Carmen Gascón y Mar Blanco, con colaboraciones multidisciplinares que revisitan su universo creativo y su legado ético y poético.
Hoy, Imán inicia una nueva etapa de creación, diálogo y apertura. Una etapa guiada por el amor a la palabra y por la certeza de que la literatura persiste como refugio y acto de resistencia.
Agradezco la confianza depositada en mí al proponerme para dirigir esta revista. Asumir su dirección es, además de un honor y una responsabilidad, una puerta que se abre con respeto y gratitud hacia quienes la hicieron posible desde el principio, y muy especialmente hacia nuestro querido anterior director, Jordi Siracusa, cuyo recuerdo y trayectoria nos acompañan.
Desde esa raíz —como una brasa encendida bajo la ceniza— nace esta nueva andadura: soplando las cenizas de lo cotidiano para rescatar la llama, el fuego de la creación, la vida de la palabra. Imán se ha rediseñado por completo, incorporando secciones que amplían su mirada hacia la juventud, la igualdad y el diálogo entre generaciones. Se adentra en los lenguajes de hoy sin perder su vocación de permanencia. Camina con la calidad literaria como brújula y la diversidad de voces como paisaje: he ahí su identidad presente. En sus páginas conviven escritores consolidados junto a autores que comienzan a construir su voz.
Aspiramos a atender tanto a la tradición como a las vanguardias, abriendo espacios interdisciplinares e integrando nuevas miradas.
En la sección En primera persona, conversamos con Raúl Maicas, director de Turia, cuyo recorrido al frente de esta emblemática revista literaria representa un ejemplo de constancia y devoción por el lenguaje. En La Firma Invitada, la brillante escritora Irene Vallejo nos recuerda, con la elegancia de su pensamiento, que la palabra sigue siendo amparo contra el olvido. La sección La Gaceta mantiene viva la voz de los socios y socias de la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores, porque Imán se mantiene, ante todo, como un espacio de encuentro. En Narrar en igualdad, la literatura se convierte en compromiso, donde las palabras revelan miradas que transforman y cuestionan el mundo. En Voces emergentes, impulsamos a las nuevas generaciones de creadoras y creadores que, con frescura y autenticidad, renuevan el panorama literario. Y en Laberintos literarios, las colaboraciones de este número trazan un mapa de inquietudes contemporáneas donde la creación dialoga con la reflexión.
El Monográfico especial está dedicado a Emilio Gastón —poeta, jurista y nubepensador—, cuya mirada sigue invitándonos a contemplar la vida desde la altura del pensamiento y la imaginación. Seguimos su estela a través de quienes comparten su espíritu: nubepensadores incipientes y maestros en distintas disciplinas artísticas. Este reconocimiento se refleja también en la portada, una obra original del artista del collage y del arte digital José Manuel Ubé.
Nada de lo que aquí late sería posible sin el Consejo de Redacción que me acompaña: un equipo comprometido, plural y sensible, capaz de convertir el esfuerzo colectivo en un territorio fértil de creación compartida. La dedicación de Mari Carmen Gascón, responsable también de la sección Fonoteca Española de Poesía, donde la voz se convierte en memoria viva, ha sido fundamental para este monográfico especial, concebido con su complicidad y la de un selecto grupo de participantes que han hecho posible esta edición.
Cada página de este número ha sido pensada como una zona de confluencia entre generaciones, géneros y miradas; un lugar donde bucear en la otredad. Queremos que Imán inspire, emocione, invite a detenerse, a pensar y a sentir.
Porque, definitivamente, amar la palabra es también un acto de esperanza: cuidar los espacios donde se pronuncia, donde se transforma, donde encuentra sentido. Y en ese amor —imperturbable y apasionado— se sostiene este número: un tejido de voces, una urdimbre entre manos dadivosas, memoria viva y un futuro que ya empieza a escribirse.
Nuestro profundo agradecimiento a todas y cada una de las personas que han respondido con generosidad a nuestra llamada; a quienes no nombro aquí por no extenderme demasiado, pero a quienes invito, fervientemente, a descubrir entre estas páginas.
Y si, como escribió María Zambrano,la claridad no se posee, se habita, este número 33 de Imán desea ser precisamente eso, un lugar habitable para la palabra clara, libre y luminosa. Y qué mejor tarea que, con el lenguaje como herramienta, tejer la luz.
Atraída desde la infancia por las leyendas de Grecia y Roma, Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) estudió Filología Clásica y obtuvo el Doctorado Europeo por las Universidades de Zaragoza y Florencia. En las bibliotecas florentinas nació su ensayo El infinito en un junco (2019), que ha recibido una extraordinaria acogida entre crítica y lectores, convertido ya en un éxito internacional. Además de galardones internacionales como el Prix Livre de Poche en Francia, el Premio Wenjin de la Biblioteca Nacional de China, el Premio Alfonso Reyes de Nuevo León en México, finalista del British Academy Prize o el Premio Henríquez Ureña de la Academia Mexicana, ha sido reconocido en España con el Premio Nacional de Ensayo, el Premio ‘El Ojo Crítico’ de Narrativa, el Premio del Gremio de Librerías, el de las ‘Librerías de Madrid’, el galardón ‘Líder Humanista’, el premio ‘José Antonio Labordeta’, el Premio ‘Antonio Sancha’ de los Editores, el Premio ‘Artes y Letras’, así como el Premio Aragón 2021, entre otros. El fenómeno editorial ha superado las 60 ediciones en España, está traducido a 40 idiomas y se ha publicado en más de 70 países.
Colabora con prestigiosos medios como El País en España, Milenio en México, Corriere della Sera en Italia, Página 12 en Argentina, La Tercera en Chile y El espectador en Colombia, entre otros. Ha publicado las antologías de artículos Alguien habló de nosotros (2017) y El futuro recordado (2020), y ensayos breves como el Manifiesto por la Lectura (2020). Entre sus obras de ficción, destacan La luz sepultada (2011) y El silbido del arquero (2015), peculiar novela histórica con ecos homéricos y virgilianos, también traducida a numerosos idiomas. Ha publicado dos álbumes ilustrados: La leyenda de las mareas mansas (2023) y El inventor de viajes (2024), acercando las leyendas clásicas a los lectores jóvenes. En esa línea destaca la adaptación gráfica de El infinito en un junco al cómic (2024), en colaboración con el dibujante Tyto Alba.
Por otro lado, Irene ha recibido Doctorados Honoris Causa por la Universidad de Colima, en México (2024) y por la UNED y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en España (2025). Además, colabora con proyectos sociales como Érase una voz, que recrea la literatura en los hospitales infantiles, Motete en el Chocó (Colombia), Leer en Salta (Argentina) o la Fundación para las Letras en México.
RECUERDO UN MITO GRIEGO
Recuerdo un mito griego que retrata este misterioso cordón umbilical que nos une al lugar donde nacimos. Anteo era un gigante, hijo de la diosa Tierra, y con solo tocarla sacaba de ella una fuerza extraordinaria: se llenaba de vida. Su madre le transmitía una corriente invisible de vigor. Igual que el secreto poder de Sansón era su melena, el de Anteo era su arraigo. Cierta vez luchó cuerpo a cuerpo con Hércules. El gran forzudo griego solo pudo vencerle levantándolo en vilo y separando sus pies del suelo. Hasta el último aliento, cuenta la leyenda, Anteo buscó agónicamente la caricia de su tierra materna. Sí, en la antigua mitología aprendí que hasta los gigantes agradecen jugar en casa y que todo gran viaje necesita una Ítaca añorada.
En esta última década, he recorrido los caminos y las comarcas de Aragón, trazando rutas zigzagueantes por una recóndita geografía de institutos y bibliotecas rurales, allí donde los clubes de lectura desembocan en el ritual de la tortilla de patata y las croquetas compartidas. Desde los Pirineos al Maestrazgo, entre maestros y bibliotecarias, he conocido a los herederos contemporáneos de los antiguos bardos al amor del fuego. La lectura puede parecer una actividad sedentaria, pero en realidad nos devuelve a la condición nómada y andariega de las buenas historias.
Durante estas peregrinaciones he aprendido que se hace camino al leer, y, a veces, en las carreteras azuladas al atardecer, me he sentido hechizada por las brujas de Trasmoz, o descendiente de aquel viajero somarda, Pedro Saputo, oriundo de Almudévar. En nuestros pueblos, en nuestros barrios, he conocido la hospitalidad desbordante de quienes aman los libros:
Vivimos en una tierra de viento, huellas, desierto y cimas. Lugar de paso y de pasión artística. De gente que resiste, bromea, viaja y crea.
Nuestras palabras aprendieron a volar con el cierzo, son viajeras, buenas conversadoras. Nos lo recuerdan los artistas mudéjares, que inventaron una belleza mestiza en el umbral de dos civilizaciones. Goya, que pintó las sombras del siglo de las luces. Y la irreverencia de Buñuel, que revolucionó nuestros sueños a ambas orillas del océano.
Por esas mágicas alineaciones que a veces suceden en una misma época, en un territorio de pronto favorecido, existe una increíble foto del año 1917 que retrata a los alumnos del Instituto General y Técnico de Zaragoza –hoy Instituto Goya, donde yo estudiaría décadas más tarde–. En esa imagen posan Buñuel, Sender y María Moliner. De Buñuel y Sender se sabe que no se llevaban bien. Los dos eran rebeldes, pero cada uno a su manera. El de Calanda era peleón y pendenciero, mientras que Ramón escribía ya sus primeros pensamientos anarquistas. Todos se vieron obligados a viajar: unas veces, demasiado lejos; otras, en rincones de profundo silencio.
Nuestros vientos desenterraron incluso antiguas ciudades. Pompeya, Herculano y Estabia, vivían olvidadas en su burbuja de tiempo, ceniza y lava, hasta que un zaragozano excavó ese mundo petrificado. El ingeniero Roque Joaquín de Alcubierre pidió permiso al rey para investigar unos eriales donde se habían hallado algunas esculturas. Tuvo que insistir fervientemente para emprender una excavación a gran escala, dada la escasez de herramientas y de personal disponible. Y, así, un fragmento de la antigua Roma emergió ante los ojos maravillados del mundo. La terquedad aragonesa, motivo de infinitas bromas, también es madera de descubrimientos.
Aragón fue pronto paisaje de imprentas y librerías. Zaragoza se cuenta entre las primeras capitales europeas en albergar el invento que cambiaría el mundo. Desembarcaron en la ciudad artesanos flamencos y alemanes, como Mateo Flandro y Jorge Cocci, que editó aquí algunos de los libros más bellos del siglo xvi. Más de ciento cincuenta incunables nacieron de las manos de aquellos maestros, que hicieron arte con láminas iluminadas y el delicado encaje de los tipos, igual que antes los constructores mudéjares escribieron renglones de ladrillo y cerámica en sus muros. Además, las imprentas aragonesas publicaban obras prohibidas en el Reino de Castilla, donde regían normas de censura que no se aplicaron hasta mucho después en la Corona de Aragón. Los libros eran más libres entre nosotros.
A estos pagos hospitalarios con las páginas, han acudido innumerables personajes literarios. Y nosotros, acogedores, les hemos dado incluso lo que no tenemos: siendo tierra interior, regalamos a Sancho Panza una ínsula Barataria en Alcalá de Ebro. En nuestras calles empieza El manuscrito encontrado en Zaragoza, una de las novelas europeas más fascinantes, poblada por bandidos, enamorados endemoniados, almas en pena, conspiradores, impíos y peregrinos.
Librerías, escritores y tejedoras de relatos nunca han faltado en esta tierra. Crecen tenaces, como esas flores que brotan cada primavera en las grietas de los peñascos, destellos en rebelión contra la piedra y contra el invierno. Así revivimos en sus libros los monstruos amables de Javier Tomeo, el duelo amarillo del añorado Félix Romeo, los versos de los hermanos Labordeta y del exiliado Ildefonso Manuel Gil que, en un hermoso poema, pidió a quien lo leyese: “cobíjame en tus sueños/ donde yo velaré mientras tú duermes”. Si cerramos los ojos, escucharemos esas voces que acunan nuestros sueños, esas palabras que no se lleva el viento.
“Turia es un estímulo constante para seguir siendo optimista acerca del papel fundamental de la cultura”
Raúl Carlos Maicas, director de la revista ‘Turia’, con la colección de los ejemplares publicados en 40 años en el IET.Javier Escriche. Fuente: Heraldo de Aragón.
En el panorama de las revistas culturales en España, Turia ocupa un lugar de referencia indiscutible. Bajo la dirección de Raúl Carlos Maicas desde hace décadas, ha sabido conjugar la calidad literaria con la pluralidad intelectual, ofreciendo siempre un espacio donde dialogan géneros y autores diversos.
Nos acompaña desde hace más de cuarenta años defendiendo, quizá, esa soledad fecunda de la que nos habla María Zambrano: “escribir como una manera de hacerse compañía a sí mismo y a los demás”.
Con motivo del premio otorgado por la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores a su trayectoria y labor editorial, conversamos con Raúl sobre el presente y futuro de las revistas literarias, los retos de la edición cultural y el vínculo entre Aragón y la literatura universal. Una entrevista que nos acerca al pulso y a la pasión de quien lleva años construyendo puentes entre personas lectoras y creadoras.
M. Raúl, Turia lleva décadas consolidada como una de las revistas culturales de referencia en España. ¿Cuál ha sido, en tu opinión, la clave para mantener su vigencia y prestigio en un mundo que cambia tan deprisa?
R. El secreto de la revista Turia reside en el ejercicio permanente del mestizaje cultural. Somos independientes, nunca neutrales. De ahí que nuestra apuesta desde 1983 haya sido demostrar que es posible integrar lo diverso, que lo universal y lo local mezclan bien. Nuestra labor ha consistido, en buena medida, en ejercer permanentemente de puente cultural. Nunca hemos abandonado la premisa de construir redes de colaboración creativa y de fomento del pensamiento libre y ajeno a todo sectarismo.
Por otra parte, hemos visibilizado a Teruel, a Aragón, en el mapa de la creatividad artística y literaria en español en el mundo. Y lo hemos demostrado publicando textos, siempre inéditos, de autores de las más diversas procedencias: generacionales, estéticas, ideológicas y geográficas. Me gusta subrayar que nuestra militancia ha sido, en todo momento, la de un cosmopolitismo con raíces.
Quizá el milagro de la longevidad de Turia es el hecho de que se haya convertido en mi proyecto de vida desde que la fundé. En una tarea gustosa, y en un estímulo constante para seguir siendo optimista acerca del papel fundamental de la cultura y la educación en un mundo que cada vez lo pone menos fácil. Sin duda, nunca imaginé que iba a ser capaz de mantener con buena salud de contenidos una revista durante casi 43 años.
M. Cuando comenzaste esta aventura editorial, ¿qué sueños o necesidades culturales buscabas cubrir? ¿Se parecen a los de hoy?
R.Turia fue una apuesta personal de un joven universitario que decidió, a diferencia de la mayoría de sus compañeros de entonces, quedarse en Teruel e intentar contribuir a cambiar el panorama, a dinamizarlo, a fomentar la creatividad, la investigación y la divulgación cultural.
Hoy como ayer, hemos tratado de demostrar que hay vida en España más allá de Madrid y Barcelona, las dos grandes capitales de nuestra industria cultural. Y todo ello lo hemos conseguido desde un territorio entonces invisible y con un proyecto que parecía un reto inalcanzable: hacer cultura universal desde una suerte de isla ubicada en el interior de España llamada Teruel. Podría decirse que, lo ocurrido con Turia, es un digno episodio surrealista. No hay duda: somos hijos pródigos de Luis Buñuel, nuestro santo patrón laico. Y, como él, hemos recorrido el mundo, hemos incorporado a más de 1.500 autores a nuestros sumarios pero sin olvidarnos nunca de nuestros orígenes.
Turia surgió con la democracia y, en aquellos felices y creativos años 80. Fue una época en la que surgieron proyectos similares de revistas periféricas, pero nunca localistas ni ensimismadas. Al contrario, fueron revistas plurales y atractivas, como “Los Cuadernos del Norte” que dirigía Juan Cueto en Asturias y otras. Sin embargo, hoy apenas quedamos “Barcarola” en Albacete y nosotros de aquella etapa tan fructífera para las revistas en papel.
Respecto a los sueños y necesidades, siempre subrayo que el nombre elegido para la revista no fue casual: nuestro espíritu era y sigue siendo regeneracionista, comprometido, transformador. Como lo fue aquella “Revista Turia” que surgió en Teruel en el siglo XIX. Una publicación que se subtitulaba de “ciencias, letras, artes e intereses generales”, que tuvo vida breve pero que para mí fue todo un ejemplo a seguir. Fomentar buenas lecturas para buenos lectores es, quizá, el mejor eslogan que define toda nuestra trayectoria y el que guía nuestro porvenir.
M. En la era digital y de la inmediatez, ¿Qué papel siguen desempeñando las revistas literarias? ¿Por qué crees que son necesarias?
R. En Turia apostamos por una cultura que se sitúe más allá de las modas efímeras, que permita redescubrir a autores injustamente olvidados o ninguneados en el ayer, que amplíe el marco de referencias, de lecturas, de intereses. Que alimente de ideas, relatos, emociones y conocimientos a todos aquellos ciudadanos que lo necesitan.
Frente a la concentración en unos pocos nombres propios, apostamos por la diversidad. Por eso nos gusta fomentar la creatividad de todos aquellos que generan una literatura sin fecha de caducidad. Es decir, apostamos por autores que merecen la pena, que elaboran textos inéditos atractivos, sugerentes, que nos hacen pensar.
Turia nunca ha sido una revista de usar y tirar. Por su propio formato y por el diseño de sus diez secciones, aspira a permanecer siempre accesible a los lectores, ya sea en sus bibliotecas particulares o en las públicas. O, como ocurre ya desde hace ya trece años, en nuestra versión digital.
Sin duda, el presente y el futuro de este tipo de publicaciones especializadas pasa por una oferta de contenidos de calidad y que resulten accesibles tanto en formato digital como en papel. En nuestro caso, la gran asignatura pendiente es la renovación de la web. Si conseguimos la financiación necesaria para lograrlo, nos gustaría que Turia se transformase en una plataforma que ofrezca lecturas tanto gratuitas y en abierto como de pago por suscripción. Eso nos permitiría mayor difusión, llegar a nuevos lectores y generar más ingresos que aliviaran nuestra perenne precariedad económica.
M. Al frente de un proyecto de largo recorrido como Turia, ¿Cómo se equilibra la labor de director entre la visión literaria y la gestión práctica (financiación, difusión, coordinación)?
R. Editar Turia ha sido y es un reto personal en el que, afortunadamente, siempre he encontrado grandes y valiosos colaboradores. Por ejemplo, sin el apoyo del escultor Pablo Serrano aquel joven agitador cultural de 21 años que fui nunca habría conseguido un primer respaldo económico institucional del Ayuntamiento de Teruel y del Ministerio de Cultura. Luego, durante más de dos décadas, la aportación de la escritora zaragozana Ana María Navales fue fundamental. Y no sería justo no recordar también el papel de Juan Domínguez Lasierra en aquella etapa.
Hoy en Turia existe un consejo de redacción tan leal como capacitado, contamos también con un secretario tan polivalente como fundamental, y con un amplísimo elenco de autores que son nuestra mayor fortaleza. Además, tenemos la cobertura administrativa, de personal y legal de nuestra entidad editora: el Instituto de Estudios Turolenses.
Junto a dicho respaldo, existen todo un conjunto de mecenas públicos y privados. Algunos estables, como el Ayuntamiento de Teruel, el Gobierno de Aragón y la Caja Rural de Teruel, y otros que se incorporan puntualmente en función de cada monográfico. Y, como no puedo olvidarme de lo fundamental, subrayaré el respaldo económico de los propios lectores de Turia a través de la suscripción, que es una suerte de micromecenazgo.
Hacer Turia durante más de cuatro décadas ha sido, para mí, una suerte de sacerdocio. Las horas que le he dedicado son tan incontables como fértiles. Y me han permitido conocer y tratar a un número amplísimo de personas. Por ejemplo, en el número cero, allá por 1983, descubrí al genial Javier Tomeo. Tampoco olvidaré nunca el apoyo constante de Soledad Puértolas, Luis Mateo Díez, Mercedes Monmany, Manuel Rico, Javier Gomá, Luis Landero, José María Conget, Agustín Sánchez Vidal o Enrique Andrés Ruiz, por citar sólo a algunos de los nombres propios más conocidos de ese nutrido catálogo de afectos y amistades.
Recuerdo con nostalgia y aprecio sincero al cineasta y escritor José Luis Borau, que tenía una biblioteca magnífica y que siempre estuvo orgulloso de ser lector y suscriptor de la revista desde nuestros orígenes. Además, gracias a él pude conocer personalmente a Mario Vargas Llosa, de quien era buen amigo y con el que pasé una tarde inolvidable hace ya muchos años en su domicilio madrileño. Siempre cuento que ambos nos dedicamos, con dos años de antelación porque su agenda era abrumadora, a preparar un monográfico en honor del que luego iba a ser justo Premio Nobel de Literatura. Y, entre los episodios más recientes, hay que citar el éxito abrumador de nuestro número dedicado a Kafka que presentamos en la BNE o la multitudinaria presentación en Barcelona de nuestro monográfico sobre Eugenio Trías, que tuvo lugar en junio de 2024. Lograrlo fue un chute de energía porque llevábamos 16 años de ausencia de actos públicos en esa ciudad y, además, tuvimos como brillante maestro de ceremonias a Ignacio Martínez de Pisón. En fin, la lista de gratas experiencias y complicidades conseguidas por Turia sería muy larga.
Por otra parte, resulta maravilloso ver el éxito actual de autores a los que apoyamos cuando empezaban. De hecho, uno de los tesoros que más me enorgullecen es poseer una base de datos propia con más de 7.000 contactos de gentes de la cultura de todo el mundo.
Viéndolo con la perspectiva de los años transcurridos, puede decirse que gestionar Turia es una pasión que me retroalimenta. Que me da la energía suficiente para ser, cada día, una especie de hombre orquesta y de no desfallecer frente a las adversidades. No es sencillo combinar la programación y selección de contenidos con la gestión de unos recursos limitados. Pero hay aventuras, como la que supone editar esta revista, que dan sentido a la vida de quienes la promueven. De hecho, ahora que mi salud ya no es la que era, Turia es el mejor estímulo que encuentro para seguir luchando contra la enfermedad. Me da vida.
M. Nuestra Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores ha querido reconocer tu trayectoria otorgándote su premio anual. ¿Qué significa para ti este galardón, viniendo además de compañeros de tierra, oficio y pasión?
R. Todo premio anima a seguir trabajando. Más aún cuando se trata de un reconocimiento otorgado desde tu entorno. Y es que, repasando por ejemplo la lista de monográficos, se comprueba fácilmente nuestro permanente interés por los autores aragoneses, por su proyección y por su reivindicación en el panorama de la literatura en español.
Sin embargo, y hay que ser realistas, nuestra tarea no es ni ha sido nunca fácil. Al contrario, vivimos instalados aún hoy en la precariedad económica. Por desgracia, es un síntoma común a muchas empresas culturales en España. En nuestro caso, sólo la suma de apoyos públicos y privados, de la financiación de las instituciones y ciudadanos a través de sus suscripciones, consigue que cada cuatro meses aparezca milagrosamente un nuevo sumario de 500 páginas de textos inéditos y retribuidos a sus autores. Y que mantengamos también una versión digital con más de 15.000 seguidores en Facebook o de 6.000 lectores mensuales en nuestra web.
M. Aunque Turia tiene una proyección nacional e internacional, siempre ha mantenido su fuerte vínculo con Aragón. ¿Cómo has cultivado esa raíz local sin renunciar a la apertura global?
R. Siempre he defendido la tesis de Octavio Paz de que “la cultura es un mar sin orillas”. En Turia no nos gustan ni las fronteras que separan ni las etiquetas que excluyen. Pero tenemos raíces y nunca nos hemos olvidado de ellas. Buena prueba es que, de las diez secciones en las que se estructura la revista, dos de ellas tienen un contenido exclusivamente aragonés. Eso sí, en el resto de secciones practicamos sin disimulos una apuesta rotunda por la calidad literaria, más allá de la procedencia de los distintos autores y de su mayor o menor fama. Lo que nos importa es la calidad de los textos inéditos que publicamos, no la celebridad de sus creadores. En cualquier caso, siempre hay en torno a un 35% de autores en cada sumario de procedencia o residencia aragonesa.
M. ¿Qué criterios sigues para dar espacio a autores emergentes? ¿Cómo equilibras la publicación de nombres consagrados con la apuesta por voces nuevas?
R. Turia no es una revista que apueste sólo por los grandes autores, por aquellos creadores de trayectoria reconocida y contrastada. Al contrario, siempre hemos integrado a los nuevos nombres que surgen en el panorama cultural. Y, en estos tiempos de globalización tecnológica, si tienes apertura de miras y curiosidad insaciable, no es misión imposible incorporar a autores que merezcan la pena procedentes de cualquier parte del planeta. Y no sólo estoy hablando a nivel de los contenidos literarios, sino de aquellos que enriquecen gráficamente la revista.
Es cierto que, en todos los sumarios podemos encontrar autores laureados con premios Nobel, Princesa de Asturias u otros galardones de primer nivel tanto nacional como internacional pero, junto a ellos, siempre tendrán cabida aquellos que empiezan a dar muestras de su valía.
Por ejemplo, hemos publicado a Mario Vargas Llosa, a Wislawa Szymborska o a Claudio Magris, pero también apostamos en su momento por autoras que, años más tarde, se han consagrado como Sara Mesa o Pilar Adón.
Hemos contado igualmente con la creatividad artística de Antonio Saura, Ramón Gaya, Chema Madoz, Isidro Ferrer o Rodney Smith pero, junto a ellos, me gusta apoyar la valía de un joven ilustrador turolense radicado en Barcelona como David Sancho, que obtuvo una de las últimas ediciones del prestigioso premio de diseño Salamandra Graphic, convocado por una de las editoriales del todopoderoso grupo multinacional Penguin Random House.
Esa fértil mezcla entre consagrados y emergentes es uno de nuestros signos de identidad. Porque uno también fue, hace ya demasiado tiempo, un joven con inquietudes y sé bien lo importante que resulta, para crecer y visibilizarte, gozar del apoyo de quienes ya cuentan con una trayectoria acreditada. Unos y otros alimentan, sin duda, el prestigio de Turia en los medios culturales y literarios en español.
M. Clara Janés dice que “la memoria no es un álbum de recuerdos, sino un tejido vivo que se renueva con cada mirada”. Si nos detenemos en este tramo del camino y miramos hacia atrás, ¿qué momentos destacarías? ¿Queda algo pendiente para completar ese telar de vivencias? ¿Qué anécdota memorable de tu extensa trayectoria te gustaría compartir?
R. En la ya larga singladura de la revista Turia, hay momentos inolvidables. Por ejemplo, entre los más recientes me gustaría subrayar el ingreso en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, esa cámara acorazada que reúne los legados de los grandes de la cultura española. Es la primera vez que una iniciativa cultural turolense lo consigue. Impresiona ver que tu legado quedará ya unido, para siempre, en el mismo lugar que los de los autores galardonados con el Premio Cervantes o junto a la mítica Revista de Occidente, que fundara José Ortega y Gasset y que sigue publicándose hoy al amparo de la Fundación Ortega-Marañón. Siente uno, al ver esa caja de seguridad con el nombre de Turia, que ha merecido la pena toda una vida entregada a demostrar que es posible hacer cultura universal incluso desde Teruel.
No menos importante fue, porque se otorgó en un momento muy crítico para la continuidad de la revista, el que en 2002 el Gobierno de España nos concediera el Premio Nacional al Fomento de la Lectura “en reconocimiento a su dilatado y valioso ejercicio de pluralidad e integración cultural”. Y también agradezco el que, en el momento de cumplir con nuestro 40 aniversario, el Gobierno de Aragón decidiera otorgar a Turia su máxima distinción institucional, el Premio Aragón. Ilusiona que, entre las motivaciones del jurado, estuviera el reconocimiento al hecho de que la revista se haya “convertido en un elemento simbólico para la cultura aragonesa contemporánea, en proyecto esencial de las letras españolas en las últimas décadas”.
Pero, quizá, el mejor premio, el que uno más aprecia para seguir adelante, es el apoyo constante de autores y lectores que detectamos en nuestras multitudinarias presentaciones por toda la península ibérica y más allá. O el dato de que muchos de nuestros monográficos se hayan agotado. Porque Turia no sólo ha llenado el salón de actos de la Biblioteca Nacional de España o el del Instituto Cervantes, ambos en Madrid; o el Palau Macaya, La Pedrera o el Museo Picasso en Barcelona, o el IVAM en Valencia. Emociona saberte querido cuando hemos dado a conocer nuestro trabajo cultural en ciudades como Nueva York y Lisboa, en Lima o en Ciudad de México. En esas ocasiones comprueba uno, con alegría, lo acertado que estuvo Miguel Torga cuando afirmaba que “lo universal es lo local sin fronteras”.
M. Para finalizar, y como directora de Imán, no me resisto a pedirte que nos des una clave para esta revista literaria que inicia una nueva etapa de rediseño y renovación.
R. Para cualquier empeño vital, ya sea para impulsar una revista cultural/literaria o para otros retos personales y colectivos, siempre me parece básico tener pasión por lo que haces/impulsas. A ese ingrediente básico, le añadiría capacidad de ilusionar a otros con tus proyectos. Además, se deben afrontar las tareas con la suficiente dosis de complicidad con tu entorno, de libertad y de constancia, si queremos vencer las dificultades inevitables a toda aventura humana. Máxime si se trata de un proyecto creativo/compartido.
Escuchar a Raúl Maicas es comprender que una revista literaria no es solo un medio de difusión, sino también un lugar de encuentro, un refugio para las palabras y una forma de resistencia cultural. Su ejemplo al frente de Turia nos invita a seguir trabajando con ilusión, con la certeza de que el lenguaje es, ante todo, un puente tendido hacia los demás.
Decía José Ángel Valente que “la literatura no es un adorno de la vida, sino una forma de vida, un modo de estar en el mundo”. Y esa verdad fluye en la senda de Raúl, en su empeño constante por alimentar las orillas donde la palabra aún tiene sentido, donde el pensamiento se detiene y respira.
Desde Imán le damos las gracias por ese compromiso vital, por mantener abierto el horizonte literario y por recordarnos con su empeño constante que alumbrar la escritura es, también, otra manera de seguir soñando esa realidad en la que la literatura se abre paso como un río de claridad, transformando cuanto toca.
Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación, escritora y crítica de arte. Forma parte del grupo internacional de estudios sobre Vico con sede en la Universidad de Sevilla (US). Pertenece a la Associació Valenciana de Crítics d´Art (AVCA). Ha ejercido como docente de Estética y Teoría de las Artes en la Universitat de València y en la Universitat Jaume I de Castellón de la Plana. En la actualidad preside la Asociación Clásicas y Modernas, Asociación para la Igualdad de Mujeres y Hombre en la cultura que colabora directamente con el Observatorio de la Igualdad del Ministerio de Cultura.
Apreciar estéticamente las obras que surgen de la imaginación, es algo constitutivo de las personas por su condición peculiar dentro de la escala animal. Es cierto que esta facultad no es utilizada ni está desarrollada por igual, pero, en mayor o menor grado, todos los seres humanos pueden emocionarse al escuchar música, asistir al teatro o leer una novela. Otra cuestión diferente es exigir universalidad a la valoración estética, dada la base empírica y la diversidad cultural sobre la que se conforman los gustos. Esta dificultad no tiene que entrañar necesariamente un motivo de fricción o conflicto, pero, por lo general, esperamos un consenso de gusto que valide el nuestro. Nos cuesta que nos lleven la contraria y llegamos incluso a exasperarnos si no se admiran los estilos artísticos y artistas por quienes sentimos predilección. Así que, quizás, los juicios estéticos serían más compartidos si se enunciaran de manera menos universal, tuvieran en cuenta a un sujeto situado y no estuvieran sometidos a la estrechez de miras que marca el canon literario habitual.
Han Kang de Corea del Sur, Premio Nobel de Literatura 2024, en la conferencia de prensa durante la semana del Premio Nobel 2024 en Estocolmo, Suecia. John Sears, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
La virulenta campaña de desprestigio que sufrió el año pasado la surcoreana Han Kang al ser galardonada con el Premio Nobel de Literatura de 2024, ilustra bien esta situación. De ella se dijo que era una escritora con apenas obra publicada y poco conocida, cuando en realidad lo que sucedía era que no había sido traducida y, en consecuencia, resultaba desconocida fuera del continente asiático. En la actualidad, es una mujer madura que cuenta con una dilatada trayectoria literaria, que ha dejado atrás sus obligaciones como periodista y docente y que se dedica únicamente al oficio de escribir. Pero, aun así, la trataron como una advenediza de las letras e infravaloraron las historias extrañas que inventa y con las que critica el consumismo desenfrenado y la violencia patriarcal de Corea del Sur.
En Occidente su nombre alcanzó popularidad cuando recibió en 2016 el Premio Man Booker International de ficción por su novela «La vegetariana» que había sido publicada en 2007 por primera vez. Su protagonista decide un día dejar de comer carne y de cumplir con sus deberes tradicionales de esposa. La joven Yeonghyne es un cuerpo que se niega a ser tratado como los otros cuerpos y que siente que todos los árboles del mundo le parecen hermanos. Su resistencia a incorporarse al engranaje vertiginoso de un modo de vida irracional, discurre en una atmósfera surrealista en medio de imágenes potentes y frases sugerentes no exentas de cierta belleza lírica. En la trama sobresale la calma y convicción de una odisea personal que es capaz de perturbar la esencia virulenta e irracional que impera en el país de origen de la escritora.
No es extraño, pues, que fuera incomprendida en Corea y que comenzara a ser valorada tardíamente cuando los elogios le llegaron desde otras culturas y lenguas a las que su obra había sido traducida. Con todo, este libro que a nivel internacional fue considerado uno de los mejores de 2016, es exquisito e impertinente y curiosamente, (¿por qué será?), gusta más a las lectoras que a los lectores. El tríptico de voces que hablan en la novela (el marido, el cuñado y la hermana) pueden hacernos entender quiénes somos y el tipo de sociedad que hemos construido. Por eso mismo, no hay que desestimar la capacidad de los personajes literarios para autocomprendernos y hacernos reflexionar.
Zaragoza, 1976. Licenciada en Documentación y trabaja desde el año 2002 en la Biblioteca Universitaria de Zaragoza.
Ha ganado diversos premios literarios en Aragón, entre ellos el Primer Premio en el XIII Concurso de Literatura Joven en 2006 y el II Premio Literario de Narrativa Corta del Consejo Social de la Universidad de Zaragoza (2021). Ha impartido talleres de literatura y ha sido colaboradora en la revista literaria Granite & Rainbow (entre 2012 y 2014) y columnista de opinión en los medios Cierzo Digital, Heraldo de Aragón y El Periódico de Aragón. Es autora de los libros de relatos Sobreexposición (Pregunta, 2014) y Polar (Pregunta, 2016; 2.ª ed., 2017) y ha participado en las antologías Los Borbones en pelota (Olifante, 2015), Hablarán de nosotras (Los libros del gato negro, 2016), La mística (Olifante, 2016), Enjambre (Comuniter, 2018), Mujeres a la orilla del Ebro (Apache, 2019), De bares y mujeres (Pregunta, 2021) y De mujeres y monstruos (Apache, 2022).
Cuando Mar Blanco me llamó para hacerme el ofrecimiento de escribir un texto para esta revista, comentamos que a las dos nos parecía muy interesante el tema de la Inteligencia Artificial ligada a la creación literaria. Decidí enfocarlo de manera personal, relacionándolo con el viaje del que acababa de regresar.
¿Puede la IA crear un texto literario que imite una experiencia personal, por ejemplo, en este caso, un viaje? Sí. Pero ¿queremos que lo haga? ¿Por qué privarnos del gusto de escribir ese paseo y toda su configuración intelectual y sentimental que luego se traslada a un texto?
Quizás la IA será cada día poderosa, más barata e invisible. Hemos explorado las enormes ventajas que esta tecnología puede aportar a nuestras vidas en términos de optimización de recursos y ahorro de tiempo. Pero tampoco podemos obviar la llamada cesión cognitiva. Reparar en todas las veces que hemos dejado de escribir a mano para ordenar nuestras ideas, o de darle el toque personal a un texto. Las veces que nuestra imaginación y creatividad no se han puesto a prueba.
Acabo, como decía antes, de llegar de un viaje por tierras del sur de nuestro país, con la riqueza que estas jornadas de largos paseos y visitas me han sugerido. Porque en cada paso dado algo me ha conectado con otra imagen, con otro recuerdo. Algunos borrados, no sé si a voluntad, o por mero pasar del tiempo. Otros, ni siquiera sé si corresponden a algo que ocurrió o a algo que mi mente ha manipulado por pura supervivencia. O me han llevado a otra imagen, otro texto, creando una red neuronal intransferible. Llegados a este punto, no puedo estar más de acuerdo con esto que dice Andrea Vizcaíno:
“La mímesis que emerge de la IA no termina de cuajar en una verdadera capacidad de creación artística.” “El creador tiene nombre, tiene carne y tiene historia.”
Sin embargo, también es de justicia citar a otros autores que valoran otra perspectiva: Andy Clark y David Chalmers proponen la Teoría de la Mente Extendida, sosteniendo que la mente se extiende más allá del cerebro o del individuo e incorporando la interacción con el entorno y las herramientas externas. Si aplicamos esto a la generación de contenido mediante IA, esta puede considerarse una extensión de la mente del creador. Otros autores en la misma línea, como Atkinson y Barker, destacan que la IA actúa como una “mente extendida” que colabora con los humanos para mejorar su capacidad creativa, facilitando tareas, generando ideas y procesando datos masivos.
Tenemos que pararnos a pensar si el verdadero riesgo no es la máquina en sí, sino el capitalismo que puede acabar por mercantilizar el lenguaje y transformar al sujeto creador en consumidor pasivo. En este contexto, la IA aparecería como una herramienta de desubjetivación que amenaza con vaciar la experiencia estética de lo humano.
Frente a esta posibilidad Andrea Vizcaíno propone dos vías de escape:
Las escrituras transpersonales, inspiradas en autoras como Cristina Rivera Garza y Annie Ernaux, que apuestan por una poética de la desapropiación, el trabajo colectivo y la comunalidad, desafiando la lógica de la propiedad autoral.
La estética de lo cotidiano, que reivindica lo sensorial, lo íntimo y lo inapropiable como espacios de resistencia frente a la imitación algorítmica.
Y aquí, es donde se deslizan algunas fotografías mentales de estos días que me han conectado y se han sumado para que de este viaje vuelva siendo yo y siendo otra. He hecho una pequeña prueba con Copilot, una herramienta de IA generativa, para ver cómo daría forma a un texto sobre un supuesto viaje por Málaga y Sevilla, dándole algunas indicaciones precisas. El resultado es factible, funcional, pero también lleno de lugares comunes e imágenes que parecen demasiado prefabricadas. Hay algo vivencial, espontáneo y sensitivo en lo humano que creo que todavía no es posible trasladar a un texto. Pero vuelvo a la carga, ¿queremos que lo haga, queremos que nos imite? ¿Por qué querríamos dejar de revalorizar lo humano en el proceso creativo artístico?
¿Qué implicaciones tiene que la inteligencia artificial sea capaz de mimetizar la creación literaria?, ¿qué elementos de esta apropiación resultan preocupantes y por qué?, ¿cuáles son los posibles caminos para la desapropiación?
Hay detalles del viaje que la IA no podría inventar, porque no ha estado allí. La profunda energía y concentración que se creó en la conferencia sobre antiheroínas y villanas que impartieron Elisa McCausland y Elisabetta Di Minico en el contexto de la Comic Con en Málaga, acercando las figuras de Wonder Woman y Jessica Jones desde un punto académico y la vez sumamente personal y que generaron preguntas tan íntimamente ligadas a las experiencias personales de los oyentes que no lo creo capaz de imitar por una IA a día de hoy. O la charla que mantuvimos con uno de los taxistas que nos llevó al recinto, comunista militante de los de antaño, que nos contó cosas de la ciudad a nivel político y personal que la IA no podría conocer. El paseo por Huelín, con las señoras con hamacas a la fresca de la calle que a mí me recordó al barrio de Las Fuentes. El impacto del silencio en el CAAC sólo roto por los pájaros, que me hizo pensar en un día en que visité un monasterio con el que fantaseé en vivir una temporada. O una de las exposiciones del artista Kader Attia, que me hizo pensar en cómo en mi hotel de Fez me despertaba el llamamiento a la oración que se escuchaba desde una mezquita cercana.
Profesor de secundaria, doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada con la tesis doctoral “Las huellas de la modernidad en la poesía contemporánea”. Fue miembro de Eclipse, forma parte de El pollo urbano, escribe también reseñas y columnas de opinión en Heraldo de Aragón. Colabora en Aragón Radio en La torre de Babel, con una sección dedicada a la poesía.
Como poeta ha publicado The End, (Primer premio Poesía Delegación del Gobierno en Aragón), (Zaragoza, Aqua, 2008), Diccionario del tiempo (Toledo, Lastura, 2017), Diario de Oceanía (Zaragoza, Los bigotes del Potemkim, 2017), Sum(ido) 366 (Ediciones en Huida, Sevilla, 2018) y The End interludio (Zaragoza, Los libros del gato negro, 2023) y Metasilencio, (Verbum, 2024).
Antonio Machado fue un creador polifacético con una apasionante vida: poeta, autor de teatro, bohemio en París, un filósofo que estudió en la Sorbona, asistiendo a las clases de Bergson, un activista social que se posicionó junto a los desfavorecidos.
Se cumplen 150 años de su nacimiento. Vamos a a abordar los temas poéticos y filosóficos que fueron tratados en su producción literaria.
La lírica de Antonio Machado se centró en el misterio interior y atendió, como señaló Rafael Lapesa (1977: 238-39): “sobre todo a los recovecos de la propia alma. […]Es cierto que ya en los primeros libros están presentes los problemas fundamentales de la existencia humana -muerte y supervivencia, el universo como quietud armónica o como fluir incesante, busca de Dios entre la niebla, vieja angustia que acompaña inseparablemente al hombre”. (Lapesa, 1977: 238-239).
Un símbolo de esa búsqueda de respuestas existenciales es, por contraposición a la sed, el agua, que representa cuanto puede saciar anhelos e inquietudes, cuanto puede calmar la angustia del vivir humano: “¿Eres la sed o el agua en mi camino?”. La filosofía de Bergson le llevó a la conciencia del tiempo, este es devenir, transcurrir, su finitud le conduce a la angustia, es ahí donde nace la necesidad de buscar un orden trascendental que sustente su obra. Se alterna en su obra la crítica a la religiosidad superficial, el anticlericalismo, con cierta sed de Dios, con la necesidad de que la eternidad sea la respuesta al final de la vida, la posibilidad de que tras la muerte el “ser” no desaparezca. Es un Dios al que busca entre la niebla de dicho tormento. Lo anhela con el corazón, aunque la cabeza lo niegue, rasgo este que lo emparentan con el pensamiento literario de Unamuno, con quien tuvo una amistad y que tuvo una influencia destacada en el poeta sevillano:
Daba el reloj las doce… y eran doce
golpes de azada en tierra…
– ¡Mi hora! …-grité. El silencio
me respondió:-No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera. (Soledades, galerías y otros poemas).
Hay una búsqueda continua de las realidades interiores, se viaja en sus versos al interior, al alma que en algún poema se llega a describir. Se nos adentra en los laberintos de su ser. El yo quiere conocer los secretos del pasado, las verdades ocultas, lo que queda escondido en las galerías, en esas zonas subterráneas que guardan el sentir, su dolor, los recuerdos y vivencias olvidadas. El poeta descifra el misterio, su tarea es casi mística, sagrada, esa verdad oculta solo está revelada a quien buscan en lo “Secreto”:
Leyendo un claro día
mis bien amados versos,
he visto en el profundo
espejo de mis sueños
que una verdad divina
temblando está de miedo,
y es una flor que quiere
echar su aroma al viento.
El alma del poeta
se orienta hacia el misterio.
Sólo el poeta puede
mirar lo que está lejos
dentro del alma, en turbio
y mago sol envuelto.
En esas galerías,
sin fondo, del recuerdo,
donde las pobres gentes
colgaron cual trofeo
el traje de una fiesta
apolillado y viejo,
allí el poeta sabe
el laborar eterno
mirar de las doradas
abejas de los sueños.
Poetas, con el alma
atenta al hondo cielo,
en la cruel batalla
o en el tranquilo huerto,
la nueva miel labramos
con los dolores viejos,
la veste blanca y pura
pacientemente hacemos,
y bajo el sol bruñimos
el fuerte arnés de hierro. (Primer poema de Galerías)
El recuerdo es uno de los temas de su creación. Recuerda en un sueño a su mujer Leonor, en otro texto recuerda cuando caminaba con su madre de la mano. La infancia amada, a la que siempre regresa y el recuerdo, el afán de regresar a lo que se vivió, siempre quedan en su alma, en sus galerías del interior en las que se quiere adentrar:
Galerías del alma… ¡El alma niña!
Su clara luz risueña;
y la pequeña historia,
y la alegría de la vida nueva…
¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!
Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre… Y caminar en sueños
por amor de la mano que nos lleva. (poema de Campos de Castilla).
El fantasma aparece en algunos versos, es el miedo, la angustia ante la muerte y ante la idea de que la vida no alcance el sentido vital que el poeta anhela. Como afirmó Sesé (2005) hay en algunos pasajes de su obra un canto de encantamiento de este fantasma personificado que representa ese miedo ante el vacío, por lo que se interpela a la soledad, al dolor interior
¡Oh soledad, mi sola compañía,
oh musa del portento que el vocablo
diste a mi voz que nunca te pedía!
Responde a mi pregunta ¿Con quién hablo?
¿A quién dirige esta interrogación? ¿es a la sombra, al miedo, a lo más oscuro de sí mismo como decía Jung? Esa invisible compañera es un fantasma sin nombre que parece conocerle muy bien. Esta figura misteriosa tiene ciertas concomitancias con la musa-compañera que se citaba en Soledades, con sus máscaras y con el mismo misterio, que grita en los silencios de su intimidad:
Ausente de ruidosa mascarada,
divierto mi tristeza sin amigo,
contigo, dueña de la faz velada,
siempre velada al dialogar conmigo.
Hoy pienso: este que soy será quien sea;
no es ya mi grave enigma este semblante
que en el íntimo espejo se recrea
sino el misterio de tu voz amante.
Descúbreme tu rostro: que yo vea
fijos en mí tus ojos de diamante.
Ese doble de la conciencia que le persigue parece su yo del pasado, su voz de la infancia. Esa aparición acontece en las galerías de su recuerdo, en los pasadizos de los laberintos de su alma. Parece el espejismo del yo niño que fue en otro tiempo:
Hoy, con la primavera,
soñé que un fino cuerpo me seguía
cual dócil sombra.
Era mi cuerpo juvenil,
el que subía de tres en tres
los peldaños de la escalera.
Una metáfora recurrente en su obra es el mar, más que el cese del vivir, parece referirse Machado al misterio de la muerte y la supervivencia, asume ecos intertextuales de del río del tiempo que en La epopeya de Gilgamesh aparecía mediante la personificación del río de la muerte en la figura de Humbaba, es ese mismo carácter acuífero de lo temporal que Heráclito también en cierta manera evocó en el mundo clásico y que en la antigüedad Lao Tse intuyó, ya que asumía que había una fuerza que fluía desde el ayer al final para desembocar en lo eterno. Es ese Vita Flumen que Jorge Manrique hizo parte de la tradición literaria medieval, que también será poetizado por Machado, que nos propone que la vida es un río de tiempo que muere en el mar para ser parte de lo eterno…
Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. ¡Gran cantar! Entre los poetas míos tiene Manrique un altar. Dulce goce de vivir: mala ciencia del pasar, ciego huir a la mar. Tras el pavor de morir está el placer de llegar. ¡Gran placer! Mas ¿y el horror de volver? ¡Gran pesar!
En el poema se alude al “placer de llegar” a través de la muerte que representa la idea de llegar a una nueva y vida mejor. El horror de volver alude a la nada, pero es el retorno a algo desconocido, a la duda de una introspectiva lucha entre la nada y la trascendencia que esto implica. El mar del recuerdo es cruzado por la goleta de la infancia, son las aguas que llevan a un tiempo sin el tiempo, a lo eterno, al regreso al origen, a Dios:
Hoy, como un día, en la ancha mar violeta
hunde el sueño su pétrea escalinata,
y hace camino la infantil goleta,
y le salta el delfín de bronce y plata.
La hazaña y la aventura
cercando un corazón entelerido.
Los paisajes de muchos de sus poemas son los de su alma: “crea el alma sus riberas”, ese viaje a las preguntas de su yo se hace desde la aridez del camino, la tierra de las dudas, las sombras del miedo. Se busca el mar, la luz, ambos son la representación de la necesidad de lo eterno:
Tuvo mi corazón, encrucijada
de cien caminos, todos pasajeros,
un gentío sin cita ni posada,
como en andén ruidoso de viajeros.
Hizo a los cuatro vientos su jornada
disperso el corazón por cien senderos
de llana tierra o piedra aborrascada,
y a la suerte, en el mar, de cien veleros.
El paisaje se torna lugar de encuentro con la amada que viajó a los confines fuera del tiempo, parece ser un puente entre la vida y quienes habitan al otro lado del silencio.
La literatura es el río de lo que empuja la corriente de la obra del poeta, viene desde la tradición y llega a la renovación de un nuevo lenguaje, de una nueva forma de ver el mundo de acuerdo a la perspectiva de la realidad que hay en cada época, en uno de sus poemas se recuerda la “Oda a Salinas” de Fray Luis de León
Tal vez la mano, en sueños,
del sembrador de estrellas,
hizo sonar la música olvidada
como una nota de la lira inmensa,
y la ola humilde a nuestros labios vino
de unas pocas palabras verdaderas.
Hay en su escritura una indagación sobre quién es el yo. Está presente el malestar ante el desconocimiento de la identidad ontológica del ser. Se pretende saber lo que somos tras desnudarnos de lo social, tras dejar de ser la persona o personaje externo, se ansía vislumbrar la verdadera esencia del yo interior, así llegará a escribir:
¿Quién soy? ¿Quién es ese
otro dentro de mí, que me habla y huye?
¿Cuál es mi imagen en estos
turbadores reflejos rotos hasta el infinito”.
En algunos pasajes parece ver a su alma, lo que es la esencia de su “Ser”, fuera de toda la materia, de todo lo que hace que la persona forme parte de la apariencia de lo externo:
Yo he visto mi alma en sueños…
En el etéreo espacio
donde los mundos giran,
un astro loco, un raudo
cometa con los rojos
cabellos incendiados…
Yo he visto mi alma en sueños
cual río plateado,
de rizas ondas lentas
que fluyen dormitando…
Acaso mi alma tenga
risueña luz de campo,
y sus aromas lleguen
de allá, del fondo claro…
Yo he visto mi alma en sueños…
Era un desierto llano
y un árbol seco y roto
hacia el camino blanco (Poema de Galerías).
En ese laberinto infinito que es el ser, más allá de las paredes sociales del yo, sabe recorrer su esencia, llegar al centro de la duda, así acontece con sus heterónimos, con los que, igual que Fernando Pessoa, Machado crea personajes ficticios para expresar diferentes aspectos de su propia personalidad y pensamiento, otorgándoles una biografía y estilo propios. Machado utilizó principalmente dos heterónimos: Juan de Mairena y Abel Martín. En Juan de Mairena, su principal obra en prosa, se retrata a sí mismo como una especie de pedagogo socrático que conversa con sus discípulos en una clase imaginaria de Retórica y Sofística. Su ambición sería fundar una “Escuela Popular de Sabiduría Superior” en la que se enseñaría que el conocimiento es una ilusión válida, la verdad es relativa y la especulación es el único esfuerzo digno del hombre inteligente:
“Vosotros sabéis que yo no pretendo enseñaros nada, y que sólo me aplico a sacudir la inercia de vuestras almas, a arar el barbecho empedernido de vuestro pensamiento, a sembrar inquietudes”.
Más que poner a sus discípulos en el terreno de una conclusión, de una verdad impuesta, prefiere adentrarles en el laberinto de las ideas y dejarles allí para que busquen su propio camino.
La obra de Machado es infinita, más allá de sus versos más populares, debemos adentrarnos en su profundidad simbólica, encontraremos el pensamiento de un filósofo que nos pierde en la belleza de lo poético. Pocos escritores han alcanzado una perfecta simbiosis entre poesía y filosofía, entre otros Unamuno, María Zambrano, pero la obra del autor de Campos de Castilla toca grandes temas: la identidad ontológica del yo, quién es ser ante la nada o ante la posibilidad de lograr la trascendencia, el absoluto. Las innumerables caras del yo, a las que da lugar en sus heterónimos son las galerías del misterio, estas anidan en sus versos, en sus aforismos, en la mente de sus otros yoes literarios: Juan de Mairena y Abel Martín. Dios es un misterio presente en su obra, en la que se duda de la trascendencia, pero en “Al gran cero” se entiende que Dios creó la nada para que supiéramos todo lo que hubiera sido el “ser” de no haber sido dotado de existencia, el poeta toma en su mano el brillo del vacío, este le ilumina en el abismo de su conciencia de existir desde el otro lado del “no ser”. En “Al gran pleno” se nos ofrece la mirada al interior del hombre, pero quien nos mira está fuera, es Dios, no nos ve como un reflejo en el sentido de la mónada de Leibnitz, sino como un río de libertad que camina hacia sus sueños, que está dotado de conciencia y decide su destino. En “estos días azules y este sol de la infancia” se ve otro mundo en sus versos, quisiera poder vivir dentro de ellos porque hay más tiempo que en la vida, en ellos se roza la eternidad, se camina hacia el infinito, sigo sus huellas, su estela que conducen hacia el origen del misterio.
BIBLIOGRAFÍA:
Alvar, Manuel (2005): Antonio Machado: Poesías completas, Madrid, Austral. (Todos los poemas citados se encuentran en esta edición de las obras completas de Machado). Lapesa, Rafael (1977): Poetas y prosistas de ayer y de hoy, Madrid, Gredos. Sesé, Bernard (1980): Antonio Machado (1875-1939), El hombre, el poeta, el pensador, Madrid, Gredos. Soria Caro, Jesus (2025): “Querido Don Antonio”, artículo publicado en Heraldo de Aragón el 25 de febrero, fecha de la muerte del poeta.
Tremp, Lérida. Licenciada en Medicina y Cirugía, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y en Medicina Naturista. Trabaja en el ámbito laboral junto a mujeres en grupos psicopedagógicos, en los que una de las herramientas fundamentales es el análisis de textos. La poesía, en particular, forma parte de sus intereses vitales y profesionales, pues la propia autora considera que la palabra, la escucha y la empatía, son pilares esenciales tanto de la medicina como de la creación poética.
Autora de números textos académicos en revistas científicas y en publicaciones colectivas. Respecto a sus obras publicadas en el mundo literario, destacamos:’ Afuera hay sol’ (Olifante Ediciones, 2022).Autora de la edición y prólogo de Jacque Canales “Antología poética” (1985-1995) en Olifante ediciones de poesía. Y, en 2019, fue galardonada con el Premio de Investigación que el Departamento de Igualdad de la Universitat Rovira i Virgili otorga anualmente.
Jacque Canales concibe la poesía como una forma
de desentrañar el fondo misterioso de la realidad,
los rincones oscuros de la existencia, con el rigor
del lenguaje –y el conocimiento de sus límites–,
mas también con la osadía que da paso a una cierta
renovación en la que al lado de cultismos encontramos
también, en perfecto equilibrio, un léxico accesible,
incluso popular, en un afán de traer los primeros a nuestro
acervo cultural y de dar al segundo su dimensión exacta.
La brillante elaboración metafórica y un rico uso de los
símbolos confieren a los poemas una profundidad que
no vela el prodigio de la transparencia.
No es, Canales, una esteticista y, sin embargo, la belleza
no se resiente en absoluto en esa busca de la palabra
necesaria, en ese canto que pretende ajustar cuentas con
la verdad y los engaños, con la alegría y el dolor, con el
tiempo y la melancolía, con el susurro del ser y del estar.
En su caso, la belleza es una emanación de un profundo
compromiso ético y de un asombroso oficio.
Palabra depurada, libre de toda ganga, ajustada al decir
de una razón poética desbordante que nunca se desborda,
aun cuando un evidente onirismo sobrepasa el yo de la
poeta para abrir una hendidura hacia una conciencia más
honda. Éste es el pulso memorable de una poeta enfrentada al olvido.
Foto que se conserva de Jacque Canales y que corresponde al archivo familiar
SIN HERIDA NI LABIO QUE OFRECERTE
Arpegios encendidos
en tenue movimiento,
fuego desde tus brazos.
Suave estás en mi memoria como música en el agua,
como sauce en el borde de mi grieta.
Juego con tu aroma de leve terciopelo
sin herida ni labio que ofrecerte.
LUNA
A veces te presentas de oscuro,
lentamente, como las hormigas,
haciendo zigzag
con los ojos abiertos,
con cabeza de lluvia,
con humo de carbón.
A veces te quiebras fácilmente,
te reflejas en los ojos de los hombres
heridos en el rostro y en el cuello.
En tus manos invisibles se aglutinan cópulas
y la mica da a luz heridas negras.
Tu energía termina en un triángulo que silba en el aire
Desde la Fonoteca Española de Poesía agradecemos sinceramente a la Asociación Aragonesa de Escritoras y Escritores su invitación a participar en la revista Imán.
En primer lugar deseamos compartir con sus lectores una breve reseña de nuestra trayectoria y algunos puntos de interés.
Han pasado doce años desde que creamos en Zaragoza la Fonoteca de Poesía, una entidad cultural no lucrativa financiada con recursos propios y no sujeta a ninguna subvención ni ayuda pública. Nuestro principal objetivo fue crear un único archivo sonoro que albergara la mayoría de poetas de nuestro país. Así conformamos una plataforma donde exponer la palabra poética en sus dos formas naturales, la voz del poeta y el texto escrito. Este primer objetivo se amplió y en 2019 creamos la Fonoteca Global de Poesía para albergar también en nuestros archivos la voz de todos los buenos poetas de habla española en América. Actualmente tenemos ya a disposición pública más de cuatro mil documentos multimedia de gran interés literario y artístico.
Ahora nos gustaría aprovechar su invitación para compartir con todos ustedes una entrevista en audio realizada al escritor Bizen Fuster con motivo de la reciente publicación de su libro «Espurnas de cadiera y fogaril «. Quedamos con el autor para hablar de cosas que siempre nos interesan en la Fonoteca: la visualización de lenguas minoritarias o la tradición oral en Aragón entre otras cosas.
Para escuchar el audio pulse PLAY
Para complementar este artículo nos complace compartir un documento multimedia en lengua aragonesa de la poeta Maria Victoria Nicolás, referente vivo de nuestro panorama lingüístico.
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Por el libro Sembrar palabras. El despertar intelectual de las mujeres —precioso título, por cierto— Ana Santos Aramburo ha sido galardonada con el premio Espasa de investigación 2025. La obra se anuncia como un ensayo imprescindible sobre mujeres que hicieron de la palabra su arma más poderosa. Muchas mujeres lo hicieron desde los tiempos más antiguos, sin embargo, nadie se enteró. Fueron borradas de la Historia con intención o por la inercia de un mundo en el que las mujeres intelectuales no cabían. La profesora Montserrat Gatell señala que «durante mucho tiempo nos hemos centrado en decir que las mujeres han sido invisibilizadas y que, por lo tanto, su obra creativa, literaria o del tipo que sea, no se ha tenido en cuenta. Y esto es verdad. Pero hay otro aspecto que es muy interesante y que hay que tener en cuenta, y es que, a lo largo del tiempo, las mujeres no han podido crear valor. Esto hace unos años costaba mucho decirlo, pero la función de las mujeres en el mundo durante siglos ha sido otra, y no han tenido las mismas oportunidades para acceder al mundo del conocimiento. Desde la antigüedad más clásica, las mujeres no tenían acceso a la alfabetización. Si no ha habido ninguna mujer Cervantes o Shakespeare, como se acostumbra a decir, es porque no se les ha dado la posibilidad».
En su célebre ensayo Una habitación propia, Virginia Woolf exigía para las mujeres escritoras una renta mensual para poder sostenerse y un espacio propio para poder crear. Su habitación propia no es sino una metáfora para reclamar la necesidad de contar con unas condiciones físicas y mentales adecuadas para la creación.
La obra de Santos recoge un periodo de tiempo de quinientos años en los que solo unas pocas mujeres —de situación social privilegiada— pudieron aprender a leer y escribir. Tenemos que agradecer que nos dejaran sus palabras, que las fueran sembrando para elaborar un nuevo relato. El libro nos ofrece una mirada profunda a su legado y a la evolución del pensamiento y la voz femenina en la historia de España. Ana Santos ha tenido el tino de sacarlas a la luz en una misma obra. Ellas se atrevieron a escribir demostrando —aunque nos parezca obvio— que las mujeres tienen la misma capacidad intelectual que los hombres, en cualquier tiempo y en cualquier lugar.
El premio Espasa se otorga desde 1984. En cuarenta y dos años solo media docena de mujeres han sido premiadas. La proporción en los últimos seis años ha sido de cinco hombres por una mujer. Esa inercia por la que se inclina la balanza, la ha roto el jurado que ha considerado a Ana Santos Aramburo merecedora del premio.
Haremos que cambie la inercia para que no vuelva a ocurrir como le ocurrió a Virginia, la protagonista del siguiente cuento:
EL PREMIO (una ficción que bien podría ser realidad)
Virginia Costelo ha vivido en Francia veinticinco de sus treinta años. Su madre francesa decidió regresar a su país de origen tras la separación de su padre, un español de familia muy española, muy católica y muy rancia de una pequeña ciudad famosa por su belleza. La madre de Virginia no pudo soportar el desprecio de los parientes de su esposo y el vacío al que la arrojaron. Tampoco se molestó en explicar los motivos de la separación. No la habrían creído en una familia muy española, muy católica y muy rancia. Se fue. Y se llevó a Virginia, pero cada verano la niña regresaba a casa de su padre.
Virginia aprendió a leer y escribir en francés, pero su padre y su madre hicieron lo posible por que no olvidara el castellano. Al final de su etapa escolar, hablaba, leía y escribía con soltura en ambos idiomas.
La administración local de la pequeña ciudad española —famosa por su belleza— elegía cada año a un joven escritor al que le publicaban una obra de ficción. Los requisitos eran haber nacido allí o ser residente permanente y tener menos de treinta años. Virginia escribía cuentos desde que tenía memoria. En el colegio recibió unos cuantos premios. Estudió filología clásica. Escribió algunos artículos que le publicaron en un periódico local francés. La editorial de su universidad le publicó una colección de relatos que recibió excelentes críticas. A los veintitrés años decidió presentar su candidatura en la ciudad paterna, en la que ella había nacido. No la eligieron ese año, ni los cinco siguientes que también se presentó. Era tenaz. Tras el sexto fracaso, cayó en la cuenta de que los elegidos siempre eran chicos. Ni una sola vez habían elegido a una joven escritora.
A sus veintinueve años, último año en que le sería permitido presentarse, lo hizo con el nombre de su primo: Adrián Costelo, compañero de juegos y aventuras desde su infancia. Adrián firmó los cinco relatos de Virginia con los que se postulaba.
Ganó.
El Jurado felicitó a Adrián Costelo, declarando que esos cinco relatos —de una calidad literaria y belleza singular— eran los mejores de cuantos se habían recibido en los diez años de existencia del programa para la promoción de jóvenes escritores.
Sin pecar de ningún tipo de adanismo es justo decir que, tal y como en otras épocas, la literatura joven aragonesa hoy está marcada por una producción de calidad y fuerza destacables, desde la narrativa delicada a la par que comprometida de Laura Latorre, autora de Un martes cualquiera hasta la poesía de autores como David Conde, Celia Carrasco Gil o Rodrigo Buenaventura pues, en contra de lo que muchos piensen, la juventud siempre ha tenido algo que decir. Quien arguya contra la juventud el lánguido argumento de la escasa experiencia cae en el mayor de los pecados del ser viviente: el olvido de los pasos que uno ha dado.
Es por ello que el equipo de la revista Imán ha considerado, con gran acierto a mi parecer, dedicar un espacio que se ocupe de dar cuenta de la producción literaria de nuestra juventud. No tan acertada veo la decisión de adjudicarme a mi tamaña tarea. Se hará lo que se pueda desde mi amor a la palabra y al hallazgo.
Los pocos que me conozcan sabrán que mi campo es el de la poesía, así que disculpad si este primer artículo está (y lo va a estar) atravesado por este defecto de fábrica.
Es un hecho aceptado que la poesía joven aragonesa vive hoy uno de sus momentos de gloria tal y como evidencian la creación del Premio Internacional de Poesía Joven “Ángel Guinda” y las dos últimas antologías o reuniones poéticas a cargo del crítico Juan Marqués. La primera es Recogeré mis cosas. Última poesía en Zaragoza, en la que participan poetas de la talla de Sofía Díaz Gotor, María Martín, Javier Fajarnés, Aitana Monzón o Guillermo Marco. La segunda¸ El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, traza un panorama a nivel nacional en el que encontramos los nombres de Fajarnés y Monzón, mostrando que el auge de poesía joven es un fenómeno nacional en el que Zaragoza y Aragón no se quedan en la periferia. Otro ejemplo que evidencia el buen pulso de la poesía joven también es la gran afluencia de participantes y público diferentes eventos poéticos que se organizan en la ciudad.
Dentro de esta ebullición de la palabra, recientemente han salido varios libros que querría comentar con el lector de la revista, al que invito a que se adentre en ellos tras leer este artículo.
El primero de ellos es Esta hiriente luz, de David Conde. A mi juicio, Conde es una de las voces más densas, profundas y maduras de nuestro panorama literario y que con este libro nos adentra en la travesía de la noche marcada desde el comienzo con la visión clarividente de la palabra como hueso, resto de una vida pasada de la que solo queda la blancura áspera del recuerdo. Con una voz certera, comedida y sugerente, abarca temas como la muerte, las ausencias y el verbo como único cuerpo en el que resiste la presencia de lo que ya no es.
El siguiente libro viene de la mano de Sara M. Domínguez, autora de Faroatento, plaquette con la que se alzó con el premio de plaquettes del VII Festival de Poesía Joven Rasmia. Faro atento es toda una declaración de intenciones por parte de la autora, la cual encamina al lector a un territorio marcado por una miscelánea vital que abarca el hogar vacío, la pérdida, la ausencia (otra vez) y, sobre todo, la palabra poética como un temblor que permite acceder a ese mundo otro que creamos para hacer más habitable el real; un mundo concebido como ese lado oscuro de la cueva donde se esconde un gorrión templado, como bien dice Domínguez en uno de sus poemas, erigiendo así una poética para todos los cuerpos que sostienen los silencios.
Próximo a publicarse, Son en la noche es el libro que se alzó con el III Premio de Poesía Joven Ángel Guinda. En él, Rodrigo Buenaventura con convoca una topografía de la nocturnidad y del conocimiento, en la que la oscuridad como lugar de revelación de la verdad poética (concepto tan guindesco este) vertebra esta ópera prima del poeta alcalaíno.
Para cerrar esta primera convocatoria querría traer a Aitana Monzón y a su Salve, poemario en el que nos encontramos con un jardín donde la poeta danza a conveniencia desde la écfrasis hasta el diálogo secreto con la música, lo que le permite desplegar un pensamiento y arte poético alejado de lo trivial, con un verbo desnudo, sonoro y sensual que convoca a la carne, los cuerpos, los cilicios, la noche y la piel de la piedra. Poesía la suya que escapa de toda ecdótica, sustentada en la sugerencia, en el claroscuro de la palabra que entrega emoción; una poesía a fin de cuentas que no ha de leerse desde las tesis de la fría crítica sino desde las manos ciegas del temblor.
Seguramente habré extraviado algún libro o poeta en este artículo. Mis más sinceras disculpas a quien vea este artículo incompleto, siempre lo estará porque la juventud es sangre caliente que continuamente abriendo veredas insospechadas. Sirva este breve vuelo como muestrario de la palabra que recorre, invisible, nuestros días.
Emilio Gastón (1935-2018) fue poeta, abogado, escultor y primer Justicia de Aragón en la etapa democrática. Su figura como intelectual y creador encarna un compromiso constante con la naturaleza, la libertad y la utopía. Él mismo se definía como «nubepensador».
Cabe preguntarse cómo definía Emilio a un nubepensador; él mismo contestó:
No debemos dar una definición muy evidente que dé forma;
las formas son demasiado concretas y no dan lugar a lo desconocido.
¿ Y entonces cómo saber si somos nubepensadores los demás?
«Sólo se sabe si vas actuando. Vamos por lo oscuro,
orientados por la voz de las cosas sin saber por qué hacemos algo.
Uno no se conoce sólo con la reflexión,
sino con la acción y mirando a la esfinge que nos pregunta».
En este monográfico surcamos entre poemas e imágenes de Emilio Gastón; personas complementarias amplían el concepto de Nubepensador; cada lector también está invitado a preguntarse si se siente como tal, dándole nuevos significados, aportando en su vida diaria esa luz que ayuda a mirar de manera nueva lo cotidiano.